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A la vulgarización y vaciamiento de contenido al que se ven sometidas determinadas fechas institucionalizadas como festivas no es ajeno el 1º de Mayo. En este país donde aún recordamos la celebración del San José obrero y a la policía reprimiendo a quien osara difundir o participar en actividades vinculadas a esa fecha, cada trabajador o trabajadora que no participa en las manifestaciones convocadas por las diversas organizaciones sindicales es un triunfo de la patronal. Una victoria indudable –la declaración como no laborable del 1º de Mayo– que, como todos nuestros derechos y victorias, puede acabar siendo derrotada si cada año no somos capaces de dotarle del contenido clasista que hace del 1º de Mayo el día de la clase trabajadora.

Un día para el recuerdo, la acción y la solidaridad. Un día para rememorar y mantener vivas las gestas de lucha protagonizadas por nuestros hermanos de clase durante estos casi dos siglos de lucha obrera; una jornada en la que el internacionalismo que nos hace conscientes de ser una única clase de explotados a los que no nos dividen las fronteras, es el mejor ariete contra el chovinismo y el falso patriotismo que, como aquel lejano 1914, nos sigue dividiendo y enfrentando a mayor gloria y beneficio de nuestros enemigos de clase. Un momento para, sobre la base de la superioridad de las consignas sociopolíticas dirigidas a la construcción de una sociedad sin explotados, ni explotadores, el socialismo se convierta en el referente capaz de unir todas las luchas para, de verdad, empezar a conquistar victorias.

Ese es el verdadero significado que los y las comunistas del PCPE le damos al 1º de Mayo. Una jornada en la que, confluyendo con los compañeros y compañeras de los más diversos sectores, trabajamos decididamente por arrancarlos del sopor desmovilizador en el que acostumbran a convertirse desde hace años algunos de los “desfiles” organizados por quienes hacen del pacto social y la política de conciliación de clases la identidad de su acción sindical.

El 1º de Mayo no puede caer en la rutina desmovilizadora del que repite un ritual vacío de contenido y se limita a cumplir el trámite. La realidad de sobreexplotación y pérdida constante y progresiva de derechos que padece nuestra clase nos obliga a mantener bien alto el alcance de nuestras consignas y objetivos políticos. Paro, miseria, guerra imperialista, ataque a derechos laborales, sociales y civiles, negación de un futuro independiente a la juventud, doble esclavitud de las mujeres trabajadoras, agresión medioambiental… dibujan un escenario en el que no el que cualquier actitud diferente al compromiso militante no puede calificarse más que de traición.

Hoy, como hace un siglo en la Rusia zarista, el papel de los y las comunistas, de la militancia de la organización de vanguardia del proletariado, es ponerse a la cabeza de su clase; tener la capacidad de liderarla por el prestigio alcanzado en el terreno de lo concreto en todo momento y circunstancia, convirtiendo cualquier enfrentamiento económico o social en un problema político para el sistema de dominación de clase. Un trabajo que, como sucede en las jornadas de huelga general, cada 1º de Mayo debe alcanzar el cenit de su significación política. Un día para expresar el carácter irreconciliable de nuestras necesidades e intereses de clase con la patronal y el Estado burgués y en el que, aunque solo lo sea por unas horas, los trabajadores y trabajadoras debemos ser capaces de demostrarle a la burguesía que, no solo somos nosotros quienes todo lo producimos, sino que, nuestro futuro y el de la Humanidad entera, pasa necesariamente por su desaparición como clase.

Julio Díaz