Compartir

Ya Engels dibujó lo que es una crisis económica capitalista en el Anti-Dühring: “El comercio se paraliza, los mercados están sobresaturados de mercancías, los productos se estancan en los almacenes abarrotados sin encontrar salida, el dinero efectivo se hace invisible, el crédito desaparece, las fábricas paran, las masas obreras carecen de medios de vida precisamente por haberlos producido en exceso, las bancarrotas y las liquidaciones se suceden unas a otras. El estancamiento dura años enteros, las fuerzas productivas y los productos se derrochan y destruyen en masa, hasta que, por fin, las masas de mercancías acumuladas, más o menos depreciadas, encuentran salida, y la producción y el cambio van reanimándose poco a poco. Paulatinamente, la marcha comienza a andar al trote; el trote industrial se convierte en galope y, por último, en una carrera desenfrenada, en una carrera de obstáculos que juegan la industria, el comercio, el crédito y la especulación, para terminar finalmente, después de los saltos más arriesgados, en la fosa de una crisis”, lo que nos permite comprobar que las tan cacareadas crisis se producen inexorablemente en el marco de las relaciones de producción capitalistas. Todos los afectados –el conjunto de la sociedad- consideran y tratan a la crisis como algo fuera de la esfera de la voluntad y el control humanos, un golpe fuerte propinado por un poder invisible y mayor, como si fuera un terremoto o una inundación, una prueba enviada desde el cielo.

Pero, ¿qué es una crisis moderna? Consiste en la producción de demasiadas mercancías. No hay compradores y por lo tanto se detienen la industria y el comercio. La fabricación de mercancías, su venta, comercio, industria: tales son las relaciones en la sociedad moderna. Es la sociedad humana, por tanto, la que produce periódicamente las crisis. Y al mismo tiempo sabemos que la crisis es un verdadero azote de la sociedad moderna, esperada con horror, soportada con desesperación y que nadie desea. Salvo para algunos especuladores bursátiles que tratan de enriquecerse rápidamente a costa de los demás, y que con frecuencia no se ven afectados por ella, la crisis constituye, en el mejor de los casos, un riesgo o un inconveniente para todos.

Al igual que la crisis, el desempleo es un cataclismo que aflige de tanto en tanto a la sociedad; en mayor o menor medida es uno de los síntomas constantes de la vida económica contemporánea. En el mejor de los casos se aplica el débil paliativo del seguro al parado (a expensas, generalmente, de los obreros ocupados) para disminuir los efectos del fenómeno, sin siquiera tratar de llegar a la raíz del mal.

Los precios de las mercancías, con sus fluctuaciones, son asuntos evidentemente humanos. Nadie sino el hombre, con sus propias manos, produce estas mercancías y fija los precios, salvo que surja de sus acciones algo que no pretende ni desea; una vez más la necesidad, el objeto y el resultado de la actividad económica se encuentran en flagrante contradicción.

Se ha vuelto necesario resolver todos estos enigmas mediante la investigación exhaustiva, la meditación profunda, el análisis, la analogía, para penetrar en las relaciones ocultas cuyo resultado es que las relaciones económicas humanas no corresponden a las intenciones, a la voluntad, en fin, a la conciencia del hombre. Este es el porqué que explica que la economía como hoy la entendemos se originó hace apenas dos siglos, y por lo que también podemos reconstruir su suerte posterior. Si la economía es una ciencia que estudia las leyes peculiares al modo capitalista de producción, la razón de su existencia y su función están ligadas a su tiempo de vida; la economía perderá su fundamento apenas haya dejado de existir ese modo de producción. En otras palabras, la ciencia de la economía habrá cumplido su misión apenas la economía anárquica del capitalismo haya desaparecido para dar paso a un orden económico planificado y organizado, dirigido sistemáticamente por todas las fuerzas laborales de la humanidad. La victoria de la clase obrera moderna y la realización del socialismo será el fin de la economía como ciencia. Aquí vemos el vínculo especial que existe entre la economía y la lucha de clase del proletariado moderno.

Si es tarea de la economía dilucidar las leyes que rigen el surgimiento, crecimiento y extensión del modo de producción capitalista, se plantea inexorablemente que, para ser coherente, la economía debe estudiar también la decadencia del capitalismo. Igual que los anteriores modos de producción, el capitalismo no es eterno sino una fase transitoria, un peldaño más en la escala interminable del progreso social. Las enseñanzas sobre el surgimiento del capitalismo deben trasformarse lógicamente en enseñanzas sobre la caída del capitalismo; la ciencia sobre el modo de producción capitalista se convierte en la prueba científica del socialismo; el instrumento teórico de la instauración del dominio de clase de la burguesía se vuelve un arma de la lucha de clases revolucionaria por la emancipación del proletariado.

La burguesía aborrece la clásica desnudez con la que los creadores de su propia economía política la pintaron para que estuviese a la vista de todos. La burguesía tomó conciencia del hecho de que los creadores del socialismo científico –Marx y Engels-, arma en manos del proletariado moderno, habían forjado dichas armas mortíferas en el arsenal de la economía política clásica. En las leyes de la anarquía capitalista, Marx descubrió la base de las aspiraciones socialistas. Los economistas clásicos franceses e ingleses habían descubierto las leyes de la vida y el crecimiento de la economía capitalista; Marx retomó su trabajo medio siglo después, partiendo de donde ellos habían abandonado. Descubrió cómo las mismas leyes que regulan la economía actual preparan su caída y demostró que las tendencias inherentes al desarrollo capitalista, llegado cierto punto de madurez, hacen necesaria la transición a un modo de producción planificado, organizado conscientemente por toda la fuerza trabajadora de la humanidad, para que la sociedad y civilización humanas no perezcan en las convulsiones de la anarquía incontrolada.

Alexis D.