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"Se subasta por 4,8 millones de doláres, el vestido con el que Marilyn felicitó a Kennedy, se trata de uno de los vestidos más icónicos de Hollywood. Confeccionado por Jean Louis, este vestido llevaba bordados a mano más de 2.500 cristales".

Del mismo modo que en el siglo XVII las reliquias de Santa Teresa eran de los objetos más preciados entre los cristianos, en el nuevo milenio un vestido de una actriz mítica se convierte en una reliquia millonaria, en la nueva religión de nuestro tiempo: el consumismo. En esta nueva religión que adora al Dios Mercado hay fervientes creyentes, frente a agnósticos y ateos, que acogen con fe la certeza de dicha divinidad y sus mandamientos. Su jerarquía establece y proclama su doctrina desde su púlpito instalado en el centro de nuestro salón: la televisión.

El capital transnacional y sus obispos: instituciones financieras internacionales, representantes de Gobiernos y Partidos políticos burgueses y propietarios de medios masivos de difusión, hablan del mercado como un Dios incuestionable cuyo dogma redefine políticas económicas, fija topes salariales, anula convenios colectivos, prioriza el pago de la deuda, despide a personal para "reducir costes”, etc., siempre en perjuicio de la clase trabajadora que tiene que asumir los sacrificios que favorezcan al supremo benefactor, que nos sacará de la crisis económica actual.

Realizan una labor de manipulación constante, apoyan a las multinacionales mientras explotan a su población para favorecer dicotomía capitalista: aumentar la pobreza de millones de personas a costa de privatizar todo tipo de servicios realmente necesarios como alimentos, salud, educación, agua, energía eléctrica, para garantizar la riqueza en unos cuantos individuos, vocean hasta el infinito las bondades del capitalismo y la propiedad privada sobre los medios de producción, cuya finalidad principal es la obtención de plusvalía, es decir, del lucro privado de las ganancias para las grandes empresas en detrimento de los que producen la riqueza social, es decir, la clase trabajadora.

Esta religión, tiene también su misterio trinitario: ideología, medios masivos y marketing, que provocan una alienación social donde lo humano deja de tener importancia, siendo la búsqueda del dinero la finalidad principal y clave para obtener la felicidad, se fomenta el consumo como forma de vida, a través del cual adquirimos una identidad y un sentimiento de pertenencia.

Los cambios culturales, tecnológicos y sociales desde mediados del siglo pasado hasta hoy, han propiciado que el mercado dejara de ser de masas, se investigaron gustos, preferencias, hábitos y nacieron los nichos del mercado, las empresas llegaron a la conclusión de que la clave de su éxito estaba en identificar los deseos, necesidades y expectativas de sus consumidores y de su capacidad para convertirlas en mercancía. ¿Por qué compramos? Compramos diversos productos no para satisfacer una necesidad concreta, sino más bien adquirimos una marca o imagen para enviar un mensaje a los demás de que tenemos un determinado nivel de vida. Es decir, compramos productos no por su valor de uso, sino en realidad por su valor de cambio.

La presencia de la publicidad constante en nuestras vidas cotidianas es tan necesaria para el consumismo que, si bien Marx definió a la religión como el opio de los pueblos, hoy en día puede afirmarse que la publicidad es la principal fuente de alienación, ya que a través de ella, "el mercado" llega a determinar nuestro comportamiento, controla nuestra vida en formas que ni siquiera imaginamos, nos dicen qué comer, cómo vestir, cómo actuar, inclusive cómo pensar. En este nuevo testamento de la religión global, publicamos, regalamos toda la información privada necesaria para que sepan qué nos interesa, a qué aspiramos, qué nos da miedo, quizá es hora de proclamar nuestro ateísmo irredento, gritar ¡Dios ha muerto!