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En el importante comunicado del pasado mes de octubre del Secretario General del PCPE Carmelo Suárez: “PSOE, segunda transición y contracciones preparto”, se decía que “lo que nos queda a día de hoy es la constatación de que, en el capitalismo español actual, en su fase imperialista y en su situación de crisis generalizada, no hay margen para una gestión socialdemócrata del sistema. El capitalismo está rebañando el fondo del caldero, ahora no tiene otra opción que aumentar la explotación de la clase obrera, estrujándola cual limón al que se le quiere sacar la última gota”. Sirva la cita de entradilla a esta crónica de una muerte anunciada.

Tras la desaparición del dictador, allá por el día tan anhelado del tardío 1975, el capitalismo español, de capa caída y mangoneado hasta entonces por fascistas declarados, se recompuso con el apoyo político de estos travestidos de demócratas y de los felones PSOE y PCE. Juntos, y obscenamente revueltos, todos nos vendieron la moto del “sistema político por excelencia”: la democracia burguesa; y del “sistema económico más factible y razonable”: el libre mercado. Ellos (los sistemas, claro) traerían poco a poco libertad y bienestar a los pueblos del Estado español. Solo habría que esperar paciente y sumisamente. Nada de alborotos, por supuesto, los tiempos de revoluciones y hasta la mismísima Historia —predecían, en los años 90, sesudos pensadores marca Fukuyama y Cía.— tocaban a su fin. ¡No más luchas ideológicas ni de clases! ¡No más zarandajas trasnochadas de explotadores y explotados! Eso pertenecía a “la antigua izquierda”, como también aseveran ahora con jactancia la troupe del inefable “coleta; “El último hombre” convertido en icono de las huestes posmodernistas. ¡Qué despropósito! Pero el capitalismo no se para en minucias, ¡qué va!, las utiliza en su beneficio, e imponiendo su dictadura implacable muestra, en cada instante, su verdadero rostro destruyendo personas y cosas por la sacrosanta plusvalía. Y así del paraíso augurado, que muchos y muchas creyeron a pies juntillas durante algún tiempo, se pasó a una grave crisis económica que dura ya casi diez años, y a una irrisoria trifulca política que pone en evidencia la farsa en la que vivimos: Partidos políticos todos, carcas y progres, comiéndose el coco para ver quien gestiona mejor el sistema capitalista. Intentando persuadirnos que “ellos y ellas” van a hacer “otra cosa” de lo ya realizado. Que ahora va la vencida. Sin embargo, esa “otra cosa” que algunos y algunas entienden por “humanizar el capitalismo” no será posible porque, como bien señala Carmelo Suárez en su jugosa proclama, en la situación actual de crisis generalizada no hay ni tantico así para una gestión socialdemócrata. Y a lo visto y oído en estos meses de oprobio me remito.

El socialismo

No hay atajos posibles. El capitalismo, aún rebañando el fondo del caldero, persistirá con mayor intensidad aún —precisamente porque vislumbra su fin— en su innata y terrible lógica: estrujar a los y las currantes hasta la última gota. Carece, por tanto, de cualquier otro sentimiento, mucho pese a quienes vuelven de donde nunca fueron. Y así hasta que, o bien ese depredador impasible devore todo el planeta, o bien la clase obrera tome conciencia de su poder, se organice y construya el socialismo, es decir, la apropiación colectiva de los medios de producción y, en consecuencia, el fin del capitalismo. Esa es la única solución a todos los sufrimientos de la clase trabajadora y otros sectores populares. Es lo que los comunistas llamamos crear las condiciones objetivas y subjetivas para la revolución. Las primeras existen ya, las segundas claman desesperadamente porque, como decía Carlos Marx, “los desposeídos tienen un mundo que ganar”.

José L. Quirante