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Editorial Septiembre 2016

El capitalismo español, pese a sus esfuerzos por evitarlo, sigue transitando por una etapa en la que la continuidad de su crisis económica se traslada y encadena a una profunda crisis política. Es el actual retroceso de las luchas obreras el factor que facilita a las clases dominantes un escenario de paz social que impide, por ahora, una mayor desestabilización del sistema.

Las dificultades para la formación de un Gobierno, después de la repetición de las Elecciones Generales, es el aspecto más evidente de esta crisis. Pero los factores de inestabilidad del sistema son mucho más variados, y afectan a elementos sustanciales de los mecanismos de legitimación del sistema de dominación.

La situación en Cataluña sigue marcada por la estrategia de los sectores soberanistas que hoy marcan el escenario político, y, con su manejo, colocan a buena parte de la clase obrera catalana en una posición subsidiaria de un proceso político en el que ésta no tiene nada que ganar.

El empobrecimiento generalizado de una parte importante de la clase obrera -con la contratación a tiempo parcial, contratos precarios y rebajas constantes de salarios-, se esconde detrás de unas cifras de paro que, en apariencia, sólo pueden ser positivas porque con un salario de cuatrocientos euros al mes a alguien no se le considera sin empleo. Pero el proceso de sufrimiento y marginalidad social que esta situación genera está condenando a millones de obreros y obreras al fracaso de su proyecto de vida, y a una sobreexplotación extrema y miserable.

La población obrera joven es la víctima propicia de la peor parte de esta situación. En España hay toda una generación, que hoy se sitúa entre los veinticinco y los cuarenta años, que es una generación perdida, a la que el capitalismo español no le ofrece ya ningún futuro, y es considerada simplemente fuerza de trabajo prescindible o de utilización coyuntural a precio de saldo.

Los datos de crecimiento económico, y de reducción de las cifras del paro, de las que presume el Gobierno en funciones, se soportan sobre este incremento generalizado de la explotación, y sobre la pobreza creciente del pueblo, en un escenario de aumento de las desigualdades sociales, donde las clases dominantes concentran en sus manos un porcentaje mayor de la riqueza del país que ha generado la clase obrera.

El debate político, en el marco del parlamentarismo burgués, no dedica ninguna atención a esta situación de fracaso social absoluto. Para el capitalismo español, y sus fuerzas lacayas, se trata de daños colaterales a los cuales tan solo se presta alguna demagógica atención coyuntural.

Los recortes que, como desarrollo del proyecto imperialista de la UE, tendrá que aplicar el nuevo gobierno significarán un empeoramiento generalizado para los sectores de la clase obrera que sufren mayor explotación y mayor empobrecimiento. La clase obrera no tiene nada que esperar de uno u otro gobierno.

Esta situación, en España, se desarrolla en simultáneo con la agudización de las pugnas interimperialistas, con la rapiña desesperada por el control de los recursos y de los mercados protagonizada por las grandes potencias, que se desenvuelven en escenarios de guerras infernales, y en la huida masiva de las poblaciones tratando de asegurar al menos la propia vida.

Ninguna opción reformista es capaz de cambiar esta situación, ni tan siquiera en lo más mínimo. No hay que perder un solo minuto atendiendo a los cantos de sirena de los distintos reformismos y/o oportunismos.

No es tiempo de esperar, es tiempo de luchar.

El Partido

Todas las fuerzas políticas sistémicas están conjuradas para evitar el riesgo de avance de una posición revolucionaria en el seno de la clase obrera. No hay fisuras en este pacto tácito, que todas ellas asumen con disciplina.

En una situación de estas características el Partido Comunista sigue concentrando todos sus esfuerzos en levantar la lucha obrera, interviniendo en toda situación donde se den las mínimas condiciones de descontento y de respuesta a las brutales condiciones de la explotación.

Para realizar esta tarea se necesita un Partido Comunista que, por un lado, se apoye en las mejores tradiciones revolucionarias y, por otro, sepa intervenir con agilidad y creatividad frente a las formas concretas que toma la lucha de clases en la realidad inmediata.

Para que esa tarea se pueda desarrollar con éxito es imprescindible avanzar en la construcción de un Partido que hace de su concepción leninista un factor determinante de su práctica. No un Partido de reuniones, sino un Partido que se reúne para luchar. El comunismo occidental, en la segunda mitad del siglo pasado, se instaló cómodamente dentro de los límites del sistema, y el PCPE nació, entre otras cosas, para erradicar esa posición claudicante. Hoy, en nuestra práctica, eso se ha de concretar un unas organizaciones del Partido que desarrollan su actividad revolucionaria a la ofensiva, sin ningún tipo de complejos. Entregándolo todo por la clase obrera.

En las condiciones más desfavorables de la lucha política la audacia, el impulso revolucionario, el trabajo de masas, la confrontación contra toda manifestación del poder capitalista, y el más radical combate ideológico, tienen que marcar el accionar diario de cualquier militante del PCPE, de todas sus células y de todos sus comités.

Sólo actuando a la ofensiva conseguiremos movilizar a las masas obreras para lanzar el contraataque necesario para destruir a las actuales clases dominantes, destruyendo todo su sistema político, cultural y económico.

Elecciones en Galicia y Euskadi

En este escenario el sistema trata de revalidar sus apoyos sociales en dos nuevos procesos electorales, en Galicia y en Euskadi. Las organizaciones del Partido en esos dos territorios enfrentan con valiente determinación estas dos convocatorias, presentando las candidaturas posibles en función del desarrollo organizativo del PCPE en esas realidades nacionales. Candidaturas que son las que garantizan que la clase obrera de esas dos naciones históricas tendrán la opción de votar por un programa que se sustenta en un claro compromiso revolucionario, de emancipación social y de construcción del socialismo.