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Aprovechando el descanso de la redacción de Unidad y Lucha durante el pegajoso mes de agosto, y a la espera de una rentrée en septiembre digna de comunistas, permítanme proponerles cuatro magníficas películas - una para cada fin de semana -, que por la innovación de sus estructuras cinematográficas o por sus impactantes contenidos argumentales son revolucionarias.

Cuatro filmes que marcaron la memoria de muchos/as espectadores/as, y que vale la pena descubrir o volver a ver: “Octubre” (1927) de S. M. Eisenstein, “El Gatopardo” (1963) de Luchino Visconti, “La batalla de Argel” (1965) de Gillo Pontecorvo y “Joe Hill” (1971) de Bo Widerberg. Obras maestras que pueden hallar en DVD o en Internet.

1917 representa el fin del zarismo. La burguesía triunfante festeja su victoria. Pero mientras los social-revolucionarios y los mencheviques se regodean en su pírrica victoria, los soldados mueren en el frente y la población no está contenta. Lenin llega, y las mujeres, los niños, los hombres se galvanizan. La toma del Palacio de Invierno venga cumplidamente el desastre de la Comuna de París. S. M. Eisenstein acababa de rodar “El acorazado Potemkin” cuando Stalin le encargó este proyecto para conmemorar el décimo aniversario de la victoria bolchevique. Según la crítica de la época, “el ejemplo más puro de la teoría y la práctica cinematográficas de Eisestein. La pieza definitoria del cine soviético”.

La adaptación de Luchino Visconti de la novela escrita por Giuseppe Tomasi de Lampedusa, ambientada en la Sicilia de la década de 1860, es un fresco suntuoso de un mundo sumido en su crepúsculo. En “El Gatopardo”, y a través de la historia del príncipe Fabrizio di Salina, Visconti analiza, desde el punto de vista marxista, la decadencia y las desilusiones de la aristocracia, la extinción de la llama garibaldiana y la accesión al poder de una burguesía vulgar y ambiciosa. En este sentido la secuencia del baile es todo un símbolo, con el insoportable hedor de las letrinas, las parejas que se aburren y las caras pálidas y descompuestas de los miembros de la familia Salina. Una magistral lección de materialismo histórico.

Gillo Pontecorvo, miembro del Partido Comunista Italiano hasta 1956 y líder de la resistencia antifascista durante la Segunda Guerra Mundial, dirigió “La batalla de Argel” (León de Oro en la Mostra de Venecia de 1966) para narrar la sangrienta y heroica lucha de Argelia, de 1954 a 1962, por independizarse de Francia. La película filmada con auténtico estilo de docudrama muestra la toma de conciencia anticolonialista de Ali La Pointe, un ladronzuelo analfabeto, que tras ser encarcelado y presenciar la ejecución de un dirigente argelino decide enrolarse en el Frente de Liberación Nacional (FLN). Un filme de sorprendente y plena actualidad.

Joe Hill fue un músico y sindicalista que en 1902 emigró de Suecia a EE.UU. atraído por la imagen idílica de ese país. Militante en la Industrial Workers of the World (IWW), murió a los 36 años de edad ejecutado por el cargo de asesinato después de un controvertido juicio. Con brío, Bo Widerberg, interesante cineasta sueco, recoge en este biopic la vida un tanto olvidada del legendario sindicalista en la Norteamérica de principios del siglo XX. Un extraordinario alegato contra la pena de muerte, y un mazazo al pretendido sueño americano.

Rosebud