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Hace unos días, husmeando en mi videoteca con el fin de hallar un tema que evocara de alguna manera la lucha que en la actualidad libran algunos pueblos contra sus invasores imperialistas, me topé con una pequeña joya del cine soviético: “Alejandro Nevski”, de S.M. (Su Majestad, decíamos sus incondicionales, en vez de Serguei Mijailovich) Eisenstein.

De inmediato pensé, lo que supongo pensaría la mayoría de las personas de mi edad: que se trata de una película con más años que la Tana; que debería escribir sobre pelis actuales, y sobre todo, que los lectores más jóvenes no iban a leer ni la entradilla de mi artículo. Sin embargo, por paradójico que parezca, fue lo del mocerío lo que me decidió a coger el ordenador y empezar a teclear sobre una película que yo vi en los años 70 en un barrio de París que entonces olía a cine por los cuatro costados, y que hoy apesta a hamburguesas y a pizzas. Pero de la misma manera que la obra literaria de escritores como Cervantes o Shakespeare es inmortal, el cine de los Eisenstein, Kuleshov, Pudovkin y Vértov, que surgió después del triunfo de la Revolución de Octubre, jamás envejecerá ni se olvidará.

Muy próximo a su pueblo

“Alejandro Nevski”, la primera película sonora de Eisenstein, se rodó en 1938, el año en que Hitler obligó a los medrosos presidentes de Francia e Inglaterra, Daladier y Chamberlain respectivamente, a firmar el Pacto de Múnich; a través del cual Alemania anexionó una parte de Checoslovaquia anunciando negros presagios. Unos sucesos históricos que sin duda influyeron en el gobierno de Stalin y en el ánimo de Eisenstein a la hora de llevar al cine la historia del príncipe Nevski. Un aristócrata ruso, “hombre de Estado, muy próximo a su pueblo y con ambos pies tocando el suelo”, como precisa el director de “El acorazado Potemkin” en su libro “Reflexiones de un cineasta”, quien con dotes de gran estratega, y concienciando al pueblo de Novgorod sobre su irresistible fuerza como entidad nacional, aplastó el 5 de abril de 1242, en la conocida “Batalla de los hielos”, a los Caballeros Teutones, temibles cruzados que intentaron ocupar Rusia. Sin duda, toda una advertencia al ejército nazi dos años antes del lanzamiento de la Operación Barbarroja contra la U.R.S.S.

La película, con una magnífica fotografía de E. Tissé y con la soberbia banda sonora de Prokofiev, es una magistral lección de puesta en escena, con el combate sobre el hielo como su mejor ilustración, y en la que el montaje es la sintaxis del discurso cinematográfico. Para Eisenstein el cine no es contar únicamente una historia partiendo de reglas dramáticas universalmente aceptadas, sino una forma de expresión en la que la organización de los planos cinematográficos induce al espectador a reflexionar sobre una experiencia concreta. Es decir, un cine revolucionario y popular para pulsar el cambio de la realidad, y del que Lenin afirmó, tras nacionalizar la industria cinematográfica en 1919, ser “la más importante de todas las artes”.

Rosebud