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Las y los franceses no olvidarán fácilmente lo ocurrido en la noche del viernes 13 de noviembre de 2015. Nosotros y nosotras tampoco. Varios atentados cometidos en París y en Saint-Denis por el autoproclamado Estado Islámico en lugares públicos (bares, restaurantes, sala de fiesta Bataclan y Stade de France) ocasionaron, en esa noche aciaga, 130 muertos y 352 heridos de diversa gravedad.

Rápidamente cuerpos de víctimas inocentes, despedazados por la metralla de los Kaláshnikovs y esparcidos en medio de la fría calzada, se vieron envueltos en el horror y el desconcierto de los estruendos pavorosos de las bombas terroristas, convirtiendo la Ciudad de la Luz en un sombrío campo de batalla. Un espectáculo dantesco, macabro, que, según el comunicado reivindicativo del mencionado Estado Islámico, es una respuesta a la política imperialista de Francia y a sus incesantes bombardeos en Oriente Próximo.

Prohibido mirar a otro lado.

Sin embargo, lejos de darse por aludido, y en el mismo instante en que la policía y los terroristas masacraban a más 90 personas en el asalto a la Bataclan, el presidente François Hollande, en una deplorable alocución televisiva declaraba, amenazante, “la guerra sin piedad” a los yihadistas, al tiempo que decretaba el estado de emergencia y el cierre de fronteras en todo el territorio nacional. Medidas de excepción (registros domiciliarios sin orden judicial, aumento de las fuerzas policiales y militares, supresión de libertades, etc.) que afectarán además a las futuras luchas obreras y populares, pero a las que, en Santa Alianza, adhirieron inmediatamente todos los Partidos políticos del sistema, incluido el ultraderechista y xenófobo Frente Nacional de Marine Le Pen. Por su parte, los medios de comunicación, con su particular habilidad manipuladora, se dispusieron prontamente a escribir el guión que, el pueblo galo y los del continente europeo debíamos asumir a partir de aquel momento: el bienestar de Occidente, sus valores (como claman los más oportunistas), están amenazados por el terrorismo islámico, en consecuencia, hay que combatirlo con todos los medios desde dentro y fuera de nuestras fronteras. Proclama sostenida ipso facto por el conjunto de la clase política de la Unión Europea, y a la que nuestros ínclitos políticos, los carcamales de siempre y su alegre camada, han aportado igualmente su granito de arena. Por tanto, prohibido mirar a otro lado. Impedir que la opinión pública tenga su propio criterio, analice las causas de lo sucedido y cuestione a los buenos de la película. Aquí también, todo atado y bien atado.

Ojo por ojo, diente por diente.

Pero la verdad no la sujetan ni las más sólidas cadenas, y ella se alza contra quienes, desde la invasión de Irak, en 2003, (Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Canadá, Australia y también España), practican el expolio de países como Libia, Afganistán o Siria, causando centenas de miles de muertos (hombres, mujeres, ancianos y niños), ellos también víctimas inocentes. O contra quienes, como en las últimas maniobras de la OTAN en España, hacen prueba de ostentación imperialista. Y de la misma manera que las invasiones nazis generaron en su momento respuestas violentas, pero legítimas, de la Resistencia antifascista (dicho sea de paso, no siempre valoradas positivamente por sus poblaciones), no debiera extrañar ahora que, quienes son víctimas de tanto exterminio, se organicen y respondan con el ojo por ojo, diente por diente. Por eso la solución no está en el va-t-en-guerre propuesto y ejecutado por el belicoso mandatario francés, sino en el fin de las guerras imperialistas y en el respeto al derecho de los pueblos a su soberanía nacional, y al de decidir libremente su futuro. Y en el caso español, en la salida de la OTAN y en el desmantelamiento de todas las bases militares yanquis. Pero para ello será imprescindible tomar conciencia de lo dicho y organizarse decididamente contra el capitalismo, causalidad de tanta barbarie. De no ser así, el riesgo a recoger tempestades seguirá existiendo.

José L. Quirante