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Cuántos saludos y  despedidas repiten el repelente soniquete; feliz navidad,  dichoso y próspero tinglado.

Con  antelación, la publicidad exhibe  exuberantes mujeres de generosos escotes y sugerentes voces  que susurran ofreciendo embriagantes perfumes, deliciosos bombones y   seductoras joyitas. Señoras sensualmente vestidas, con las mechas recién dadas, el maquillaje incólume y aspecto de no haber fregao nunca  un plato acompañadas por   hombres apolíneos, acicalados con chaqués y pajaritas brindando con copas de cava de doradas y saltarinas burbujas gozando “ad nauseam” de las felices fiestas.

 

¡ Descuiden ustedes! Voy a contarles cómo  viven estas  cristianas fiestas millones de mujeres de nuestra clase.

Cuando estas fechas asoman las narices, se activa el colectivo femenino poniendo en marcha la función que tiene asignada   desde hace miles de años.

Las mujeres, tras muchos cálculos, llenan la cesta de la compra para banquetear a hijos, marido, suegros, hermanos y cuñados.  Es complicado componérselas para elaborar un menú con poco dinerito! Cómo pensar en   el cordero si se ha puesto por la nubes! Hay que hacer malabares en un hogar con ingresos que no llegan a 1000 €  para responder a la sagrada imposición de reunir a la familia y llenarles el estómago en tan hogareños días.

En la noche de paz y amor,  las visitas asaltan  la casa  con campante alegría que anuncian con  timbrazos insistentes e insolentes, por si hubiera errores de transmisión, vestidos para el momento (¡y yo con estos pelos!) desfilan por el estrecho pasillo cargados de bolsas con pitos, zambombas, panderetas y serpentinas y alguna botella de licor, que colocan,  sin  ninguna duda metódica, donde les da la realísima gana.

Los invitados  halagan a la anfitriona arrugando la nariz para expresar  lo bien que huele el pavo. Los hombres acuerdan en cinco minutos  que salen a tomar  algo mientras “ellas”  ponen la mesa y ultiman la cena. Es fatigoso acomodar a los 12 apóstoles en un salón de 12 metros.

Los canales de Tv transmiten el discurso  del  Rey, que dice llevar a Cataluña en el corazón y  se dirige a los españoles (de las españolas no dirá nada) hablándoles de la complejidad del momento y las dificultades por las que pasan algunas familias  (parece increíble que tengan tantos datos en Zarzuela) la palabrería  del monarca finaliza con un Feliz Navidad de parte la  Reina, la princesa de Asturias y la infanta Sofía. ¡Cuánto  humanitarismo en la casa real!

La mesa está puesta y la cena preparada, sólo falta que los hombres lleguen y se acomoden.

Los villancicos resuenan con alegría y recalcan con machista tozudez que  en la noche de familia, la noche de Dios,  la virgen lava pañales mientras ángeles y pastores se manifiestan con batucada incluida.

Llegó la hora de la bendita cena. Se pone en marcha el servicio. Afortunadamente, las tareas han quedado distribuidas; a  los hombres se les ha colocado al alcance de la mano un sacacorchos y  se ocuparán de abrir las botellas. ¡ Qué alivio, una faena menos!

En la mesa  debates de mucha enjundia; Messi o Cristiano, Iglesias o Rivera, Felipe González o Pedro Sánchez... asuntos que  preocupan a la humanidad y que las mujeres nunca alcanzarán a entender. Tanto abstrae y ensimisma el debate que los convidados olvidan que  la física no ha resuelto como acercar los platos a la mesa sin  colaboración humana, pero los platos llegan.

¡ Un hurra por la cocinera! reclama un cuñado. No hay hurras a la recadera, recepcionista,  camarera, fregadera, barrendera, limpiadora, cuidadora,  enfermera, madre y trabajadora  a tiempo completo.

El próximo año se repetirá, indeclinablemente, el mismo simbolismo. Sin nosotras se acabarían las   entrañables  megafiestas familiares de derroche y bacanal construidas gracias a muchos micromachismos.

Telva Mieres

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