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Los asesinatos, expresión extrema y visible de la violencia patriarcal, son la punta del iceberg de una violencia generalizada, hay todo un conjunto de violaciones contra los derechos de las mujeres, actos y conductas tendentes a ocasionarles daño, que en ocasiones culminan con muerte violenta de las mismas y eso es FEMINICIDIO.

La violencia tiene muchas caras, así? bajo las más diversas manifestaciones encontramos violencia física, violencia psicológica, violencia verbal, la violación, el acoso sexual en el trabajo, la pornografía, la explotación sexual, la heterosexualidad obligatoria, el embarazo forzado, el aborto forzado, las relaciones sexuales obligadas, la trata y el tráfico de mujeres, la explotación laboral... Las medidas gubernamentales (leyes protectoras, vigilancia policial y juzgados especiales) son inocuas frente a un conflicto social de profundas raíces históricas, culturales, económicas, políticas y sociales. ¿Cómo explicar todo ese horror que significa la agresión, el maltrato y la violencia sexual contra las mujeres?

En primer lugar, porque las palabras si? importan, tras el término con el que nombrar esa violencia contra las mujeres se esconden distintos planteamientos ideológicos con sus correspondientes propuestas sociales; no es un debate baladí, irrelevante y sin repercusiones prácticas. Defendemos denominarla violencia de género pues eso implica reconocer y subrayar que se trata de una violencia derivada de la construcción social y cultural de la masculinidad y la feminidad, fruto del patriarcado, y que sucede tanto en los ámbitos privados como en los públicos. Constituye un mecanismo coercitivo fundamental para el mantenimiento de las desigualdades entre hombres y mujeres, mediante el control y sometimiento de éstas a un orden social y doméstico para el que la violencia sexual y el maltrato se convierten en un instrumento eficaz. Para la naturalización de las relaciones de sumisión y violencia, tan necesarias en el mantenimiento de un modelo social y político basado en la explotación, la religión católica, principal bastión y representante del patriarcado en el reino borbónico, recibe dinero y prebendas del erario público para difundir sus mensajes sobre la debida obediencia de la mujer ante el hombre y reforzar nuestro rol de esposas sumisas. Desde sus púlpitos se lanzan constantemente mensajes de odio y misoginia.

En segundo lugar, se oculta convenientemente que toda esa violencia patriarcal se interrelaciona y enreda directamente con otras muchas violencias que sufrimos las mujeres, fruto de las relaciones capitalistas de producción. De modo que a la explotación compartida por el conjunto de la clase obrera, la mujer trabajadora, en el capitalismo, asume además de la explotación intrínseca a la contradicción capital-trabajo, la de la reproducción de la clase y la responsabilidad de los cuidados, creándole las bases materiales para que la mujer trabajadora sufra en mayor medida la opresión y la violencia machista. Así?, no es extraño que la violencia crezca y sin embargo más se tolere, pues se incrementa la dependencia económica de las mujeres y su subordinación, haciendo difícil romper nuestras cadenas. Además, hay que cargar con el pesado fardo de la estigmatización por quienes se escudan en la existencia de denuncias falsas para negar la violenta realidad de millones de mujeres. Y todas esas expresiones de violencia patriarcal contra las mujeres, las brutales y visibles y las que no lo son tanto, se desarrollan y aumentan en estos momentos de crisis general del capitalismo, incluso se da un alarmante aumento de la violencia de género acometida por menores, relacionado directamente con los recortes y contrarreformas en la enseñanza.

La erradicación de esta violencia apunta a un cambio radical de las bases materiales de la sociedad en la que vivimos. No se puede acabar con la violencia de género sin acabar con las causas que la engendran. Las relaciones humanas, sociales, políticas, económicas y culturales no son naturales, son social e históricamente construidas y, por lo tanto, pueden ser transformadas. Por eso las trabajadoras sabemos que una vida libre de violencia pasa ineludiblemente por adquirir conciencia de nuestra condición de doblemente oprimidas y pasar a la organización de nuestra fuerza revolucionaria para abolir el patriarcado y la familia patriarcal y derrotar al capitalismo. No hay más caminos.

Lola Jiménez