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Se calcula que hay más de 400 Corralas en el centro de la capital, situadas en diversos barrios como Lavapiés, Legazpi, La Latina o Embajadores.

Estos edificios históricos, inspirados en los bloques de viviendas romanas origen de los corrales de comedias, se construyeron para solventar la falta de espacio, entonces, después de trasladar la Corte de Felipe II a la actual capital de España, en el año 1561, y ante la necesidad de construir de forma económica y muy rápida, para albergar a los trabajadores y las clases “humildes” del burgo, en casas de apenas 20 metros cuadrados.

Tras explicar la parte histórica de este artículo hacemos una parada para hacer una observación sobre el hacinamiento al que los poseedores, en este caso la nobleza, sometían a la entonces emergente clase obrera.

Muy a pesar de que la burguesía y sus medios de prensa traten de vendernos las Corralas como un sitio elegido por prioridad por parte de los jóvenes trabajadores, solteros en ocasiones y sin hijos, la realidad es otra: Las Corralas, apenas insonorizadas con nula intimidad, son viviendas minúsculas en estado deplorable por norma general, sin ascensor, con humedad, frías, donde los arrendadores de las mismas, en ocasiones dueños de todo el edificio, siguen hacinando a la clase obrera, bajo el pretexto de ser “baratas” y céntricas. ¿Baratas? no lo son: apenas 20 metros cuadrados a razón de un promedio de 500 € / mes no lo es, sin duda, mucho menos si añadimos algunos de los problemas que planteamos en el anterior punto y seguido. Con lo cual, las Corralas madrileñas, es la residencia habitual de trabajadores con pocos recursos, de personas mayores, en ocasiones realojados de edificios en ruinas y de las llamadas “infraviviendas”.

Evidentemente hay hogares en algunos de estos edificios que están reformados y muy cuidados, íntimos y de más de 50 metros cuadrados con, incluso, ascensor de cristalera por el patio interior… pero también hay que decir que el alquiler de éstos no es de 500 € por mensualidad, mucho menos si hablamos de barrios actualmente tan céntricos como los que en los que fueron erigidos. Las Corralas de las que hablamos en este artículo son las habitadas por las familias obreras, no las declaradas bien de interés cultural por la Oficina de Turismo de Madrid y que figuran en su lista de visitas guiadas.

Por otro lado, en las Corralas madrileñas, podemos encontrar una gran multiculturalidad derivado de la llegada trabajadores de los lugares más recónditos del planeta, se puede escuchar dialogar en los más inesperados idiomas, en las que trabajadores de la nacionalidad que sean se ayudan entre sí, volviendo a tener esas ahora extintas relaciones vecinales, al pasar por pasillos, escaleras y patios, al tender la ropa en las zonas comunes…

Hogares que en ocasiones mantienen durante el día la puerta abierta a los demás, donde el respeto por el prójimo y la solidaridad es la bandera, donde los vecinos se llaman por su nombre y se piden un poco de sal, bolsas de basura, o un par de sillas porque tienen “visita”… Donde el gato de uno se cuela en la casa del otro, donde un vecino baja sus restos de comida para alimentar el perrito de la familia del bajo, e incluso cuidan de él durante el verano… Donde niños y niñas crecen correteando y se educan de forma comunal, donde la niña que va mejor con los estudios ayuda a la que le cuesta más…

Las Corralas fueron, son y serán parte de nuestra historia y de nuestra cultura más arraigada. Recordemos y analicemos su pasado y presente, y denunciemos la situación a la cual se ve abocada la clase obrera. ¡Al igual que en las Corralas de los trabajadores madrileños la solidaridad será nuestra bandera!

Camonte (PCPE).