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Veíamos, en el número anterior de UYL, que ninguna de las teorías burguesas da cuenta satisfactoriamente del origen del valor. Y no pueden hacerlo porque, simplemente, están equivocando el punto de mira.

Una explicación de la formación del valor que quiera ser tal necesita partir de tres premisas:

1) la existencia de una “cualidad” en la que reside el valor que debe estar presente en TODAS (no “muchas” o “casi todas”) las mercancías, puesto que TODAS ellas poseen valores equivalentes;

2) esa cualidad debe ser cuantificable, de otra manera sería imposible cualquier intercambio, siendo entonces verdaderamente no-equiparables; y

3) esa cualidad no puede ser el valor de uso, pues es éste una de las premisas del propio valor y lo que distingue (y/o agrupa) unas mercancías y otras.

 

Por tanto, cabe preguntarse ¿qué cualidad puede cumplir las tres premisas anteriores? Obviamente sólo una: la cantidad de trabajo humano cristalizada en ellas. Marx lo expresa en El Capital más claramente:

“Tan sólo la expresión de equivalencia entre mercancías de tipo diferente saca a relucir el carácter específico del trabajo creador de valor, al reducir efectivamente los trabajos de género diferente contenidos en mercancías de género diferente a su común denominador, al trabajo humano en general”.

Marx introduce aquí un elemento central: el trabajo per se, dice Marx, no  es valor; el trabajo humano crea valor. Las implicaciones revolucionarias que se desprenden de este análisis son claras. Como el valor de las mercancías, su valer-algo, es distinto de sus cualidades y propiedades particulares, esa equivalencia nos indica que esa expresión encierra una relación social. Si el trabajo humano crea valor, quien se apropie de ese trabajo humano está apropiándose en realidad del valor creado por ese trabajo humano.

Pero, y la acotación es clave, el valor creado por la fuerza de trabajo en un periodo determinado de tiempo es variable. O lo que es lo mismo, una variación en el tiempo de trabajo necesario para la producción de determinada mercancía modificará, a su vez, el valor contenido en esa mercancía.

Recapitulando, la única característica que permite comparar las mercancías es la cantidad de trabajo humano invertido en su producción. En segundo lugar, ese trabajo humano creador de valor pertenece a quien controla la fuerza de trabajo, que tratará, a su vez, de aumentar aún más la cantidad de valor (en forma de plusvalía) de la que apropiarse. Punto este último que nos lleva a fijarnos en la “anatomía de la sociedad civil” (por usar una expresión suya).

He ahí la esencia revolucionaria de la ley del valor descubierta por Marx: como el valor de las mercancías reside en el trabajo humano invertido en su producción, el carácter que adquiera la apropiación de ese valor constituye el pilar sobre el que se asienta la estructura de clases presente en la “sociedad civil”.

Más aun. A medida que se desarrolla la división del trabajo en el seno de una sociedad, más interconectados estarán los productores individuales de mercancías y más estrecha será, en consecuencia, la dependencia mutua, originando que el trabajo particular de cada productor sea, cada vez más, parte del trabajo producido por el conjunto de la sociedad. Así, en el modo de producción capitalista, la vigencia ineluctable de la ley del valor asegura una creciente contradicción entre el carácter cada vez más social de la producción y la forma privada de apropiación del fruto del trabajo social.

Área Ideológica.