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Uno de los elementos característicos de las elecciones del 24M, sobre todo en el ámbito municipal, ha sido la presencia de multitud de candidaturas denominadas “ciudadanas” o “de confluencia”. Estas candidaturas, montadas en su mayoría en menos de tres meses, han logrado unos resultados más que aceptables en muchos lugares, que se traducen en un buen número de concejales y concejalas electos.

En algunas ciudades, como Barcelona o Madrid, ya se da por hecho que la alcaldía será para estas fuerzas, mientras que en otras como Zaragoza, Cádiz, A Coruña u Oviedo las posibilidades de que la alcancen son altas en el momento de redactar este artículo. En otros muchos municipios sus votos son decisivos para nombrar alcaldes.

Se abre ahora un nuevo escenario en el que estas candidaturas, surgidas sin duda del malestar generado por las políticas capitalistas de los últimos años, pero también al calor de la presencia mediática de ciertas personalidades, se van a enfrentar a las consecuencias de su apresurada creación, así como a la calculada ambigüedad de sus discursos y sus programas, que no señalan nunca las raíces de la situación actual.

Desde el pasado verano y hasta muy pocos días antes del cierre del plazo para presentar candidaturas, hemos asistido a un proceso que se ha querido vender como de “unidad popular” que, en realidad, no era más que una carrera contra-reloj para crear plataformas electorales. Eso dista mucho de la construcción de “unidad popular” real y parte de una concepción limitada y electoralista de la política. Hemos llegado a ver cómo ciertos sectores organizados, siempre refractarios al trabajo electoral, se entregaban con armas y bagajes a los promotores de estos nuevos proyectos sin hacer más reflexiones que “ahora sí entramos en el ayuntamiento”. También hemos visto cómo los oportunistas habituales se frotaban las manos ante la posibilidad de “pillar cacho”.

Es asumible que, para muchos compañeros y compañeras de lucha, una larga historia de derrotas les haga proclives a agarrar, cual tabla de salvación, opciones que cuentan con dos requisitos esenciales en el oportunismo de nuestros días: cierto apoyo mediático y una ambigüedad lo suficientemente calculada como para contentar a tirios y troyanos. Una conjunción perfecta para alcanzar una representatividad mínimamente satisfactoria que traslade el eje de lucha de los centros de trabajo y las calles a las instituciones. Tantos años y siguen sin entender nada.

Ahora bien, ¿qué es lo novedoso que han ofrecido estas candidaturas? Sustancialmente nada. Sus programas, en multitud de casos, suponen una rebaja de los planteamientos con que organizaciones como IU han concurrido a elecciones anteriores. Han relegado a una posición subordinada los intereses de la clase trabajadora como tal, subsumiéndola en la difusa “ciudadanía”, lo que les impide aceptar, en el análisis y en la propuesta, que existen intereses irreconciliables en la sociedad capitalista. Así, la “nueva política” deviene “vieja política”, porque se siguen enfocando los problemas sociales desde la perspectiva de que el Estado (en cualquiera de sus expresiones institucionales) es una herramienta para la conciliación de clases, no para el sometimiento de una clase por otra.

Una vez pasada la campaña, comienza un tiempo en el que toca retratarse. Es ahora cuando toca votar o no unos presupuestos, legitimar o no ciertas políticas, y ello por parte de concejales y concejalas que no está muy claro ante quién responden. ¿Quién va a ejercer la autoridad sobre los representantes institucionales de “la confluencia”? ¿Los militantes de sus propios partidos? ¿Una asamblea abierta a quien quiera ir pero prohibiendo la entrada a quien no haya apoyado a esas candidaturas? ¿Un comité de dirección? ¿Un referéndum permanente online, presencial y telefónico, todo a la vez?

Lenin decía con acierto que “salvo el poder, todo es ilusión”. La pregunta que toca ahora hacerse es, con estas candidaturas ¿están los trabajadores y trabajadoras más cerca del poder o más cerca de verse integrados en la gestión capitalista?

Ástor García