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Cuando redacto esta crónica (mediados de agosto) para su publicación en Unidad y Lucha del mes de septiembre, soy consciente de que la desaparición física de Madiba, es decir de Nelson Rolihlahla Mandela, debido a su estado crítico de salud, puede ocurrir en ese tiempo. Sin embargo, la figura del líder sudafricano, lo que representó y representa para los negros de Sudáfrica (actualmente el 80% de su población) y también para quienes, contra viento y marea, defendimos sus ideas y su libertad, y en primer lugar para los/as comunistas, no se ajusta a calendario alguno. Madiba (título honorífico que otorgó a Mandela su clan tribal) ya es Historia, y ello porque la escribió con mayúsculas luchando contra el apartheid. Desde su implantación formal por colonos holandeses (los afrikáners) en 1948 hasta su extinción en 1994. Cuarenta y seis años combatiendo un sistema político dominado por una minoría blanca (holandeses y británicos fundamentalmente), y basado en la segregación racial. Un sistema abominable que hoy, cuando llueven halagos para con el dirigente anti-apartheid de parte de dirigentes burgueses, del imperio, de las multinacionales que saquearon las riquezas naturales de Sudáfrica, y de sus medios de comunicación, oportuno es recordar que no fue así durante más de 9 lustros. Al contrario, toda esa fauna infame se acomodó en la política de “desarrollo separado” (todo para el amo blanco, nada para el esclavo negro), tratando incluso de ocultar los crímenes y torturas perpetrados bajo mandato de presidentes sanguinarios: Werwoerd, el fanático arquitecto del apartheid, Vorster, ejecutor de numerosas masacres, Botha, el invasor de Angola o Frederik de Klerk, el último represor blanco. Sólo los comunistas y revolucionarios de todo el mundo, junto a los países socialistas, defendimos decididamente la justa lucha del pueblo negro de Sudáfrica, de Nelson Mandela, del Partido Comunista de Joe Slovo, del sindicato COSATU y del Congreso Nacional Africano (CNA). Una organización, ésta última, a la que adhirió el Premio Nobel de la Paz en 1950.

Después Nelson Mandela, con el flamante título de abogado bajo el brazo, radicalizó su posición política frente a las ignominiosas leyes de “zonas de reservas indígenas”, y propuso que el CNA, creado en 1925 y teniendo como bandera los colores negro (del pueblo africano), verde (de la tierra) y oro (de sus riquezas naturales), se transformase en una organización de masas, cuyo objetivo fuese estrechar los lazos con la clase trabajadora. “Creemos organizaciones de masas en cada casa, en cada cabaña, en cada rincón de la tierra donde vivan nuestros hermanos, y jamás nos rindamos”, afirmó Mandela en aquel momento. Más tarde se sucedieron toda una serie de acontecimientos que configuraron irreversiblemente la situación política sudafricana: el encarcelamiento, en 1956, de Mandela y otros 150 líderes africanos, acusados de “participar en un complot comunista”; los fusilamientos de Sharpeville; las huelgas obreras de mayo de 1961; el estado de excepción en todo el territorio nacional; la condena a perpetuidad de Madiba en 1962, y sobre todo, la aparición, bajo el impulso de Mandela, de la organización “Umkonto we Sizwe”, punta de lanza de la lucha revolucionaria. En adelante, la lucha anti-apartheid estaría representada por su brazo político, el CNA, conglomerado de diferentes fuerzas, y por su brazo armado que pasaría, según indicaran las circunstancias, del sabotaje a la guerrilla. Y esa lucha, perfectamente articulada, dio sus frutos. Primero liberó a Nelson Mandela en 1990, tras 28 años de prisión, después lo hizo presidente de Sudáfrica en 1994 y, por último, abolió el apartheid. Ése fue el combate ejemplar que simbolizó Madiba. El otro, contra la injustica social y por el socialismo, aún  está por librar.

José L. Quirante