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La situación económica de la mayoría de los españoles resulta cada vez más insostenible, especialmente entre los jóvenes, que cada vez ven más limitadas sus posibilidades de ocio. A la notable disminución del poder adquisitivo de las familias, sostenidas cada vez con menor número de salarios y cada vez más bajos, se suma la tendencia que vincula la oferta de ocio a la necesidad de contar con coche propio.

 

El ocio se ha vuelto elitista en la sociedad española (como tantas otras cosas), los precios aumentan y los salarios disminuyen y esta situación de desequilibrio económico se ve especialmente acentuada en los jóvenes. La oferta de ocio saludable (deporte, cultura, etc.) se aleja cada vez más de las posibilidades económicas de jóvenes que en su mayoría dependen de los salarios de sus familiares o de sueldos bajos que apenas consiguen solventar sus necesidades básicas.

A esta realidad se suma una tendencia por parte de las empresas de “imitar” el modelo americano y anglosajón en general en sus ofertas de ocio. Los gimnasios de barrio, las pequeñas librerías, las tiendas de ropa e incluso los bares han sido progresivamente suplantados por grandes empresas que trasladan sus centros a la periferia de la ciudad, creando en los jóvenes una tendencia al consumo que tiene como piedra angular el vehículo privado.

En contraposición al comercio de barrio, donde el consumo se hace en función de la necesidad, esta tendencia del gran almacén, o el gimnasio de polígono, va enfocada al desplazamiento con el único fin del consumo en sí mismo, normalmente innecesario y despilfarrador, ya que en una única superficie a la que se ha de acceder en coche, se aglutinan prácticamente todas las ofertas de consumo (cines, salas de juegos, tiendas, gimnasios, etc.)

Esta suplantación del comercio barrial (al que bien se podía acceder caminando) por el de gran superficie que se suma a una, por lo general, deficiente oferta de transporte público, hace prácticamente imprescindible en el contexto urbano el uso del vehículo propio. Esto, que a simple vista podría no parecer algo grave e incluso un avance social, se convierte en una verdadera pesadilla para algunos jóvenes, que por el elevado precio de los carburantes o simplemente por la falta de coche propio (atrás van quedando los tiempos en los que las familias contaban con varios vehículos), ven cada vez mas difícil el acceso a la oferta de ocio moderna.

La tendencia es creciente y copia modelos de otros países en los que tal vez su coyuntura particular resulte más propicia. En el caso de España, la precariedad laboral creciente, la reducción de las pensiones y el elevadísimo precio de los carburantes hacen que esta cultura de coche-ocio resulte cada vez más insostenible.

Ante esta situación la respuesta por parte de los ayuntamientos y las parcelas de la política dedicadas a la cultura es nula y a veces favorable a esta nociva tendencia. Las subvenciones a los programas de ocio se han reducido drásticamente con el inicio de la crisis y, ante la falta de presupuestos destinados a mantener una oferta cultural publica, no se ha planteado en líneas generales solución alguna. Por otro lado, el transporte público ha comenzado en algunos casos la vía de la privatización y ha sufrido un aumento de precios y una disminución de la oferta, lo que empuja aun más a los trabajadores a la necesidad de sumergirse en esta cada vez menos sostenible cultura del coche.

César Rodríguez Logares