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Editorial Septiembre 2013

Para el Partido Comunista no hay tregua en la lucha por el poder obrero y la revolución. La guerra general de la burguesía contra la clase obrera se desarrolla de una forma continuada y cada vez más agresiva, sin que para esa clase parasitaria existan tiempos veraniegos ni períodos de descanso.

En estas semanas el FMI ha lanzado un nuevo paquete de “recomendaciones” para la economía española que, entre otras cosas, propone una bajada de los salarios del 10% en dos años, y también la subida generalizada de los impuestos al consumo. El jefe de los empresarios, Rosell, lanza un órdago para atacar directamente los derechos de la fracción de la clase obrera que tiene hoy más garantías laborales por contar con un puesto de trabajo fijo.

Al tiempo se publica que la esperanza de vida de la población española se va reduciendo como consecuencia de la crisis capitalista -reducción de la esperanza de vida que afecta principalmente a la clase obrera-, y también se publica que la morosidad de los préstamos alcanza niveles récord, con lo que se incrementa el robo de la banca al pueblo mediante el aumento de las ejecuciones hipotecarias.

Seis millones de obreros y obreras continúan en paro, algunas Comunidades Autónomas han sido obligadas a abrir una parte de los comedores escolares para paliar una parte de la desnutrición infantil, el salario de la mujer trabajadora se reduce en una escala mayor a la media, y es una realidad la existencia de una “generación perdida” a la que el capitalismo no le ofrecerá ya ningún futuro.

El grado de agotamiento histórico de la formación capitalista hace que estos factores adquieran una dimensión nunca superada antes en la agudización de la contradicción entre capital y trabajo. La clase obrera no puede esperar nada positivo del capitalismo.

En esta situación se pone a prueba la condición revolucionaria de una organización política. Sin resuello, la vanguardia del proletariado tiene que mantener el pulso continuado a las agresiones del bloque dominante de poder. La primera tarea para cualquier militante de la revolución es organizar las luchas obreras sacándolas de los horizontes más cortos, situando el objetivo del poder obrero y del socialismo-comunismo, como objetivo estratégico irrenunciable. Hoy es una prioridad construir la unidad de la clase, superando el fraccionamiento sindical y las miserias de quienes no ven más allá de su propio ombligo, construyendo Comités para la Unidad Obrera (CUO) como herramienta fundamental para este objetivo. Todo ello subordinado a la tarea superior de organizar el Partido en cada centro de trabajo y en cada barrio obrero.

Esta práctica política, y esta estrategia, es la que no podrán resistir las clases dominantes, que sustentan su hegemonía en la desorganización de la clase y en el terror en los centros de trabajo como forma de ejercicio de la dictadura del capital.

Esta es una línea de intervención política que nada tiene que ver con las posiciones oportunistas de colaboración de clases, y con los llamamientos a la “unidad de la izquierda” que tratan de llevar a la clase obrera “al pantano”. En frase de Lenin: “nos hemos unido en virtud de una decisión libremente adoptada”para emancipar a la clase obrera, y no cogeremos ninguna mano que nos ofrezca ir al pantano. Estamos en la etapa de transición del capitalismo al socialismo, y por ello la tarea y el compromiso del Partido de la revolución es dotarse de una táctica y de una estrategia para avanzar -sin distracciones- hacia ese proceso de toma del poder por la clase obrera.

Esta es la posición más científica y rigurosa; lo realmente idealista es pensar que en el capitalismo la clase obrera va a obtener algún tipo de solución al progresivo deterioro de sus condiciones de vida, y al creciente aumento de la explotación.

La posición más consecuente -la menos utópica- es luchar por el poder obrero y la construcción de la sociedad socialista-comunista. Una sociedad que se sustenta en el papel rector de la clase obrera y en el control del producto del propio trabajo, y por ello esa sociedad es la que garantizará a la clase obrera unas mejores condiciones de vida y de desarrollo social.

La burguesía -con sus potentes y masivos medios- desarrolla una intensa y continuada campaña de propaganda orientada a desacreditar la posibilidad de construir tal modelo de sociedad, para tratar de evitar el desarrollo de la conciencia revolucionaria en la clase obrera, la esperanza de la libertad. Pero la realidad vivida cada día enseña a la clase obrera que el único camino para su emancipación es la destrucción del sistema capitalista.

La experiencia de la construcción socialista -que se desarrolló en los países del Este europeo- demostró la superioridad de tal sistema político-social. En esas sociedades el papel central del individuo en la sociedad, los avances en la igualdad de la mujer, el elevado nivel cultural de las masas, el gran desarrollo científico-técnico, la política de paz mundial y desarme nuclear, la solidaridad internacionalista, las garantías de políticas sociales, etc., fueron logros incuestionables de esa experiencia histórica, que tendremos que retomar para realizarla en una etapa superior de perfeccionamiento, con la ventaja que nos aporta la misma experiencia anterior, y la existencia -hoy- de una base material mucho más avanzada para la construcción de esa nueva sociedad.

Las batallas más inmediatas nos emplazan a ampliar e intensificar nuestra estrategia de movilización sostenida ante las agresiones de la burguesía, haciendo de cada protesta concreta una trinchera en la lucha por el socialismo-comunismo.

Hoy, también, se abre un período político hacia las Elecciones Europeas de 2014; donde el PCPE concurrirá con su propuesta diferenciada de salida del euro, la UE y la OTAN; esta posición programática es una auténtica línea divisoria con las posiciones del oportunismo, que deja en evidencia los discursos del engaño a la clase obrera que hacen las organizaciones reformistas.

No hay tregua en la lucha por el poder obrero y la revolución. Todo para la clase obrera.