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Ya en ediciones anteriores de nuestro periódico hemos hecho mención a algunas de las consecuencias que traerá el Tratado Trasatlántico de Comercio e Inversiones (TTIP) en las condiciones de vida de la clase obrera y los pueblos de los países miembros de la UE y más concretamente en nuestro país. En este artículo, se tratará precisamente de centrar el foco del análisis en cómo afecta este tratado en el ámbito cultural, uno de los campos de más disputa en mitad de las negociaciones entre la Comisión Europea y los EE.UU.

 

Cerca de cinco millones de personas de la Unión Europea trabajan en la actualidad dentro de la industria cultural, generando alrededor del 2´6 %  de su Producto Interior Bruto. Todos los campos culturales (cerca de 15 industrias distintas) entran dentro del debate sobre los acuerdos del TTIP, a excepción del sector audiovisual. Este sector, que abarca la televisión abierta, canales de pago, vídeo bajo demanda y cine, ha conseguido escapar de las negociaciones debido a las múltiples firmas de distinguidos intelectuales, a la presión francesa (que llegó a amenazar con vetar el acuerdo si se decidía incluir el sector audiovisual) y a pesar de las declaraciones del comisario europeo de Comercio Karel de Gucht  a favor de que “todas las áreas relevantes” fueran objeto de debate.  Finalmente  en la reunión de los ministros europeos de Comercio el 14 de junio de 2013 se tomó la decisión de excluir el sector audiovisual.

Pero, ¿por qué Francia se opone de forma tan taxativa a la inclusión del sector audiovisual?  Principalmente porque los EE.UU. producen anualmente un beneficio de más de 13.000 millones de dólares a través de este sector, mientras que en ámbitos como el editorial apenas alcanzan los 2.000 millones. La UE ha entregado sin problemas el campo editorial dado que no corre el riesgo de ser fagocitado por EE.UU., riesgo que sí corre el campo audiovisual. Parafraseando a W. Benjamin, los monopolios y sus estados se asestan los golpes como sin querer, Francia batalla para que el TTIP, que barrería con la excepción cultural y el modelo de subvenciones, no deje el campo libre a los monopolios estadounidenses.   

No obstante, como ya se ha señalado, el resto de sectores de la industria cultural sí entran dentro de las negociaciones del tratado. El proceso de centralización y diversificación de capitales que conlleva el TTIP, implica la estricta limitación cultural a los intereses de los grandes empresarios, permitiendo a los monopolios editoriales intervenir libremente en la legislación y exigir  indemnizaciones si las legislaciones estatales interfieren con la búsqueda del máximo beneficio empresarial. Las limitaciones de acceso cultural que ya de por si tiene el pueblo trabajador se verían agravadas con el proceso de liberalización, haciendo desaparecer el precio fijo de los libros, lo que, entre otras cosas, conllevaría un empobrecimiento total de las pequeñas empresas de edición sin posibilidad de competir con los grandes monopolios;  y con la modificación de los derechos de autoría (ej. la armonización del copyright). Si a todo esto añadimos que el TTIP significará también una política de aumento de la vigilancia en Internet, el lector podrá hacerse una idea de las nefastas consecuencias que traerá en el campo cultural su firma.

El TTIP dejará tras él un desierto, los derechos de traductores, escritores y editores serán reducidos a la nada; el acceso a la cultura se verá enormemente restringido, la libertad de creación y expresión, las oportunidades para nuevos autores y la priorización de la calidad cultural serán barridas para que todo gravite en torno a los intereses oligárquicos, y las pequeñas editoriales y librerías serán expuestas en los museos de la historia. Esta es la nueva declaración de guerra contra la clase obrera también en el ámbito de la cultura. Francia y EE.UU. pelean por las cuotas de beneficio de sus monopolios mientras que el pueblo trabajador, en una atmosfera de secretismo y temor, va a ser el único damnificado si él mismo no lo impide.

Javier M. Rodríguez