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El Juzgado de lo Penal Nº 3 de Oviedo ha condenado a cinco jóvenes mineros por un delito de atentado, un delito de daños y una falta de lesiones; lo que supone un total de dos años y medio de cárcel, diez meses de multa y doce días de localización permanente para cada uno.

¿En qué contexto se produjeron los hechos?

 

Corría el mes de junio de 2012 y la clase obrera minera se lanzaba una vez más a la lucha gritando ¡la clase obrera en guerra, la mina no se cierra! Durante semanas se logró paralizar completamente la producción y, a pesar de las provocaciones y de la represión estatal, se combinaron acertadamente distintos medios de lucha: manifestaciones, piquetes, cortes de carreteras y vías férreas, etc. La lucha adquirió un especial carácter de masas en las cuencas asturianas y en las comarcas mineras del norte de León, donde se sucedieron episodios de lucha que levantaron la solidaridad de la clase obrera de todos los pueblos de España. Nuevos episodios de lucha minera que coincidían con el cincuenta aniversario de la gran huelga minera de 1962: “La huelgona”, una lucha heroica que consiguió abrir las primeras fisuras en el búnker franquista.

En ese contexto, en el que el proletariado minero se lanzaba al combate, como cinco décadas antes habían hecho sus abuelos, tres mineros de la explotación de la Unión Minera del Norte, propiedad del inefable Victorino Alonso, quedan enterrados en el pozo minero que la empresa explotaba en la localidad asturiana de Cerredo. Como es triste costumbre en esos casos, la mina se paraliza, la noticia corre como la pólvora, queman los teléfonos y una multitud, compuesta por familiares, amigos y compañeros de los encerrados va concentrándose silenciosa en la boca del pozo. No es la primera vez y, desgraciadamente, tampoco será la última.

¿Quién es quién en esta lucha?

Victorino Alonso, un empresario brutal que ha amasado una indecente fortuna, explotando hasta la extenuación al proletariado minero bajo formas decimonónicas, actúa a través de su perro de presa, el Ingeniero Raúl. Los mineros y sus familias conocen sobradamente de quién se trata, pues el capataz, siempre sumiso a las órdenes del patrón, es bien conocido en la zona. Su primera orden, tras horas de encierro forzado de los mineros, es el empleo de dinamita. Los mineros se niegan a cumplir la orden y se da un primer enfrentamiento en el interior de la mina; como es lógico, no sabiendo dónde se encuentran enterrados sus compañeros, temen enterrarles definitivamente. Además, quien recibe la orden, ni siquiera tiene la categoría de artillero. No es la primera vez que mueren mineros bajo las “ordenes de salvamento” del tal Raúl. Las familias de la zona cuentan historias sangrientas que pondrían los pelos de punta a la persona más fría.

Victorino y su brutal marioneta son bien conocidos. La rabia acumulada por quienes han dejado su vida en la mina para enriquecer al patrón sale a flor de piel ante lo que puede terminar en tragedia.

En esta ocasión, tras el lento paso de las horas, los trabajadores finalmente son rescatados, pero en vez de ser conducidos en ambulancia para su reconocimiento médico, como hubiera resultado preceptivo, el capataz decide trasladar a los obreros en un vehículo de la empresa directamente a los cuartos de aseo. Los mineros no tienen información y nadie se detiene a explicarles que el estado en que se encuentran sus compañeros.

La legitimidad de la lucha obrera

El vehículo del capataz cruza entre la masa impaciente de mineros. Y la rabia acumulada por décadas de accidentes, muerte y explotación extrema, estalla. Muchos de los presentes siguen al capataz que, en un punto de la carretera, es interceptado. Cerca de trescientas personas rodean el vehículo, en una imagen que trae a la mente lo sucedido al criminal Atila en la película Novecento. El coche es zarandeado por la multitud y el capataz sufre algunos daños menores que ni siquiera requirieron de hospitalización posterior. El miedo ha cambiado de mando, quien ha sido especialista en causar el terror entre la plantilla minera es ahora el aterrorizado. Pero las fuerzas represivas acuden al auxilio de los de siempre, de los patrones y sus capataces. El Sargento de la Guardia Civil dispara al aire, la multitud poco a poco se dispersa. El resultado: el vehículo dañado y el capataz con algunas magulladuras.

Finalmente, cinco mineros se sientan en el banquillo de los acusados. El Estado burgués acusa, y también el capataz, que se niega a cualquier acuerdo y pide más de seis años de cárcel. La patronal quiere escarmentar a la clase obrera minera en la carne de estos hombres.

Se suceden los interrogatorios, la declaración de testigos y de los guardias civiles participantes. Contradicciones, diferentes versiones, resulta imposible concretar la participación de cada uno de ellos en los hechos. La propia Guardia Civil se contradice, pero dejan claro que los mineros no acometieron contra ellos, que se limitaron a desobedecer. Una cosa es el delito de desobediencia y otra el de atentado, pero aun así, el Estado acusa a través del Ministerio Fiscal y también la patronal a través del obediente abogado del capataz.

Finalmente unas desproporcionadas condenas que vienen a confirmar lo que ya Marx enseñó en su Manifiesto a la clase obrera mundial cuando recriminaba a los burgueses que su derecho no es más que la voluntad de su clase convertida en ley.

Derrotemos al estado burgués y a la patronal.

Las condenas no son firmes y la defensa de los obreros ha apelado ante la Audiencia Provincial. Se abre así un periodo de lucha intensa. Sólo la solidaridad obrera arrancará a estos jóvenes mineros de las garras del Estado burgués. Unidad en la lucha, unidad sindical en la respuesta y en la extensión del conflicto. La patronal presiona, nosotros y nosotras también. La clase obrera unidad contra un solo patrón, Victorio Alonso, y contra su brutal capataz, el tal Raúl, que de nuevo serán derrotados como ya lo fueron en la última huelga victoriosa de los obreros de UMINSA y de las contratas.

Levantemos una ola de solidaridad que recorra el país, luchar por la libertad sin cargos de los compañeros es luchar por la libertad de toda la clase obrera.

¡Uníos, Hermanos Proletarios!

RMT