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Hace ya miles  de años que la capacidad humana de  solucionar la vida en común usando lo que la naturaleza le ofrece a través de nuevos y más precisos utensilios le permitió disponer de  sobrantes por encima de las necesidades más inmediatas para la subsistencia. A medida que los remanentes crecieron alguien decidió apropiárselos en detrimento de otros, maniobrando arteramente para que el nuevo sistema se estableciera de forma permanente. Además, hicieron que los desposeídos trabajaran más y más a favor de los nuevos poseedores. Se asiste al nacimiento de la explotación; la sociedad humana quedó divida en grupos diferentes y con intereses antagónicos: los que trabajaban y los apropiadores del trabajo ajeno. Surgieron las clases.

 

Esto no ocurrió libremente y sin violencia. El nuevo invento de la apropiación del trabajo ajeno surgió y se consolidó bajo el miedo, el terror  y la coerción. Su mantenimiento sólo fue posible debido al surgimiento de un aparato de coerción tanto físico como ideológico por encima del cuerpo social al cual debía "persuadir"  de que su mayor felicidad consistía en  producir para los acaparadores y disfrutadores del sobrante creado. Ese  mecanismo para la coerción económica e ideológica al servicio de una clase es el Estado.

Desde sus inicios, el Estado estuvo a disposición de una clase, la dominante, para que sus intereses prevalezcan sobre los de otras. Naturalmente, ha experimentado un sinfín de variaciones, sus configuraciones han sido muy diversas; no ha sido igual el estado de la época esclavista clásica o en época feudal que en la actualidad. Pero su finalidad  ha persistido: asegurar el dominio de una clase sobre otras para beneficiarse del esfuerzo y trabajo de estas últimas.

Una de las formas de gobierno más tenaces, más frecuentes, ha consistido en la introducción de la figura de un individuo situado muy por encima del resto. La  ideología dominante, basándose en el escaso desarrollo de las capacidades productivas, en definitiva, de conocimientos científicos,  introducía en el imaginario supersticioso de las masas  a este figurón como algo procedente del más allá, protegido de los dioses o hijo de alguna divinidad, incluso él mismo un dios. Enjaretan a la humanidad la inicua institución de la monarquía que, si bien ha atravesado por múltiples vicisitudes y formas, se ha mantenido fiel a sus principios: Pertenencia y adhesión a la clase dominante. Su permanencia en el tiempo se ha asegurado por diversas formas de "bondades divinas":  asesinatos, incestos, concubinatos, ajustes de cuentas que ruborizarían a la mafia, y mucho más. Conocida es la monarquía como una de las más famosas formas de la criminalidad y de la indiferencia. Ambas son un hábito común de la ignominia de los príncipes.

No menos inicuo y criminal es el discurrir de la monarquía en este nuestro país. Ateniéndonos tan sólo a los dos últimos siglos ha habido golpes de mano, y de Estado, muy propios del bandolerismo y cerrilismo de "nuestras" clases dominantes, causantes de cruentos sacrificios para las clases populares: uerras carlistas entre un "tiito" y una sobrina; golpe de Estado para liquidar los inicios de la revuelta popular de la 1ª República y entronizar al borbón de turno; travesuras coloniales africanas de un Alfonso XIII por la gracia de Dios, que sembraron de muertos, africanos y españoles, el norte de África. Y, por fin, la más funesta de las guerras para la clase obrera y el pueblo trabajador español, rematada con un genocidio no étnico sino clasista, para introducir un monarca de trayectoria juvenil algo entenebrecida y de actividades adult…as  muy transparentes.

La oligarquía dominante vislumbra que algo tiene que cambiar en la manera de gestionar su dominación y ha tramado esta zafia chapuza, posicionando uno de sus peones, el cual ha colado de matute. No es un movimiento aislado y  algún otro ya se ha producido. No "podemos", ni debemos olvidarnos de ellos y sus efectos.

Así que no olvidemos la tradición.  Tampoco que el peón es el jefe del Estado.

Julio Mínguez