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Cuando hablamos de octubre de 1934 hablamos de respuesta obrera a un gobierno republicano de la burguesía. En primer lugar, creo que debemos eliminar todo el romanticismo del que podamos hacer gala al rememorar el periodo de la II República, y ponerlo en su justa medida con la verdadera base económica y social en que se daba.

Desde el primer día de la República se oyeron discursos que generaron enormes expectativas entre los sectores populares: se planteaba en el horizonte la socialización de las grandes fincas, la nacionalización de ciertos sectores industriales y toda una serie de medias que, o bien no se aplicaron o se aplicaron insuficientemente. El resultado es que desde ese primer día de la II República las grandes oligarquías históricas sobrevivían en España al destronamiento de Alfonso XIII y las reformas se quedaron en el papel sin suponer cambios de base reales.

Eso sí, esa oligarquía tuvo el reflejo de organizarse en torno a una coalición propia y compacta en torno a la CEDA, que obtiene el gobierno en un entorno que le favorece por varios motivos: la ingente cantidad de dinero que invierte en esas elecciones, una legislación elaborada para dar prioridad de gobierno a las coaliciones de partidos, la división de las fuerzas “progresistas” y el esfuerzo previo invertido en una potente campaña antimarxista, por el temor de la revolución de octubre de 1917.

Esta coalición de la oligarquía alcanza el poder en un entorno internacional de avance del fascismo, con Hitler en Alemania y Mussolini en Italia al frente de los respectivos gobiernos. El planteamiento es la convocatoria de una movilización revolucionaria contra el avance de esta oligarquía de carácter fascista también en España.

Ahí es donde se lanza la consigna de huelga general revolucionaria el 5 de octubre, convocada en todo el Estado, pero que sólo adquiere un carácter revolucionario en Asturias. En otros lugares del estado se dan focos de movilización que carecen en todo caso de una organización previa y fundamentalmente de un carácter revolucionario.

Hemos de contextualizar que aún en 1934 el Partido y la Juventud Comunista poseen una capacidad de movilización modesta y que el gran llamamiento a la acción revolucionaria de octubre viene de la mano del Partido Socialista. Este mismo partido formaba parte de esa coalición de fuerzas “progresistas” que habían asentado los pilares de la república burguesa. En lo concreto se mantenían dentro del reformismo más moderado, con dos ejemplos claros: se habían opuesto a la nacionalización de la industria del ferrocarril pocos meses antes y en una cuestión meramente democrática, como temas relacionados con la laicidad del Estado se mostraron más defensores de la “tradición” religiosa que otros republicanos burgueses “progresistas”. Estas dos anotaciones sólo tienen la intención de llamarnos a una reflexión acerca de la legitimidad para con las masas obreras. Lo que podemos poner en cuestión es la capacidad para que éstas tomasen en serio un alzamiento revolucionario que venía de la mano de quienes meses antes les hablaban de la necesidad de reforzar el poder burgués y que sin tiempo a mutar ni el discurso les invitaban ahora a destruir el sistema por la fuerza de unas armas que, por cierto, debían conseguir y utilizar bajo su cuenta y riesgo.

La realidad es que este carácter reformista del Partido Socialista vestía de discurso revolucionario el llamamiento de octubre, pero intentaba por todos los medios que fuese la pequeña burguesía quien se situase a la vanguardia del movimiento, confiando y poniendo todas sus esperanzas en la insurrección de la Generalidad Catalana y en las actuaciones aisladas de determinados oficiales del ejército y grupos sin organización de masas en otros sitios del estado. ¡Obvio!, pero esto no niega el heroísmo de aquellos obreros que dieron heroicamente su vida en Vizcaya, en Madrid, en las Cinco Villas Aragonesas…. Pero sí sitúa el interés de clase de las consignas y actuaciones de su dirección.

Así, frente a ese panorama general de expectativas pequeñoburguesas descentralizadas y sin dirección, en Asturias la situación es otra: 10 días después de extinguidas las movilizaciones en el resto de España los obreros asturianos aún seguían combatiendo. Fue necesaria la movilización de dos cuerpos de la vanguardia represiva del ejército, además de la coordinación con las fuerzas que resistían sitiadas en el interior de Asturias para poder doblegar el movimiento revolucionario.

¿Qué es lo que hace posible tal éxito de la movilización revolucionaria en Asturias? ¿Acaso los dirigentes socialistas en Asturias tenían un carácter distinto al del resto de España? ¿Acaso Asturias era una excepción en la implantación del Partido y la Juventud Comunista?

Ninguna de estas cuestiones se da de manera absoluta, pero Asturias es la única región en la que se consigue el frente obrero revolucionario.

La estrategia de los dirigentes socialistas en Asturias es exactamente la misma que en el resto del estado, y en el momento que lanzan la consigna revolucionaria las organizaciones obreras adolecen de preparación previa por su parte y de directrices revolucionarias reales. La diferencia es que cuando a través de su órgano lanzan la consigna revolucionaria el proletariado minero asturiano se ocupa de hacerse con las armas necesarias para llegado el momento llevar la movilización revolucionaria adelante. La dirección efectiva de la movilización de las masas proletarias en las calles ya no corresponde a los dirigentes socialistas, si no a la intervención de cuadros comunistas y obreros con clara vocación y visión revolucionaria. Mientras las consignas que se daban por parte de los consejos socialistas pasaban por la beligerancia contra la catedral, o la universidad por ser “monumentos de inestimable valor artístico”, las columnas obreras que avanzaban desde las cuencas mineras preparaban el asalto a la fábrica de armas y a objetivos claramente estratégicos para un verdadero planteamiento revolucionario.

Igualmente importante es la preparación previa por parte del Partido y la Juventud Comunista, que en Asturias se da en unas condiciones distintas a los de otros lugares del estado. En primer lugar por la intervención previa entre el proletariado, especialmente el minero, que hacen sentir una creciente simpatía por el comunismo, la Revolución de Octubre y la dictadura del proletariado, y una influencia también creciente de sus organizaciones. En segundo lugar, se trabajaba previamente a nivel de Comité de Juventudes en la conformación de las M.A.O.C (Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas) y en los contactos con la Juventud Socialista, siguiendo ya indicaciones del Comité Central de la Juventud Comunista (en lo que sería el germen de la futura JSU). Así se llega al 5 de octubre habiendo dado ya la directriz a todas las bases de conformación de las M.A.O.C y de actuación de las mismas si se llevaba exitosamente a término el llamamiento revolucionario.

Pese a esta organización previa, pese a la intervención política durante el propio periodo revolucionario y la elevación de los obreros en su conciencia revolucionaria, octubre del 34 en Asturias estaba condenado al fracaso. Y no por la lucha de su propio proletariado, si no por el aislamiento con el resto de la clase obrera española. Fue necesario movilizar los cuerpos represivos más duros para ahogar el movimiento revolucionario, pero ya en los últimos días el aislamiento ahogaba el devenir revolucionario: los obreros contaban con fusiles, ametralladoras o cañones; pero ni con una sola munición. El resto del proletariado español se convirtió en mero espectador y la revolución socialista o se daba en el conjunto de España o sería ahogada, tarde o temprano, por el ejército de la burguesía.

La represión posterior fue ejemplar, y ejemplificante, la burguesía que ya mutaba al fascismo arropada por los acontecimientos internacionales, reacciona con todas sus herramientas represivas contra el movimiento obrero y entonces los mártires, las detenciones y las torturas son el devenir del proletariado en los próximos años.

Los acontecimientos de octubre del 34 en Asturias siguen dándonos hoy importantes lecciones. La necesidad de unidad de la clase obrera, no en discurso, sino en estructuras organizativas propias que respondan a sus propios intereses. La relevancia de identificar el discurso reformista, por mucho ropaje revolucionario del que haga gala, el papel del partido socialista en aquel momento es buena muestra de ello, hoy podemos hacer la analogía que nos parezca más oportuna. Ante la agudización de la lucha y las contradicciones de clase no hay estrategias conciliadoras posibles, y la organización de la clase obrera en torno a su Partido es la única posibilidad de avance. La necesidad de no caer en discursos de la pequeña burguesía que únicamente dividen al proletariado en torno a contradicciones que no se resolverán a su favor en el capitalismo, como la cuestión nacional, etc.

¡UHP!

Vannesa García