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Soy de los que piensan que una obra artística o literaria no es propiedad exclusiva de nadie. Ni del autor que la realiza ni de quien con su dinero la produce. El dueño real y definitivo es el público (el pueblo queremos decir), a quien le va destinada desde el primer instante de su elaboración.

Él la hará suya si la aprecia o la relegará en el recóndito olvido si la detesta. Más allá de la ideología de quienes la hayan hecho posible. ¿Y toda esta retahíla por qué? Pues porque dada la militancia trotskista del realizador Ken Loach (Nuneaton, Inglaterra 1936), su cine será elevado a “los altares” por unos, y estigmatizado por otros. Sin embargo, ambas actitudes serían tan ridículas como pretender que toda la filmografía de S.M. Eisenstein (1898-1948) es genial porque era comunista o, por el contrario, que todo lo llevado al cine por John Ford (1894-1973) es deleznable porque el famoso tuerto blandía la Biblia en cada rodaje. Nada es totalmente blanco o negro; los tonos grises predominan en estos casos. Ello permite que unos y otros, pese a nuestras divergencias, hallemos puntos de encuentro en la filmografía de los grandes cineastas. Y eso es lo que ocurre con la obra cinematográfica del director británico. Una producción de más de 30 largometrajes que, desde sus inicios allá por los años 1960 hasta”Jimmy’s hall”, su último filme presentado en el festival de Cannes de este año, y de próximo estreno en España, muestra sus deseos de hacer vivir en la gran pantalla a la clase trabajadora: hablar de ella, reivindicar sus derechos sociales y denunciar la explotación capitalista. En este sentido películas como “Riff-Raff” (1991), el filme que le dio a conocer al gran público, “Lloviendo piedras” (1993), sobre los parados en la sociedad inglesa, “Mi nombre es Joe” (1998) o “Pan y Rosas” (2000) sobre la lucha de las mujeres de la limpieza en los Estados Unidos, son ejemplos de lo que decimos. Pero Ken Loach también se ha interesado por otros temas importantes, como la emigración en “Sólo un beso” (2004) o “En un mundo libre” (2007), y ya, en un registro que recuerda el “cine político” de Costa-Gavras o Francesco Rosi, por citar sólo a dos maestros del género, nos ha hablado de la epopeya revolucionaria del pueblo irlandés contra el imperio británico en “Agenda oculta” (1990), “El viento que agita la cebada” (2006) y en la ya mencionada Jimmy’s hall”.

Comentario aparte merece “Tierra y Libertad” (1995), una incursión en la Guerra Civil española, a nuestro juicio, maniquea y partidista, que además impide una lectura objetiva de los sucesos narrados y abre heridas en la izquierda revolucionaria española. Por lo demás, resumiríamos el cine de Ken Loach diciendo que, desde el punto de vista formal, es un cine depurado, emotivo y sintético, y que su contenido encierra un compromiso claro con la clase obrera en su denuncia del capitalismo. Sin duda, un posicionamiento político que, con él, compartimos todos/as los/as revolucionarios/as...

Rosebud