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No conocí a Ian Rand (1905-1985) hasta la referencia que hace de ella David Harvey en Breve historia del neoliberalismo. Aunque, hasta donde sé, Rand no era muy conocida en España, sí pertenece a la cultura popular estadounidense e influyó en la concepción de la individualidad de los Friedman (padres del neoliberalismo) y compaña. De El manantial, su novela más famosa, se hizo una versión cinematográfica con Gary Cooper (1949) y The Simpson, por ejemplo, también la homenajean. Hoy en día en España ya se usa el adjetivo randiano para definir la subjetividad emprendedora, libre, capitalista… el sujeto neoliberal.

El manantial, tocho de 800 páginas demasiado reiterativo para merecer una lectura no estudiosa, es una novela de tesis en la que se promueve una específica imagen de la individualidad, del verdadero sujeto, del emprendedor. El protagonista, Howard Roark, carece de la capacidad de interesarse por los demás, a pesar de que comprende sus motivaciones, o de someter su discurso a ninguna convención social, porque la sociedad como tal es la convención social. El héroe vive y actúa sólo para la consecución de su deseo monomaniaco cubierto de razón instrumental. En un momento de la novela le preguntan al antagonista, Peter Keating, qué pasaría si alguien se interpusiera entre Roark y su objetivo; si esto ocurriera, responde, caminará sobre cadáveres.

La mayoría de nosotros, afortunadamente, no leeremos a Rand, pero su personaje modelo que es capaz de cualquier cosa para alcanzar su objetivo y se enfrenta a todos, arquetipos de la convención social hueca, es el que preside la narrativa de masas hoy. Las series de televisión se construyen, muchas de ellas, en torno a este personaje. House, carecía de interés por conocer al enfermo sino por desvelar la enfermedad; Dexter, satisface su deseo homicida sometido a exhaustivas reglas autoimpuestas; The Young Pope, obsesionado con una versión tradicional de la iglesia; Mad men, Don Draper o el amante universal en el mundo de la publicidad.

Seguro que a vosotros se os ocurren más protagonistas que sumar a esta lista, pero quiero centrarme en Heisenberg, Breaking bad. La primera temporada de Breaking bad, que sólo tiene siete episodios porque coincidió con la huelga de guionistas, no sigue este modelo. Los siete primeros capítulos nos encontramos con una comedia negra cuyo objetivo político es la defensa de la sanidad pública. Recordemos que White, profesor de Química de enseñanza secundaria y lava coches por las tardes, enferma de cáncer. Ante la necesidad de ingresos para sufragar el tratamiento y el miedo a que la familia quede en la indigencia, decide traficar con anfetaminas que él mismo fabrica. Durante estas primeras emisiones White es un individuo cómico, ridículo, que no se maneja en el mundo de la delincuencia organizada.

A partir de la segunda temporada, Walter White abandona esta posición ridícula y desesperada para convertirse en Heisenberg. Breaking bad es ahora la historia de cómo un cualquiera con la suficiente obstinación monomaniaca puede convertirse en el traficante más peligroso de todo Nuevo México. Walter White denunciaba, de forma muy reformista, la deficiencia del estado social de EE UU; Heisenberg narra la épica de un individuo que caminará sobre cadáveres para conseguir su objetivo. El personaje de Ian Rand lucha contra el convencionalismo social que le impide desarrollar la “arquitectura de su interior”; Heisenberg lucha contra toda la sociedad, incluidos su mujer e hijos por los que, en la prehistoria del personaje, se introdujo en el tráfico de drogas. Sólo así eres quien eres. Heisenberg es Heisenberg destruyendo la sociedad. Ya lo dijo Margaret Thatcher: la sociedad no existe, sólo los individuos… y estamos todos en guerra.

Jesús Ángel Ruiz Moreno