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En la vida hay que elegir. Así funciona, lo queramos o no. Desde lo más intrascendente hasta lo definitorio, cuando hay que hacer eso que llamamos ‘tomar partido’. Este 9 de mayo, como tantos días del calendario, hay cosas que se conmemoran.

El 9 de mayo se celebra la victoria de la Unión Soviética y las fuerzas aliadas sobre la Alemania nazi: el mismo día de 1945 —pasados 43 minutos de la medianoche, hora de Moscú— el Mariscal Wilhem Keitel firmaba la rendición incondicional de la Wehrmacht ante el Mariscal soviético Gueorgui Zhukov. Desde entonces se conmemoró como el Día de la Victoria. Cinco años más tarde, coincidiendo con el aniversario, el ministro francés de exteriores, Robert Schuman, se presentó ante la prensa para hacer pública una declaración que anunciaba los acuerdos de unión administrativa de los monopolios del carbón y del acero de Francia y de la República Federal Alemana, abiertos a la adhesión de monopolios de otros países; ese 9 de mayo de 1950 se considera como fecha fundacional de la actualmente conocida como Unión Europea, y es conmemorado como el Día de Europa.

Los 9 de mayo, por lo tanto, hay que elegir. Hay que tomar partido. Hay quienes celebran el Día de la Victoria, y quienes conmemoran el Día de Europa. Todo ocurre en función de los intereses que se representen, o con los que se quiera —o crea— cada cual identificar. Es una elección entre la memoria histórica y la revisión histórica; entre la enorme importancia en clave de progreso que significó la victoria sobre el nazifascismo en la guerra —fundamentalmente liderada por la Unión Soviética—, y la enorme importancia en la clave reaccionaria de concentración de capitales que supusieron los acuerdos del carbón y el acero de la Declaración Schuman. La elección de la fecha por parte del capitalismo europeo de posguerra para hacer público su plan de unión imperialista no fue casual, se pretendía comenzar a borrar el papel soviético en la liberación de Europa del nazismo. La bandera roja ondeando en el Reischtag se había convertido en un símbolo incontestable en el viejo continente, que veía en la URSS la gran fuerza y el gran ejemplo que había liberado a los trabajadores de Europa de la pesadilla hitleriana.

Alrededor de 70 años después de aquellas fechas, la elección entre un 9 de mayo u otro es una toma de partido en toda regla. Tras la victoria contrarrevolucionaria en el bloque socialista y la desintegración soviética, la campaña ideológica contra el comunismo ha sido una constante en la Unión Europea. El desarrollo del polo imperialista europeo ha ido perfilando los angulosos rasgos de su rostro en los últimos años, con espeluznante claridad. Las políticas de expulsión de los millones de refugiados sirios han devuelto, esta vez en color, fotografías de niños famélicos tras alambradas, como las de los campos de concentración nazis. La Unión Europea ha venido subvencionando en los últimos años, con cantidades millonarias, a partidos abiertamente fascistas y neonazis, presentes en su Parlamento, como es el caso del partido neofascista europeo Alianza por la Paz y la Libertad (APF), que integra al Amanecer Dorado griego, a la Fuerza Nueva italiana, o al Partido Nacional Democrático (NPD) alemán. La alianza del Día de Europa financiando —como siempre hizo— a los derrotados del Día de la Victoria. Vueltas llamativas de esas elecciones que la vida nos hace tomar.

Para los millones de trabajadores, ya no solo de Europa, sino del mundo entero, el único 9 de mayo que nos vale celebrar es el de 1945, cuando la Unión Soviética le hizo hincar definitivamente la rodilla en el barro al nazifascismo. La liberación de Berlín el 9 de mayo y el nazismo derrotado son hechos. Los mitos sobre la base democrática de la Unión Europea son eso, mitos, falacias históricas que el día a día de nuestro tiempo nos pone de manifiesto en cada telediario. Al final la elección es entre verdad y mentira. La misma de siempre: socialismo o barbarie.

Eduardo Corrales