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Con el 60 aniversario del asalto a los cuarteles de Moncada y Carlos Manuel de Céspedes muy reciente, es buen momento para reflexionar acerca de la importancia de la Revolución Cubana y sus logros a la luz de la difícil situación que sufren la clase obrera y el pueblo trabajador de nuestro país.

 

Hace unos años, en una etapa anterior del desarrollo de nuestro Partido en la que estábamos fundamentalmente volcados en el movimiento de solidaridad internacionalista, realizábamos multitud de actividades para explicar que Cuba y su Revolución eran un ejemplo de dignidad y soberanía, de internacionalismo y de resistencia frente al imperialismo y sus agresiones.

Denunciábamos el terrible y criminal bloqueo impuesto por Estados Unidos, que impedía (e impide) multitud de transacciones comerciales necesarias para poder desarrollar una pequeña isla que salía del monocultivo.

Denunciábamos las constantes maniobras de difamación y agresión contra Cuba, contra su Revolución, contra sus dirigentes, contra su Partido Comunista y contra su pueblo. Dedicábamos una parte considerable de nuestro esfuerzo a explicar los ataques terroristas que, a lo largo de los años, habían costado la vida a más de 3.500 cubanos y cubanas, al mismo tiempo que reclamábamos (como seguimos haciendo hoy) el regreso de los Cinco Héroes que permanecían (y permanecen, salvo René, que afortunadamente ya está en casa) encerrados en las cárceles norteamericanas en condiciones inhumanas por el hecho simple de haber dedicado su vida a luchar contra el terrorismo contrarrevolucionario con base en Miami.

Nos esforzábamos por reivindicar la situación de los niños y niñas de Cuba, que tenían acceso completo a la educación y a la sanidad, junto con el resto del pueblo cubano. Niños que, como siempre han reconocido las principales instituciones internacionales, jamás engrosaron las listas de miles de menores que, en el mundo, tenían que trabajar, o que no tenían casa, o que no tenían escuela, o que no tenían alimento. Podemos seguir diciendo con orgullo que ninguno de todos esos niños era, ni es, cubano.

Insistíamos en reivindicar el carácter profundamente democrático de la Revolución, explicando las características de su proceso electoral y confrontando abiertamente con cosas como la Posición Común de la UE sobre Cuba, impulsada por España en el gobierno de Aznar, intromisión intolerable en la soberanía cubana.

Lo que hacíamos generalmente era explicar los avances de Cuba vinculándolos a su área geográfica: el Caribe, América Latina. Ya quisieran en Haití o en Guatemala los niveles de desarrollo social de Cuba, decíamos, pero siempre parecía que había una atalaya desde la que nosotros mirábamos lo que allí pasaba, como si aquí la sanidad y la educación fuesen gratuitas en todos los niveles, o el acceso a la vivienda o al trabajo fuese fácil.

Los avances de Cuba Socialista en todos los campos son hoy una experiencia de la que pueden aprender no sólo los pueblos de América Latina, sino también los pueblos del centro imperialista. Si Cuba ha sido capaz de resistir y avanzar en situaciones dificilísimas, es gracias a su carácter socialista, y eso es lo que debe pasar a centrar nuestro argumentario de defensa de la Revolución. Como sabemos bien aquí, sin cambiar el modo de producción no se garantizan las conquistas sociales, que la burguesía querrá siempre limitar si ponen en peligro sus beneficios. En Cuba siempre han sido conscientes de ello. Hasta el punto de que, en 2002, la Asamblea Nacional aprobó unánimemente darle a su Revolución un carácter socialista irrevocable. No conviene que olvidemos estas cosas.

Ástor García