
Para ubicarnos estratégicamente en esta nueva etapa del capitalismo con patente inclinación hacia el caos, es preciso tener claro que estamos ante un modo de producción que se ha hecho ya nítidamente degenerativo. Así lo evidencia la dilución del valor y la mengua del plusvalor, la galopante reversión del capital a su forma simple de dinero, un endeudamiento público y privado más allá de cualquier parámetro razonable, insostenible, una economía crecientemente ficticia, el manifiesto agotamiento de materiales y energía fósil, así como la imparable expansión de un “valor negativo”: plagas, epidemias, deterioro de recursos, saturación de sumideros, contaminación generalizada, pérdida de fertilidad, salinización, estrés climático, desaparición de nutrientes agrícolas, sobreexplotación, sobre-empobrecimiento y extenuación de las poblaciones….
Todo ello da como resultado una suerte de “tormenta perfecta” en la que la hipotética solución a uno de esos factores lleva al agravamiento inmediato de otros. La destrucción social y ambiental, el desmoronamiento de las sociedades y la descomposición económica, así lo testimonian. También el cada vez mayor protagonismo de las fuerzas destructivas sobre las productivas, con el consiguiente declive del conjunto de la civilización capitalista.
La gran paradoja de un capitalismo extenuado es que es la exacerbación financiera la que le está insuflando vida artificial mediante la desmaterialización del dinero (que ha quedado desligado de cualquier anclaje material). Pero el ciclo de dinero que se reproduce a sí mismo sólo puede estar garantizado al final por la fuerza militar. Así que la militarización generalizada es la condición de existencia de los oligopolios del capital a interés, dada su inverosímil pretensión de reproducir infinitamente el dinero por sí mismo (D-D’-D’’-…). Y ellos se apoyan en la potencia líder del Sistema de cada momento -hoy claro está, en la armada estadounidense-, para intentar preservar su situación de dominio y de beneficios irreales e insostenibles productivamente, pero llevados a cabo a costa de una creciente desposesión de las sociedades. La vinculación entre finanzas e industria de la guerra se hace, por tanto, más y más evidente (sobre todo en el caso del hegemón mundial).
A su vez, la hipercentralización del capital en unas cuantas grandes corporaciones o fondos de inversión (Blackrock, Vanguard, State Street…) sólo puede conducir al hiperimperialismo, auténtica fase terminal del capitalismo.
Si a ello le añadimos la mórbida decadencia de la potencia imperial capitalista, el recurso a la GUERRA se evidencia como “salida forzada” del Sistema.
Por una parte, el intento de crecimiento militarizado sin auténtica acumulación de capital mediante la Guerra, busca paliar la decadencia sistémica a través de, entre otros mecanismos, la acentuación del expolio de recursos del resto del planeta, la destrucción masiva de medios de producción y de capital fijo y fijado al territorio (infraestructuras), así como la exacerbación de la explotación y desposesión de la fuerza de trabajo global, la extracción de un tributo económico a través de una deuda dolarizada (que se paga imponiendo depresión y austeridad en cada país) y el reciclaje de dólares del resto del planeta a través de mecanismos bancario-financieros y monetarios posibles por la condición de moneda internacional que ostenta el dólar y su dominio sobre el sistema internacional de compensación de pagos (SWIFT). Tal proceso está vinculado también al propio “reseteo” del capitalismo para desatar formas despóticas de ingeniería social y de extracción de beneficio de todos los ámbitos de la vida de las poblaciones.
En consecuencia, Estados Unidos y su brazo armado global, la OTAN, han emprendido una Guerra Total de largo plazo, sin final previsible. Es decir, que la degeneración capitalista ha llegado a su fase bélica total, en la que la Guerra se hace sistémica, permanente (una Guerra Sistémica Permanente), con muchos frentes de lucha y campos de batalla, pero todos partes de la misma Guerra. Ucrania, Líbano, Palestina, Yemen, Irán, Sahel, Venezuela, Cuba, Cáucaso… son frentes de la Guerra Total, que puede abrir uno nuevo en cualquier lugar del mundo.
Una guerra (contra la humanidad) de espectro completo (que el término “híbrido” apenas alcanza a definir): es militar (no necesariamente convencional), paramilitar, específicamente terrorista (con interposición de yihadistas, mercenarios, paramilitares, ejércitos privados y bandas criminales de distinto pelaje), biológica y bacteriológica; es económico-financiera y judicial, pero también mediática, cognitiva, ideológica e incluso cibernética y librada igualmente en la estratosfera. Guerra Total de largo plazo que se convierte en forma preponderante de regulación social y de exterminio de una humanidad sobrante para el capital.
Por eso la lucha por la PAZ antiimperialista se está convirtiendo en la sola posibilidad de supervivencia, tanto como de poder tener un camino de dignidad que únicamente un sistema social superior al capitalismo (el socialista) puede proporcionar.
Andrés Piqueras












