La teoría del valor-trabajo está en el centro del análisis marxista del capitalismo. Se suelen realizar dos tipos de preguntas: ¿los progresos ulteriores de la ciencia económica no han vuelto caduca la teoría del valor? ¿Las nuevas características del capitalismo no la han superado?
La teoría del valor se puede resumir sucintamente alrededor de la idea central de que el trabajo humano es la única fuente de creación de valor, que es aquí el valor monetario de las mercancías producidas por el capitalismo. Nos encontramos confrontados al enigma de un régimen económico en el que las y los trabajadores producen la integridad del valor, pero no reciben más que una fracción en forma de salario, yendo el resto a la ganancia. Los capitalistas compran los medios de producción y la fuerza de trabajo y, al final del proceso, en el que se producen mercancías que se venden, se encuentran con más dinero que el invertido al principio. Salvo situación excepcional, la persona asalariada recibe una retribución de su trabajo conforme al “precio de mercado”. Antes de Marx, los grandes clásicos de la economía, como Adam Smith o Ricardo, se preguntaban qué era lo que regulaba el precio relativo de las mercancías, respondiendo que reflejaba, más o menos, el tiempo de trabajo necesario para producir la mercancía: esta es la versión elemental del valor-trabajo. Luego, descomponían el precio de la mercancía que, además del precio de la materia prima, incorpora tres categorías: la renta (el precio de la tierra), la ganancia (el precio del capital) y el salario (el precio del trabajo), obteniéndose una contradicción: por un lado el valor de una mercancía depende de la cantidad de trabajo necesaria para su producción, pero, por el otro, no incluye más que el salario. Contradicción que se complica cuando — como hace Ricardo— se hace notar que el capitalismo se caracteriza por la formación de una tasa general de ganancia, o sea, que los capitales tienden a tener la misma rentabilidad cualquiera que sea la rama en que son invertidos. La solución propuesta por Marx es distinguir entre valor de uso y valor de cambio. El salario es el precio de la fuerza de trabajo, que es socialmente reconocido en un momento dado como necesario para la reproducción de la fuerza de trabajo, o sea, el precio de la canasta de consumo medio del asalariado. Pero la fuerza de trabajo tiene la propiedad particular de producir valor (es su valor de uso). El capitalista se apropia de la totalidad de este valor producido, pero no paga más que una parte, porque el desarrollo de la sociedad hace que puedan producir las y los asalariados durante su tiempo de trabajo un valor más grande que el que van a recuperar en forma de salario: el plusvalor.
Contrariamente al feudalismo, en donde el plustrabajo era perceptible físicamente, esta distinción entre trabajo necesario y plustrabajo se vuelve opaca en el capitalismo, debido a las modalidades del reparto de la riqueza y de una división social del trabajo muy profunda.
La euforia bursátil y las ilusiones creadas por la nueva economía dan la impresión de que las finanzas se convertían en una fuente autónoma de valor, que ya Marx criticó en el libro 2 de El Capital, con sus análisis dedicados al reparto de la ganancia entre interés y ganancia de empresa. En palabras de Marx: “en su representación popular, el capital financiero, el capital que aporta el interés es considerado como capital en sí, el capital por excelencia. Para los economistas vulgares que tratan de presentar al capital como fuente independiente de valor y de creación de valor, esta forma es evidentemente algo interesante, ya que vuelve irreconocible el origen de la ganancia y otorga al resultado del proceso de producción capitalista — separado del proceso mismo— una existencia independiente”. El interés y, en general, las rentas financieras, no representan el “precio del capital”, que estaría determinado por el valor de una mercancía en particular, como puede ser el caso del salario para la fuerza de trabajo; él es una clave para distribuir la plusvalía entre el capital financiero y el capital industrial. En la visión apologética de la economía (calificada por Marx de vulgar), la sociedad es un mercado generalizado en la que cada uno viene con sus dotaciones (trabajo, tierra, capital, etc.) para ofrecer sus servicios bajo la forma de “factores de producción”. Esta teoría no dice nada de las hadas madrinas que han atribuido a cada agente de sus dotaciones originales. La explotación desaparece, ya que cada uno de los factores es remunerado según su propia contribución. En este modelo, la ganancia es la diferencia entre el precio del producto y el costo de los medios de producción — de los salarios—, pero también el costo de uso del capital, que depende al mismo tiempo del precio de las máquinas y de la tasa de interés. Al no disponer de una teoría del valor, esta teoría oscila entre dos posiciones incompatibles. La primera consiste en asimilar el interés a la ganancia — y el capital prestado al capital comprometido—, pero deja sin explicar la existencia misma de una ganancia de empresa. La segunda consiste en distinguir las dos, pero con ello queda excluida la producción de una teoría unificada del capital.
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