
En unas páginas lejanas de la historia, donde el humo de las fábricas se mezclaba con la tinta obrera y la palabra femenina aprendía a no pedir permiso, aparece la figura de Veronica Porumbacu: mujer judía, escritora, periodista y militante de una sensibilidad revolucionaria que entendía la literatura como un instrumento de combate y de memoria.
No eligió su nombre artístico por vanidad literaria ni por capricho de salón. Nacida como Veronica Schwefelberg, tomó “Porumbacu” del pueblo rumano Porumbacu de Sus, lugar del que provenía la mujer que la cuidó durante su infancia. Ese gesto —aparentemente íntimo— contiene ya una declaración política: nombrarse desde la raíz popular, desde el afecto humilde y campesino, desde aquello que el poder considera menor.
Como tantas mujeres de su generación, Porumbacu atravesó una Europa desgarrada por el fascismo y el antisemitismo. Las leyes raciales le cerraron las puertas de la universidad, pero no consiguieron clausurarle la conciencia. Muy joven se vinculó al comunismo rumano y más tarde colaboró en publicaciones culturales y periódicos cercanos al proyecto socialista de la posguerra. Su poesía de los años cincuenta acompañó el imaginario obrero de la época, exaltando a los trabajadores y la construcción colectiva de una nueva sociedad.
El viejo orden siempre ha querido una mujer silenciosa: madre resignada, trabajadora barata, cuerpo disciplinado. Frente a ello, la mujer nueva alza la voz, escribe, marcha, organiza sindicatos, discute teoría y convierte la experiencia cotidiana en conciencia política. No pide permiso para existir: exige transformar el mundo.
En ese horizonte, el marxismo no fue para Porumbacu una moda intelectual, sino una brújula moral e histórica. La convicción de que la cultura pertenece también a quienes trabajan. La certeza de que la poesía puede hablar de pan, de fábricas, de amor y de revolución sin avergonzarse de ninguno de esos nombres.
Porque mientras exista explotación, la tinta seguirá siendo un territorio de combate. Y toda mujer que escriba contra el miedo estará continuando, aunque no lo sepa, aquella larga columna roja de la historia de la cual fue partícipe Porumbacu.
Edurne Batanero












