Uno de los genocidios más atroces de nuestra historia moderna tuvo lugar en Indonesia entre 1965 y 1966. Cometido con los auspicios de Washington y Londres, y bajo las órdenes del dictador Suharto, supuso el asesinato de más de dos millones de personas entre militantes del Partido Comunista de Indonesia (PKI), simpatizantes y civiles inocentes(1). Este año, cuando revueltas juveniles persisten en el país asiático, se cumplen seis décadas de aquella matanza. Dos impresionantes documentales, The Act of Killing y La mirada del silencio, del director británico Joshua Oppenheimer, y un fundamentado libro, El método Yakarta, del periodista estadounidense Vincent Bevins, rompen silencios, claman responsabilidades y certifican tan bárbaro e impune exterminio.

Mientras en 1964 la escalada norteamericana en Vietnam se confirmaba con la decisión del Congreso estadounidense de preparar una intervención militar masiva en aquel país del Sudeste Asiático, sobre Indonesia, vasto archipiélago de más de 100 millones de habitantes por aquel entonces, se cernía una abominable barbarie. Un genocidio a perpetrar en el contexto de la Guerra Fría como consecuencia del enfrentamiento internacional entre capitalismo y comunismo. Es decir, en el caso indonesio, entre el imperialismo yanqui dispuesto a expandir su poder geoestratégico en toda la zona, y las fuerzas nacionalistas y revolucionarias indonesias, decididas ellas a defender su derecho a elegir, o a conquistar, la sociedad que más les convenía. Consideraciones que el Partido Comunista de Indonesia (PKI en indonesio), fundado en 1920, y en aquellos años el mayor del mundo capitalista con una militancia de más de tres millones de afiliados y unos veinte millones de simpatizantes, tenía muy claras. Una organización revolucionaria, además, que desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y la proclamación de la independencia del archipiélago en 1945, gozaba  de gran prestigio entre la clase obrera y campesina.

Situación paupérrima

Fue después de una larga y enconada lucha contra el colonialismo holandés, presente en las denominadas Indias Orientales Neerlandesas desde el siglo XVII al siglo XX, y enfocado en la explotación de sus recursos naturales, que el movimiento independentista-revolucionario adquirió un verdadero peso político entre la población indonesia. Y en particular el movimiento comunista asociado con la Tercera Internacional.  Una lucha revolucionaria que condujo a la independencia de Indonesia, proclamada por el carismático líder nacionalista Sukarno el 17 de agosto de 1945, quien, tras simbolizar el combate contra el colonialismo holandés y contra la breve ocupación japonesa (1942-1945), se convirtió, de 1945 a 1967, en el primer presidente de la República de Indonesia. Un periodo caracterizado por los intentos desesperados del colonialismo neerlandés de recuperar la autoridad perdida, por su derrota definitiva en diciembre de 1949 y por la creciente influencia del Partido Comunista Indonesio en la vida política del país ante la paupérrima situación lastrada por siglos de expolio colonial: extrema pobreza, economía ruinosa y bajos niveles de educación. Una situación, pues, que el nuevo Gobierno revolucionario vio agravada con la oposición islámica y las rebeliones de las islas Molucas, Sumatra y Sulawesi, impulsadas por la CIA.

Política antiimperialista

Finalmente unas elecciones generales a las que concurrieron más de 150 partidos políticos y agrupaciones tuvieron lugar en 1955. La victoria la encabezaron el Partido Nacional Indonesio de Sukarno y el Partido Comunista de Indonesia, aunque nadie obtuvo más de una cuarta parte de los votos. Forzando ello a la configuración de coaliciones gubernamentales de corta duración y a un mayor peso político de Sukarno quien, en estrecha colaboración con los comunistas indonesios, defendió una política antiimperialista, de nacionalizaciones y de alfabetizaciones con objeto de establecer una identidad y conciencia nacional. Una participación comunista que enervó sobremanera al imperio yanqui cada vez más presente en la región, a los líderes del Islam que veían alejarse la formación de un Estado islámico y a los sectores más derechistas del Ejército, circunstancias que abonaron el terreno de la conspiración materializada tras la reivindicación indonesia de recuperar territorios (Borneo Británico) aún en manos inglesas. Occidente se encolerizó y Estados Unidos retiró su apoyo a Indonesia. A partir de ese instante los dados estaban echados: el Gobierno nacional-comunista del presidente Sukarno era el enemigo a batir y el anticomunismo más primario, el arma a emplear. Una práctica ideológica en la que Estados Unidos destaca desde el mandato de Harry S. Truman (1945-1953).

El Nuevo Orden

Pertrechada con esa miserable arma, la reacción indonesia, con los apoyos de Washington y Londres, emprendió el camino a seguir: derrocar al presidente Sukarno, desatar una oleada anticomunista y recuperar el poder para el capital. Sukarno, bajo presión militar, cedió el poder ejecutivo al golpista general Suharto en marzo de 1966, reafirmándose con ello la oligarquía indonesia. Quedaba por acometer la purga anticomunista. Esta se inició pretextando que los comunistas estaban detrás de un fallido golpe Estado, realmente organizado por EE. UU. el 30 de septiembre de 1965. A finales de  ese año unidades militares y grupos de musulmanes, principalmente en el campo, empezaron a ejecutar matanzas de comunistas desarmados e indefensos. El PKI fue ilegalizado, su Secretario General, Dipa Aidit, asesinado, y el Gobierno de Suharto, en connivencia con Occidente, implantó una dictadura militar bajo el nombre de El Nuevo Orden. Su principal tarea: proseguir el arresto,  tortura y asesinato de cientos de miles de personas acusadas de comunistas, incluidos mujeres y niños. La represión fue brutal. Un sangriento hito en la memoria del anticomunismo. “Los militares se lanzaron a la caza de los comunistas, a los que mataban en plena calle o en su domicilio e incluso mientras dormían. En Surabaya, ciudad obrera de Java oriental y baluarte comunista, hubo una auténtica carnicería” (2).

Según el periodista Vincent Bevins “entre quinientas mil y un millón de personas murieron asesinadas, si bien los militares llegaron a jactarse orgullosamente que habían matado a tres millones de personas”.

Sesenta años después del genocidio, Indonesia sigue criminalizando la difusión del marxismo-leninismo, y supervivientes y antiguos presos políticos continúan  enfrentándose a una despiadada realidad, siendo señalados, atacados y amenazados de forma constante. Sin embargo, nunca sabremos los millones exactos de comunistas (reales y supuestos) que, con la colaboración de Washington y Occidente, fueron vilmente asesinados tras el golpe de Estado de Suharto.

José L. Quirante


(1)Time,”Indonesia Still Haunted 1965-66 Massacre”

(2)Doyo Uknowme, ”Indonesia, 25 anni fa il massacro”

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