¿Por qué esta fecha?
El 8 de marzo no siempre fue el Día Internacional de la Mujer, su origen esta vinculado a las luchas obreras. La idea surgió de la Internacional Socialista, donde Clara Zetkin, del Partido Socialdemócrata Alemán, y otras mujeres venían luchando desde 1889 para que se celebrara un día que conmemorara la vida y la lucha de las mujeres trabajadoras. Un día para que se reconociera el papel de las trabajadoras y la función del trabajo doméstico en la creación de riqueza social. Finalmente, en 1910, durante la II Conferencia Internacional de Mujeres en Copenhague, se aprobó la resolución presentada por Zetkin, de fijar un día de lucha específico de la mujer trabajadora. La propuesta fue respaldada unánimemente por la Conferencia, a la que asistían más de 100 mujeres procedentes de 17 países, pero el día en el calendario quedó sin concretar.
Inicialmente las fechas fueron distintas en cada país. El 19 de marzo de 1911, en Austria, Dinamarca, Alemania y Suiza las mujeres socialistas organizaron actos públicos. En 1912, las europeas lo celebraron el 12 de mayo, y en 1913, las rusas conmemoraron la fecha el 8 de marzo. Sobre la fecha definitiva elegida circulan diversas versiones, más o menos vinculadas al movimiento obrero, pero siempre ocultándose, desde la historiografía burguesa, que la elección concreta del 8 de Marzo es inseparable de la Revolución Bolchevique.
En 1917, las trabajadoras rusas organizaron una huelga masiva y manifestaciones por “pan y paz” el 23 de Febrero según el calendario ruso, 8 de Marzo del calendario occidental. Movilizaciones que desencadenaron las luchas más amplias que alumbraron la Revolución Rusa. Fue en la Segunda Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, celebrada en 1921, donde se eligió oficialmente el 8 de marzo como fecha para las celebraciones anuales del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Así fue como la fecha se convirtió en un elemento fijo del calendario internacional de luchas y desde entonces ese día es un eslabón en la larga y sólida cadena de la mujer en el movimiento obrero.
En 1975 se eliminó toda vinculación de clase a la fecha, cuando la ONU estableció el 8 de Marzo como “Día internacional de la Mujer”, sin hacer referencia a las trabajadoras.
Kollontai decía que el Día de la Mujer Trabajadora es un día de solidaridad internacional, y un día para pasar revista de la fuerza y la organización de las mujeres proletarias ¿sigue vigente? Eso parece, cada 8 de marzo, millones de mujeres salen a las calles en todo el mundo. Pero no es solo una fecha simbólica: es una jornada que conecta las luchas históricas de las trabajadoras con las contradicciones actuales del capitalismo y las condiciones materiales de vida que nos impone.
Reacción y precariedad en el capitalismo global
Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la brecha salarial de género a nivel mundial ronda el 20 %. En la Unión Europea, la diferencia media es de alrededor del 12–13 % por hora trabajada. En España, la brecha anual supera el 18 %. En América Latina, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) estima que las mujeres perciben ingresos laborales aproximadamente un 17 % inferiores a los de los hombres.
La tasa de participación laboral femenina mundial es cercana al 47 %, frente a más del 70 % en los hombres. Además, las mujeres están sobrerrepresentadas en empleos a tiempo parcial y temporales. En la Unión Europea, casi un tercio de las mujeres ocupadas trabaja a tiempo parcial, muchas veces de forma involuntaria.
En América Latina, la informalidad es el rostro más crudo de esta precariedad. En países como Perú o Colombia, más de la mitad de las mujeres ocupadas lo hace en condiciones informales, sin contrato ni protección social. En México y Brasil, la CEPAL advierte que la informalidad femenina supera a la masculina, profundizando la vulnerabilidad económica.
La precariedad no es coyuntural, en esta crisis estructural —marcada por bajo crecimiento, financiarización y aumento de desigualdades— la flexibilización laboral se convierte en estrategia permanente. Las mujeres, especialmente jóvenes y migrantes, ocupan el eslabón más débil de esa cadena.
La precariedad tiene consecuencias a largo plazo. Salarios más bajos implican menores cotizaciones y, por tanto, pensiones más reducidas. En la Unión Europea, la brecha de género en pensiones supera el 25 % en promedio. En América Latina, donde los sistemas contributivos dependen en gran medida de trayectorias laborales formales, millones de mujeres mayores carecen de ingresos suficientes.
Estas cifras nos hablan de discriminación, pero también desvelan una lógica de acumulación. Los salarios más bajos en sectores feminizados —cuidados, comercio, limpieza, maquilas, trabajo doméstico— permiten reducir costos laborales y sostener márgenes de beneficio, la precariedad femenina no es una anomalía del sistema, sino una de sus condiciones de existencia.
El capitalismo extrae plusvalía de nuestro trabajo asalariado, pero depende también del trabajo no remunerado que garantiza la reproducción cotidiana de la fuerza de trabajo. Según datos de la OIT y la CEPAL, las mujeres dedican entre dos y tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no pagado.
Cuando el Estado reduce servicios públicos o privatiza sistemas de bienestar, esa carga recae en las mujeres. Así, la crisis del capitalismo no solo se expresa en inflación o desempleo, sino en una intensificación de la explotación visible e invisible del trabajo femenino.
La precarización creciente y la pérdida de derechos han alimentado el descontento social y crecen fuerzas reaccionarias que combinan nacionalismo económico con ofensiva antifeminista y discurso xenófobo, esto no es casual. En momentos de crisis estructural, sectores del capital y fuerzas conservadoras promueven discursos que refuerzan la familia tradicional y la división sexual del trabajo, desplazando la responsabilidad del bienestar social de lo público a lo privado. El antifeminismo funciona como mecanismo de contención frente a demandas de transformación estructural.
El 8 de marzo adquiere así un significado profundamente político, el reformismo muestra sus límites, con respuestas institucionales como planes de igualdad corporativos, cuotas en consejos de administración o incentivos fiscales que no alteran la lógica profunda de la acumulación. No se trata de romper techos de cristal, sino de cuestionar un sistema que concentra riqueza y precariza a la clase trabajadora y sectores populares, no hablar únicamente a la igualdad formal, sino de las condiciones materiales de vida. Las demandas que emergen en Europa y América Latina —salarios dignos, reducción de la jornada sin pérdida salarial, sistemas públicos de cuidados, regularización del trabajo doméstico, fortalecimiento de la negociación colectiva y blindaje de derechos laborales y protección social universal— apuntan a transformar las bases económicas que sostienen la desigualdad; no son demandas sectoriales: son reivindicaciones de clase.
Mientras el trabajo femenino siga siendo más barato, inestable e invisible, la igualdad sencillamente no existirá. El 8 M recuerda que la lucha feminista es también, inseparablemente, una lucha por justicia social y económica, es lucha contra las bases materiales de la desigualdad y la explotación.
Secretaría Feminista.













