Desde la calle hasta las aulas por una educación pública y feminista.

El día de las mujeres trabajadoras también plantea retos en todas las áreas del sistema educativo. Desde los recortes y supresión de servicios a la investigación en estudios superiores afectan más a las mujeres, en todos los niveles.

Como juventud comunista nuestra posición en educación es inexcusable, y como feministas no podemos relegar los primeros niveles de escolarización a los cuidados y la precariedad, tanto por la feminización de este sector como por la necesidad de estar cubierto con plazas públicas como base de la conciliación. Para muchas familias una plaza en una guardería privada o contratar a alguien supone un gasto mayor que el salario que recibe uno de los progenitores, siendo en mayor medida las mujeres las que abandonan el mercado laboral cuando el sistema público no cubre esta etapa.

Por ello, este 8 de Marzo también recordamos que la educación tiene que ser completamente pública, alejada de empresas y la Iglesia, como vemos que se va extendiendo de las primeras etapas a centros adscritos universitarios o FP privada. Como feministas insistimos en que la educación sea laica, independiente de los poderes de las distintas religiones. Sobre nuestra educación solo debemos decidir el pueblo trabajador. El poder actual que tiene la Iglesia católica es heredero del franquismo y responde a los Concordatos con la Santa Sede. La Iglesia no está dispuesta a perder toda la estructura de poder que consiguió durante los cuarenta años de fascismo y, fruto de eso es su presencia aún en la educación, entre otros ámbitos.

En nuestros posicionamientos aceptamos que existe una doble explotación hacia la mujer trabajadora, por parte de capital y patriarcado. La presión que ejerce en nuestra sociedad la superestructura patriarcal se ha de combatir desde las escuelas, por lo que resulta fundamental que se aborde la enseñanza y la convivencia académica desde una perspectiva de género.

En la educación primaria y ESO, como educaciones obligatorias, deben ser parte del currículum los derechos de la mujer, los derechos sexuales, reproductivos, de desarrollo, de vivir en libertad, adecuados a cada nivel, dentro de los derechos humanos en los cuales se enseña, con paridad de ejemplos y alejando la educación de ellos estereotipo de género.

En las enseñanzas medias aún hay gran persistencia de la segregación por género en la educación, alejando los estudios técnicos o mecánicos de las mujeres, relegándonos a algunos sociales, de cuidado y asistencia. Para que esto deje de ocurrir, es importante la visibilización de mujeres en estas áreas, fomentando la presencia en los libros de texto y encuentros con profesionales en áreas normalmente masculinizadas.

A pesar de los avances legislativos y sociales, las universidades siguen reflejando brechas de género estructurales que afectan tanto a la elección de estudios como al desarrollo profesional y a la seguridad dentro de los campus.En primer lugar, la segregación de género por carreras continúa siendo evidente. En España, las mujeres están sobrerrepresentadas en titulaciones vinculadas a cuidados y ciencias sociales —como Educación, Enfermería o Trabajo Social—, mientras que siguen infrarrepresentadas en ingenierías, física o informática. Esta división no responde a capacidades innatas, sino a procesos de socialización diferenciados, estereotipos de género y expectativas culturales que influyen en las decisiones académicas desde edades tempranas. La universidad, como espacio de formación y pensamiento crítico, debe cuestionar activamente estas dinámicas y promover referentes femeninos en áreas STEM, así como fomentar vocaciones diversas sin sesgos.

En segundo lugar, existen diferencias en las posibilidades de investigación y promoción académica. Aunque las mujeres acceden en porcentajes similares o incluso superiores a los estudios de grado y máster, su presencia disminuye progresivamente en el doctorado, la dirección de proyectos y las cátedras. Este fenómeno, conocido como “techo de cristal”, se relaciona con dificultades de conciliación, redes informales masculinizadas y sesgos en los procesos de evaluación. Incorporar la perspectiva de género en la política científica universitaria es fundamental para garantizar igualdad real de oportunidades.

Finalmente, la necesidad de planes eficaces contra el acoso sexual y por razón de sexo es ineludible. Las universidades deben contar con protocolos claros, formación obligatoria y mecanismos confidenciales de denuncia que protejan a las víctimas y prevengan conductas abusivas. Un enfoque feminista permite reconocer estas violencias como problemas estructurales y no como casos aislados.

Frente a la batalla cultural, a la reacción patriarcal, la educación es nuestra respuesta, una educación pública, feminista y laica como base para las generaciones que vendrán.

Edurne Batanero

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