Son muchas las maneras de apelar a la historia. La mayoría de las veces se hace desde la frivolidad retórica, que vacía de contenido la propia historia y la convierte en un trivial sortilegio. Pero en ocasiones se hace de modo riguroso, atendiendo al sentido de los sucesos como medida de la praxis. Y es que, si hay algo que da cuenta del quehacer humano, es la historia; como dijo aquel, el ser humano no tiene naturaleza, tiene historia. Ahora bien, en ocasiones aún más especiales, aparece la disrupción y el orden de la historia cambia, aparecen de repente esas figuras que marcan el momento y abren nuevos caminos en el tiempo. La historia me absolverá es el alegato con el que Fidel desafió al tribunal que le juzgaba por el asalto al cuartel Moncada en ese, ya inmortal, 26 de julio, fecha crucial, no solo para Cuba, también para todos los pueblos que luchan por su emancipación. Apareció así una figura inigualable y trascendental, Fidel.

Fidel sería el primero en aclarar que la figura crucial no es él, que nunca nadie es uno solo, sino que siempre se es entre muchos. La figura crucial es el pueblo con su revolución, pero revoluciones ha habido unas cuantas, y muchas veces truncadas porque la virtud siempre es más difícil, mientras que los males fácilmente se multiplican. Sin embargo, así como revoluciones ha habido algunas, Fidel solo ha habido uno. Y su genio gigante de animal de galaxias, como cantara el poeta, ha logrado algo tan difícil como que una revolución se desarrolle en condiciones extremadamente difíciles. Y ha demostrado que la fuerza moral de una idea justa es invencible. Y su voz, que todavía ilumina y da razón de las grandes contradicciones del mundo, ha servido durante décadas de escudo contra acción criminal del bloqueo, porque es verdad que las palabras no alimentan, pero inspiran frente a la desesperación e insuflan el coraje necesario para no rendirse.

Fidel encarnó el momento histórico y demostró que el progreso y la justicia social no son cosas de europeos blancos, ajenas a los ardientes trópicos, a los mulatos, a los negros, a los hombres y mujeres del campo, a los hijos e hijas de los esclavos, siempre representados por el imaginario colonial como indolentes salvajes faltos del dominio blanco. El socialismo no es demasiado avanzado para los pueblos del subdesarrollo; al contrario, el socialismo es la herramienta de los pueblos por su soberanía e independencia. Y es en socialismo como se puede alcanzar la excelencia científica, intelectual, deportiva y humanitaria, porque la revolución cubana ha sido la más humana, y su mano solidaria ha llevado a cientos los médicos y maestros internacionalistas a todos los pueblos. Y sí, también la sangre del pueblo cubano ha sido derramaba en contra del colonialismo y, sin su determinación, la derrota del apartheid no hubiera sido posible.

A 150 km del imperio, cuya violencia y saqueo ejerce con absoluto descaro, patrocinando golpes de estado y repúblicas bananeras, Fidel levantó un pueblo de convicciones firmes, capaz de la resistencia heroica y constante, un bastión de dignidad que ha sido aliento de esperanza para todo el mundo. En aquellos años 90, en los que todo el mundo repetía que ya las ideologías estaban muertas y que el socialismo estaba desfasado y el viejo liberalismo burgués reaccionario se hacía pasar como lo nuevo. Ahí estaba su verbo combativo, señalando lo obvio que nadie quería ver, ¿qué democracia es esa que exige ser millonario?, preguntaba Fidel. ¿Qué ha resuelto el capitalismo? que ha creado estilos de vida que son incompatibles con la realidad (…) acaso el capitalismo ha dado al mundo un modelo de sociedad, acaso no se debería pensar en las cosas más racionales como la educación, la alimentación, la salud, la vivienda, o una cultura elevada (...) se puede hablar de crisis del socialismo, pero hay una crisis mayor, la del capitalismo. Así sentenciaba Fidel en los años 90 lo que hoy, en la más pura barbarie, es un hecho certero. 

En estos tiempos de muerte en directo, en los que el patriotismo es apoyar que bombardeen a tus compatriotas, el legado de Fidel es un patriotismo en el que la patria es la humanidad que no se deja pisar. Es un legado moral, una batalla de ideas, de poner la fuerza, no en las armas con las que exterminar la vida, sino en las ideas, en el peso de las convicciones, porque el enemigo nunca es otro pueblo, el enemigo siempre es la miseria que nos embrutece. Es el legado del eterno Baraguá, de aquella máxima del libertador Antonio Maceo que hoy es la promesa perenne de resistir y vencer, no solo frente al imperialismo yanki, también a la lógica atroz del capitalismo que nos arrastra a la extinción.

Eduardo Uvedoble

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