Comentaba un compañero en plena batalla antiimperialista: «el tiempo corre a nuestro favor. Hay que ganar tiempo para organizar la resistencia». La ruina del imperio no es un acontecimiento repentino, sino un proceso prolongado.
En estas páginas hemos caracterizado en numerosas ocasiones la situación actual, afirmando —desde un análisis científico— que el capitalismo se encuentra inmerso en una crisis estructural y general de la que ya no tiene salida pacífica. Esta crisis obliga al capital a aplicar medidas que no solo se expresan en la violencia militar contra países soberanos. El capital necesita hoy la máxima apropiación en todas las esferas económicas, abandonando los modelos con los que antes equilibraba la correlación en la lucha de clases.
Durante décadas, mediante el expolio y la apropiación de billones de dólares en las cadenas de valor planetarias —principalmente en el Sur Global—, el capital pudo mantener en las metrópolis centrales a millones de trabajadores relativamente conformes con su situación social. A esto lo llamaron “sociedades del bienestar”. Pero las correlaciones de fuerza han cambiado: hoy es oficial que el Norte ha dejado de ser el rector económico del mundo. Ha perdido la capacidad de apropiación que le permitía sostener sus poblaciones en los niveles sociales anteriores.
Esta nueva realidad obliga al capital a modificar su estrategia. Ya no puede —ni quiere— seguir entregando migajas tan grandes a sus masas trabajadoras nacionales. No está dispuesto a renunciar a la apropiación de la práctica totalidad de las rentas del trabajo. Si en el Estado español el capital se apropió del 47 % de las rentas del trabajo en 2024, ahora aspira a un mínimo del 70 %. Según la lógica capitalista, el Estado solo necesita recursos para garantizar su dictadura de clase: a través de policía y ejército, aparato judicial, e instituciones políticas al servicio de sus intereses. Por ello, sanidad, educación, transporte, correos, pensiones y otros derechos —como el subsidio de desempleo— deben ser privatizados o reducidos a la beneficencia.
Pero debemos preguntarnos: ¿es esta ofensiva del capital únicamente consecuencia de su crisis general? La historia responde. Hasta los años 40 del siglo XX, el capitalismo sobreexplotaba a millones de obreras y obreros, también en las metrópolis colonizadoras e imperialistas. Fue tras la derrota infligida por la URSS al capitalismo y a su bestia nazi cuando este no tuvo más remedio que introducir cambios en sus legislaciones laborales y sociales, especialmente en Europa y algunas zonas de Asia, para frenar el empuje revolucionario del socialismo. Las correlaciones de fuerza en la lucha de clases estaban entonces muy igualadas, incluso favorables a la clase obrera.
Ello permitió arrebatar a la burguesía importantes cuotas de capital, expresadas en derechos laborales y sociales. A esto se sumaba el elemento político-organizativo del que disponía la clase obrera: partidos comunistas y sindicatos de concepción marxista que dirigían al proletariado en sus aspiraciones revolucionarias, que ponían en peligro la continuidad de la dictadura del capital. Así fue hasta los años 60, cuando las posiciones revisionistas, oportunistas y antimarxistas comenzaron a ganar terreno entre las masas. En el Estado español, el eurocomunismo del PCE arrastró al movimiento obrero y popular a la ciénaga burguesa, condenando al proletariado a una derrota de la que aún hoy no ha podido recuperarse.
En la actualidad, en el Estado español trece millones de trabajadores se encuentran en el umbral de la miseria; más de seis millones son reconocidos como desahuciados sociales, entre ellos de tres a cuatro millones de niñas y niños. Otra parte de las masas sobrevive con salarios que no garantizan dejar de ser pobres pese a trabajar. La clase obrera es castigada con legislaciones draconianas que la condenan a la sobreexplotación y miseria. Millones de jubiladas, jubilados y pensionistas malviven con pensiones que no superan los 700 euros mensuales. Año tras año, la cesta básica —alimentos, energía, vivienda— sube por encima del 10 %, mientras salarios y pensiones apenas alcanzan el 2 o 3 %. Millones de trabajadoras y trabajadores sufren enfermedades físicas y psíquicas derivadas de esta situación de miseria y explotación.
La pregunta es inevitable: ¿será dentro del mismo sistema que nos ha llevado a esta situación donde encontraremos la solución? Hasta el más despistado conoce la respuesta: NO. El capitalismo jamás renunciará a su empeño de apropiarse hasta de la última gota de riqueza y de vida de las masas obreras y trabajadoras.
Surge entonces otra cuestión: ¿qué hacen los llamados sindicatos mayoritarios y “de clase” para enfrentar las intenciones criminales del capital? Hoy, dirigidos por posiciones revisionistas y oportunistas, están incapacitados para enfrentarse a la burguesía. La mayoría han optado por la práctica del pacto y del “mal menor”.
Como ya expresaron Marx y Engels en el Manifiesto: «La historia de toda sociedad hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases». Esta afirmación científica es adulterada por el revisionismo oportunista del PCE-IU, Sumar, Podemos y partidos del ámbito nacional, lacayos del capital que pretenden hacer creer a las masas que derrotarán a la burguesía desde instituciones que son propiedad de esta: parlamentos y demás aparatos estatales. Lacayos que hoy dominan el sindicalismo, desde donde educan a las masas en la fraternidad de clases y en el pacto social que garantiza los privilegios de la burguesía.
Para liberar a las masas obreras del yugo del capital, es imprescindible derrotar a estos lacayos revisionistas y oportunistas. La clase obrera, como sujeto revolucionario, debe organizarse en el Partido Comunista —el PCPE— y en sindicatos clasistas con estrategia revolucionaria. Sus objetivos centrales deben ser la ruptura revolucionaria con el Estado burgués y con las relaciones capitalistas de producción, y la construcción de una sociedad socialista-comunista en la que queden abolidas las clases y desaparezca toda explotación del ser humano por el ser humano. Ya no hay tiempo para mejoras puntuales u ocasionales. El capitalismo es un estadio histórico en descomposición al que no podemos hacer retroceder en el tiempo.
Pueblo y masas trabajadoras necesitan a un proletariado en los más altos niveles de organización, libre de cultura burguesa y construyendo estructuras obreras y sindicales orientadas por la cultura e ideología del socialismo científico.
Juan J. Sánchez











