En los vastos campos agrícolas del Estado, donde se producen los alimentos que garantizan la vida, existe una realidad oculta: la de las/os jornaleros. Estas/os trabajadores desempeñan jornadas de entre 10 y 14 horas diarias, a menudo bajo condiciones climáticas extremas: en verano soportan temperaturas sofocantes y en invierno frío y humedad, con salarios que en la mayoría de los casos no alcanzan ni siquiera el SMI.

Un gran número de ellos malvive hacinado en casas patera; otros sobreviven en guetos y asentamientos chabolistas. Las condiciones de habitabilidad suelen estar muy alejadas de lo que podríamos considerar humanamente aceptable. Este sector de la clase trabajadora habita lugares insalubres, sin agua potable, sin aseos donde higienizarse, sin electricidad para alumbrarse o tener alguna comodidad. Todos sabemos que la falta de acceso a agua potable, saneamiento y electricidad constituye un riesgo principal para la salud. Debemos tener en cuenta que en estas condiciones viven un gran número de niñas y niños, quienes además sufren una alimentación deficitaria.

Históricamente, los barrios obreros padecieron deficiencias y limitaciones de todo tipo. No está tan lejano en la memoria el recuerdo de las penurias que los trabajadores emigrados de Andalucía, Extremadura y Galicia sufrían en los barrios chabolistas de Madrid y Barcelona, algunos de los cuales formaron parte del paisaje urbano hasta los años 80 y 90 del siglo XX. En la mayoría de los casos dieron paso a barrios denominados marginales u “obreros”. Creíamos que el chabolismo y las condiciones extremas no se repetirían, que el progreso social superaría para siempre unas situaciones reconocidas como infrahumanas.

Sin embargo, lejos de quedar superada, esta lacra sistémica del capitalismo nunca dejó de estar presente y en las últimas décadas se ha agudizado. El capital, en su voracidad extractora de beneficios (plusvalía), necesita disponer de masas trabajadoras lo más vulnerables posible. No es un error ni una cuestión de romanticismo histórico señalar a los jornaleros como primeros sujetos de esta situación: hoy más del 80% de este colectivo sufre las condiciones sociales y laborales más duras e inhumanas. El sector primario de la economía capitalista, gestionado por una patronal violenta y ávida de riquezas que pretende equipararse a la patronal industrial-financiera, pone en práctica todas las formas posibles de sobreexplotación.

Una patronal amparada y protegida por el paraguas legislativo burgués no duda en someter a cientos de miles de jornaleras/os a situaciones de semi-esclavitud. En los campos agrícolas se trabaja bajo condiciones de violencia capitalista extrema, donde la vida de un trabajador no vale más que la de una máquina o un tractor. De vez en cuando, para apaciguar conciencias, se publican noticias sobre jornaleros secuestrados y sometidos a todo tipo de vejaciones, pero lo publicado no es más que la punta del iceberg.

Cabe señalar que casi el 100% de la población jornalera a la que nos referimos son inmigrantes. Huyendo de lugares donde el expolio capitalista les impedía sobrevivir, arriesgaron sus vidas para llegar al Estado español, donde vuelven a ser marginados, sobreexplotados y asesinados. Población trabajadora que es acusada, criminalizada de todos los males y vicios del malvado sistema capitalista.

Esta situación, como todas las que afectan a las masas trabajadoras, solo será superada mediante la organización y acción de las masas. Desde la comprensión de que en el capitalismo jamás será posible liberarse de la sobreexplotación y las miserias inherentes a este sistema, las masas se deben organizar en torno al proyecto revolucionario marxista-leninista del PCPE. Las masas trabajadoras deben ser liberadas de la ideología y moral burguesa y ganar para sí la independencia ideológica y política.

Carlos Bashir

 

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