
En España, la corrupción no es un accidente ocasional: es un género literario propio, una tradición narrativa tan nuestra como la copla, el chascarrillo popular o el esperpento. Lo que aquí sucede no son casos aislados, sino parte del folclore autóctono: el flamenco, la romería, el toro embolado, sanfermines, la cabra despeñándose del campanario, comisiones bajo cuerda, sobres con billetes, facturas invisibles y ese interminable desfile de cargos públicos que dimiten… o no dimiten, pero enfilan rumbo al juzgado como quien acude a una cita de Tinder.
Quien creyera que, con los años, el panorama político se calmaría, solo necesita asomarse a la hemeroteca para comprobar que la picaresca patria goza de una salud férrea, resistente a los barrotes más duros, persistente como si no hubiera un mañana.
Empecemos por el PSOE, porque la igualdad es un valor sagrado. Los socialistas cargan con uno de los capítulos más ruidosos de nuestra “democrática” historia reciente: los ERE de Andalucía. Aquello culminó en una sentencia que habló sin rodeos de un uso indebido del dinero público y que zarandeó a altos cargos del Gobierno andaluz, dejándole al partido una cruz que pesa cada vez que pronuncian la palabra “ética”.
A esa montaña se suman colinas menos majestuosas, pero igual de difíciles de escalar: investigaciones por contratos dudosos, mordidas, irregularidades varias, tramas municipales y un rosario de nombres ilustres que aseguraban estar “limpios de polvo y paja” antes de cruzar la puerta que conduce a Soto del Real por malversación, cohecho, prevaricación o a saber por qué otros delitos.
Todo envuelto en comunicados solemnes, afirmaciones de “no nos consta” y peticiones de que caiga sobre los sinvergüenzas todo el peso de la justicia. Pero la corrupción, como la humedad en las paredes, termina reapareciendo por mucho que se intente cubrir con pintura nueva.
No esperábamos que los del puño y la rosa fuesen un coro angelical, pero tampoco imaginábamos que la repetición sería tan constante. Lo que siempre tuvimos claro es que lo del Partido Popular no eran simples casos: lo suyo son macrocasos, universos enteros de casos de adjudicaciones, financiaciones opacas y corruptelas que se extienden por comunidades, provincias, ayuntamientos y despachos a la velocidad de una filtración mal sellada.
Gürtel alcanzó tal magnitud que parecía que el poder se medía en trajes regalados y favores de catálogo. Después llegó la Púnica, con su inventario interminable de contratos a dedo, comisiones en cadena y favores institucionales, sobre todo en Madrid. Y más tarde la operación Kitchen, una auténtica matrioska de corrupción diseñada para proteger al partido del propio partido. ¡Una trama dentro de otra, una serpiente que se muerde la cola, la hostia!
Mientras tanto, PSOE y PP juegan al pimpampum moral como si la memoria colectiva no existiera: Bárcenas, Ratos, Koldos, Barberás, Ábalos, Chaves, Camps, Zaplanas, Pujoles, Barrionuevos, Fabras, Granados, Leires y Cifuentes, así hasta cuatro mil casos de corrupción entre el 2000 y el 2020, sin nada que echarse en cara.
La gente, es decir, los “malpagaos” observamos este vaivén con humor negro. Sabemos por intuición y convicción que siempre hay un despacho donde alguien “enchufa” a alguien y un empresario ofreciendo un sobre a cambio de una carretera levantada con dos sacos de cemento, un carretillo y poquita imaginación. Tenemos bien clarito que esto no tiene arreglo: la corrupción es un engranaje inseparable del sistema. Sin corrupción no hay sistema y sin sistema no hay corrupción.
Los tiempos vienen tan revueltos que a cada nuevo afiliado acabarán entregándole con el carné del partido un bono para las cafeterías aledañas a los juzgados.
Y esta es la España que nos dejó la “pacífica” Transición, con un tufo a rancio difícil de disimular. Nunca nos preocuparon los corruptos, con ellos ya contábamos. Lo desazonador es que hayamos aprendido a caminar entre ellos. Y, aun así, con sobres, promesas de regeneración y actos de contrición, el país avanza: en espiral, pero avanza.
Telva Mieres











