El Fondo Monetario Internacional, institución clave hasta la pasada década, con sus planes de ajuste y sus hombres de negro, ya no es el principal actor de la gobernanza financiera mundial. El Banco Mundial, decisivo en la construcción material de la globalización, ha pasado a un segundo plano en la financiación de infraestructuras para la salida capitalista de la crisis.
Como afirma Michael Lowy “la tensión entre el desarrollo de la sociedad industrial de mercado y los límites biológicos de la naturaleza ha llegado al punto en que las fuerzas productivas han devenido en fuerzas destructivas, tal y como había previsto Marx en la 'Ideología alemana'. El dilema de 'socialismo o barbarie' que desde los inicios del siglo XX planteó Rosa Luxemburgo adquiere plena vigencia”.
Mientras el fascismo clásico proponía un proyecto de futuro, la ultraderecha actual, ante los crecientes temores a un futuro incierto marcado por el cambio climático y un mundo en crisis, plantea un imposible regreso a un pasado de abundancia para la mal llamada “civilización occidental”. Ya Immanuel Wallerstein planteó que las crisis cíclicas del capitalismo serían cada vez más frecuentes al chocar con los límites del planeta. La protección de las relativas islas del bienestar que aún subsisten es el eje de las estrategias imperialistas, reforzando las medidas securitarias y de control que alimentan un autoritarismo en auge.
La brecha entre los cada vez más minoritarios grupos integrados y los cada vez más numerosos excluidos es una característica de nuestro tiempo, con su resultado de concentración y oligarquización del poder, tanto político como económico y simbólico, llegando a estigmatizar y criminalizar incluso a los que, como las personas pobres y los migrantes, se quedan por el camino en esta competición salvaje. La desregulación de derechos sociales va siempre de la mano de una fuerte re-regulación en favor de los intereses de los grandes propietarios. Ha sido una constante de los últimos 50 años la creación de nuevas normas y legislaciones ad hoc para consolidar y ampliar los negocios corporativos. Esta coraza jurídico-económica de la arquitectura neoliberal no es otra cosa que el resultado de la voluntad política y las relaciones de fuerza. Estamos en la época de la 'austeridad armada'. En 2025 se ha pisado el acelerador para el desarrollo del capitalismo verde militar. ReArm Europe, libro blanco de defensa, mecanismos conjuntos de financiación, incremento del gasto militar hasta el 5 % del PIB en los presupuestos nacionales, etc. Se recuperan los techos de gasto para las partidas sociales pero no para el pago del servicio de la deuda y las inversiones en armamento.
El empeño incesante del neoliberalismo por ampliar el papel mercantilizador del Estado y el asalto institucional de los actores de la economía privada, poniendo los poderes públicos a su servicio, ha supuesto un acelerado proceso de oligarquización de la democracia, desmantelando el Estado de derecho y un ataque a las libertades de las minorías. Asistimos a la constitución de un “necrocapitalismo”: la defensa a través de la violencia, el saqueo y el expolio, de los intereses de la clase político-empresarial a nivel transnacional, donde los superoligarcas son los dueños de las redes que controlan la producción de hegemonía mediante la distracción y la alienación narcisista. William Robinson señala que “los principales sectores de las clases capitalistas nacionales se han integrado entre sí en un proceso de formación de clase transnacional. Esta es la fracción hegemónica del capital a escala mundial y está compuesta por los propietarios y directivos de las gigantescas corporaciones transnacionales”. En el necrocapitalismo las vidas de los que no resultan funcionales a los mecanismos habituales de generación de riqueza son desechables.








