
No es el título de una enigmática película. Es algo más sugestivo y alentador. Es el encomiable trabajo de unas personas dispuestas a hacer un gran esfuerzo cultural para romper esquemas y ser críticos con el pensamiento único. Me explico: el pasado mes de noviembre, durante un interesante viaje por la provincia de Granada, visité la ciudad de Baza, de unos 20.000 habitantes, y mientras vagaba por sus calles un tanto vacías y de edificios algo descuidados, vi pegados en las paredes y en algunos escaparates de los establecimientos comerciales carteles anunciando una asociación que proyectaba películas cada primer domingo de mes a partir de las diez y media de la mañana. La iniciativa cultural despertó mi interés, y quise saber algo más. La asociación se llama “Cine y Chocolate” y, además de proyectar películas de gran calidad cinematográfica, ofrece también unos excelentes desayunos a base de chocolate y churros los días de proyección. Aquel día de mi visita, ocasionalmente víspera del primer domingo del citado mes de noviembre, la cinéfila asociación ponía “El acorazado Potemkin”, la obra maestra del genial cineasta soviético Sergei M. Eisenstein. Decidí, por tanto, acudir al prometedor encuentro.
Ambiente fraternal
Por la mañana del domingo me levanté pronto y, como mi hotel no distaba mucho del Salón Ideal, cine donde tendría lugar la sesión, resolví pasear por sus alrededores, pudiendo apreciar el vistoso edificio que alberga al popular cine bastetano. A las once menos cuarto entré en el espacioso vestíbulo de aquel acogedor lugar. Ya había gente desayunando, cosa que hice yo también. El ambiente era distendido y fraternal. Daba la impresión de que los asistentes se hallaban en su propia casa, lo que facilitó que charlara con algunos de ellos. Tras el desayuno, subimos a una confortable sala donde iban a exhibir la mítica película. Antes, el camarada José Luís Quirante, a mi gran sorpresa presidente de la asociación, hizo una presentación diáfana del imperecedero filme de Eisenstein. Durante la proyección, las impresionantes secuencias de la sublevación de los marinos del Potemkin liderada por el insurgente Grigori Vakulenchuck, de la masacre en las escaleras de Odesa y de la confraternización entre los marinos del célebre acorazado y los de la armada zarista, ensalzadas por la música estremecedora del compositor Edmund Meisel, dejaron sin aliento a más de uno. Después, un debate vivo, bastante participativo y con diversidad de opiniones, enriqueció lo que las imágenes habían mostrado. Muchos afirmaron haber asistido a un momento cinematográfico excepcional. De lo mejor que habían visto en los 19 años de existencia de la asociación. Por mi parte constaté la valía de la singular aventura cultural, sobre todo en los tiempos retrógrados que corren, y me prometí dejar constancia de ello.
Rosebud












