La evolución del poder corporativo es la historia de una alianza permanente entre el capital y las altas instancias del Estado. La novedad del actual momento histórico está en el grado que ha alcanzado este fenómeno, cuando el Estado se ha convertido en el único motor real para el sostenimiento de las ganancias empresariales. La democracia liberal y el Estado de derecho se reajustan en función de los intereses del poder corporativo: estamos asistiendo a una restauración del capitalismo salvaje, donde las leyes del mercado están por encima de los derechos sociales, con la paulatina supresión de lo que Marx llamó “las victorias de la economía política del trabajo” para restaurar la economía política del capital en su absoluta crudeza, combinado con la exaltación de un Estado fuerte, su hostilidad hacia las formas de mediación social (sindicatos, organizaciones sociales, etc.) y articulando un discurso basado en la idea del orden. Ante el mediocre crecimiento de la tasa de ganancia y el aún menor de la acumulación del capital, un sector de la clase capitalista se ha lanzado al control directo de los aparatos del Estado para verter los recursos públicos al servicio de su enriquecimiento, proceso que Dylan Riley y Robert Brenner llaman 'capitalismo político'.

Hay que ver a Trump como la expresión del autoritarismo reaccionario que desborda las fronteras norteamericanas; no como un accidente de la política norteamericana, sino como un proceso político producto del intento de estabilización de la crisis estructural del capitalismo. El lema de Trump "Make America great again" (MAGA: hacer otra vez grande a América) es revelador del momento histórico: el declive del imperio. El hasta ahora indiscutido imperio estadounidense, ante su paulatina pérdida de hegemonía comercial, intenta impulsar una recomposición en clave nacional en su batalla contra China. En los últimos años se ha reforzado un Estado-empresa, un Estado corporativo especializado en ejecutar un rescate permanente de los intereses empresariales.

La crisis de 2008 dejó al desnudo los mitos asociados a las bondades de la autorregulación financiera. El neoliberalismo siempre se construyó en torno a la fuerte actividad de los Estados en favor de sus oligarquías nacionales y la expansión del capital transnacional. El 'neoliberalismo progresista' y la 'globalización de colores' han sido sepultados ante la agudización de la crisis estructural del capitalismo, que ha profundizado las dinámicas de coerción por encima de la seducción. La crisis ecológica está enfatizando la competencia por recursos cada vez más escasos e imprescindibles, tanto para el desarrollo económico capitalista como para la supuesta transición energética.

El capitalismo verde militar -que promete autonomía estratégica y recuperación de la soberanía- pasa por la reindustrialización a través de la fabricación de armamento y el impulso de las tecnologías de la seguridad. La economía mundial está escindiéndose poco a poco, en una regionalización conflictiva y en disputa entre dos principales áreas de influencia; una zona dominada por Estados Unidos y otra bajo la órbita de China, donde conviven potencias regionales subalternas de uno y otro bloque, como la Unión Europea y Rusia. La agresividad neocolonial trumpista hacia Groenlandia, el Canal de Panamá o las tierras raras de Ucrania supone una actualización de la doctrina Monroe (una Monroe 2.0) a escala planetaria: ya no sirve el vasallaje geopolítico de los territorios, sino que se tiende a un modelo de control efectivo de enclaves y territorios estratégicos, sea por su localización como nudos comerciales o por sus recursos.

Lo más paradigmático de esta desglobalizacón sea que el mismo imperio norteamericano que construyó la actual arquitectura multilateral de gobernanza global, sea el que la esté desmontando. Este desmontaje ha convertido a la ONU en lo que el sociólogo Ulrich Beck considera una institución zombi (ya no representan los intereses para los que nacieron y son entidades muertas que aún parecen vivas): un espacio desde el que se lanzan advertencias que ya nadie escucha, como demuestra su inoperancia ante el genocidio de Gaza.

Redacción UyL

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