Durante los años de mayor afluencia migratoria en Francia (cincuenta, sesenta y primer lustro de los setenta del siglo pasado) se decía descaradamente que los extranjeros viajaban al país vecino para “comerse el pan de los franceses”. Con el tiempo, aquella percepción racista necesariamente cambió: sin ellos, en muchos pueblos y ciudades no se amasaba el pan, no se montaban coches en las plantas de ensamblaje o no se levantaban edificios. Hoy, en un contexto muy alejado de aquella Europa abundante de la reconstrucción tras la Segunda Guerra Mundial, y envueltos en una crisis capitalista monumental, el “problema” de la emigración - como vemos cada día - alcanza en muchos casos cotas de humillación, maltrato y explotación nunca vistas. Todo, además, bajo la mirada indiferente de la mayoría de las poblaciones autóctonas del viejo continente. Problemática abrumadora que ha sabido captar para la gran pantalla la película “La historia de Souleymane”, del director y guionista francés Boris Lojkine (París, 1969). Una cinta presentada en la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cine de Cannes de 2024, donde ganó el Premio del Jurado.

Otra forma de mirar a los migrantes

Con pudor y respeto, la vigorosa cámara del cineasta galo acompaña durante tres días frenéticos a Souleymane (impresionante Abou Sangaré), un inmigrante guineano generoso, honesto y con un emocional bagaje personal, que intenta ganar su vida repartiendo comida en bicicleta por las calles del París de los excluidos. Tiempo suficiente como para que el espectador descubra las condiciones infrahumanas en las que muchos inmigrantes africanos, a la espera de regularizar su situación, son explotados en la mítica “Ciudad de la Luz” por una mafia sin escrúpulos. Es el caso real de nuestro protagonista, que dejó su país natal (Guinea-Conakri) y su familia para labrarse una vida mejor, y que ahora, en cada pedaleada que da en su desvencijada bici, va forjando la existencia de un exiliado político lo suficientemente creíble como para convencer a la administración encargada de dar los permisos de asilos, se lo conceda y pueda residir legalmente en Francia.

Boris Lojkine, caracterizado por su estilo sobrio y directo, y cuya obra cinematográfica está marcada por su compromiso social, logra con este trepidante thriller urbano, soberbiamente narrado, interpretado y con unos diálogos precisos, diferenciarse de otras películas en las que el mismo tema es abordado de manera maniquea. “Quise que mi película propusiera la experiencia al espectador de pasar unos días con Souleymane para intentar cambiar la forma en que miramos a los migrantes”, precisa el director de “Hope” (2014), su primer largometraje, en el que relata el desesperado viaje de una pareja de migrantes centroafricanos que sueña llegar a Europa, y que, diez años después, encuentra su hiperrealista y desmitificadora prolongación.

Rosebud

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