Ángela Figuera Aymerich perteneció a la corriente poética de posguerra que mostró su oposición al régimen franquista. Mantuvo una estrecha relación con los que fueron dos de sus compañeros de generación: Blas de Otero y Gabriel Celaya, aunque ellos sí que tuvieron la atención de la historia y de la crítica.

Nació en Bilbao en 1902, pero desarrolló la mayor parte de su vida en Madrid. A pesar de que empezó a escribir desde muy joven, no consiguió publicar hasta el año 1948, a la edad de 46 años. Su primer poemario fue Mujer de barro (1948), seguido de Soria pura (1949) y Vencida por el ángel (1950). Con este último, Ángela se adentró cada vez más en una poesía comprometida con la realidad que la rodeaba. Le siguieron El grito inútil (1952), ganador del Premio Ifach; Los días duros (1953); Víspera de la vida (1953); Belleza cruel (1958), con el que ganó el Premio Nueva España, convocado desde México por autores exiliados para que los que se habían quedado pudiesen publicar su obra sin censura en el país americano; Toco la tierra. Letanías (1962); y su poesía infantil, dedicada a sus nietos, Ana y Gabriel: Cuentos tontos para niños listos (1979) y Canciones para todo el año (1984). Durante esos años tuvo una importante actividad poética, participaba en los círculos literarios del momento, incluida la tertulia "Versos con faldas", fundada por Gloria Fuertes, entre otras, y mantuvo una gran amistad con Carmen Conde. Falleció en Madrid en abril del año 1984.

Ángela Figuera no solo desarrolló un discurso antifascista y antibelicista en su poesía, sino que situó en ella la doble opresión de las mujeres trabajadoras bajo la dictadura fascista. Su poesía habla sin ningún reparo de la carga de los cuidados o de violencia sexual dentro del matrimonio, al mismo tiempo que insiste en la posibilidad de un mundo justo y bello para todos y todas. En la obra de Figuera, justicia y belleza son dos conceptos que van de la mano: es necesario defender el derecho a acceder a la belleza de este mundo, y la belleza será lujo frívolo de unos pocos mientras existan personas oprimidas y carentes de derechos.

Es la poesía de Ángela Figuera Aymerich un reflejo honesto de la visión crítica y reflexiva de la autora, de su manera de estar en el mundo. Obtuvo la cátedra de instituto como docente de Literatura en el año 1935, pero el franquismo la inhabilitó, como a tantos profesores de la República. Tanto su marido, que había luchado en el bando republicano, como ella vivían bajo la lupa del fascismo, pero esto no impidió que colaboraran en la clandestinidad con el PCE. Cuando llegó la denominada “transición” también mostró su escepticismo frente al proceso.

Es tarea de este siglo recuperar a todas las mujeres que han sido silenciadas e ignoradas, y las y los comunistas debemos asumir esa tarea en la elaboración de nuestra historia.

María Murcia

 

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