
Cuánta razón tenía Fidel aquel 12 de junio de 1992 en Río de Janeiro, cuando en una Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y Desarrollo denunció a las sociedades de consumo como “las responsables fundamentales de la atroz destrucción del medio ambiente”; añadiendo a continuación que “ellas han envenenado los mares y ríos, han contaminado el aire, han debilitado y perforado la capa de ozono, han saturado la atmósfera de gases que alteran las condiciones climáticas con efectos catastróficos que ya empezamos a padecer. Los bosques desaparecen, los desiertos se extienden y miles de millones de toneladas de tierra fértil van a parar cada año al mar”. ¿Quién en sus cabales puede cuestionar hoy esta funesta realidad, revelada entonces por el legendario revolucionario cubano? ¡Quién!
Efectivamente, han pasado más de tres décadas desde aquel brillante y rotundo alegato contra la destrucción progresiva del planeta, y las últimas palabras del discurso de Fidel Castro exigiendo que “cesen los egoísmos, los hegemonismos, la insensibilidad, la irresponsabilidad y el engaño porque mañana será demasiado tarde”, resuenan en el mundo con más fuerza que nunca. Hoy podemos comprobar las terribles consecuencias del modo productivo capitalista en los innumerables incendios habidos a lo largo y ancho de otro tórrido y demoledor verano. Numerosos países del Mediterráneo (Turquía, Grecia, Portugal, Italia, pero asimismo el Estado español) han sido pasto desaforado de las llamas. Aquí, en el nuestro, y según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios, con 230 incendios forestales en lo que va de año y una superficie calcinada de más de 400.000 hectáreas. Cifras récord que superan con creces los datos de años anteriores.
¿Qué hacer?
Es cierto que los incendios pueden ocurrir de “manera natural”, pero la magnitud de esta devastación tiene, como decimos, un claro responsable: el sistema capitalista, que explota sin límites los recursos naturales del planeta, que contamina indiscriminadamente tierra, mar y aire, que despilfarra ingentes cantidades de energía produciendo bienes de cambio totalmente dispensables, que no anticipa los riesgos y escasea de medios para combatirlos, etc., etc. Generando así las condiciones que favorecen el calentamiento global, las lluvias torrenciales, el aumento del nivel del mar, las sequías, las inundaciones o los daños generalizados a la salud. ¿Fenómenos naturales como afirman los negacionistas, ignorando el peso abrumador de la ciencia? Veamos qué dice el IPCC, órgano científico intergubernamental para el cambio climático, creado por la ONU y la OMM (Organización Meteorológica Mundial): “el cambio climático antropogénico se agrava con cada tonelada emitida de gases invernadero, perjudicando a comunidades del mundo entero”. Ratificando que “la crisis climática es más sólida que nunca”. Entonces, ante esta debacle irreversible: ¿Qué hacer? ¿Dejar que el tiempo por arte de birlibirloque resuelva la catástrofe medioambiental reinante? ¿Que los responsables del cambio climático sigan vertiendo estériles lágrimas de cocodrilo mientras el planeta y la humanidad perecen? El capitalismo es un sistema perverso y depravado que sólo piensa en forrarse al costo que sea. Es un tumor canceroso a extirpar. En el Estado español y en todo el mundo. Porque –os cueste creerlo– de no ser así, él arrasará todo y a todos. ¿”Exagerado, tremendista”? Eso le espetaron los burgueses a Fidel aquel día en Río. Normal. Abracemos nosotros/as la iniciativa revolucionaria que se impone. Quizás mañana ya sea demasiado tarde.
José L. Quirante








