Hablar de la danza en el siglo XX nos remite a un gigante a nivel internacional, como es el caso de Antonio Gades. Quien descubrió la obra de Federico García Lorca y le marcó definitivamente durante toda la vida, su fascinación lorquiana lo llevará a convertirse a través de la danza el mayor artista que difundió a Lorca por el mundo, la repercusión en Japón fue grandiosa.

Se prestó con Carlos Saura a llevar Bodas de sangre a la pantalla cinematográfica convirtiendo las modulaciones de la danza en fotogramas que hacen deslizar los vaivenes de los cuerpos rodantes en escenas que agitan con toda la teatralidad del drama, las miradas afiladas como cuchillos, los silencios que pesan como vacíos basálticos, complicidades electrizantes, confrontaciones que retan la respiración en la levedad al milímetro, el pulso que se desentraña como un péndulo invisible.

Carmen de Bizet se transforma de una pasión romántica a una vitalidad telúrica que acaba con las leyes de la Gravedad, el pathos más arrebatador, la elegancia de los desafíos.Los tópicos del romanticismo que difundieron los viajeros románticos desde Washington Irving a Gautier, el costumbrismo exótico, todo queda pulverizado en el desenvainar de los cuerpos más desafiantes.

También Gades llevó a escena Fuenteovejuna de Lope de Vega como la dialéctica de un conflicto popular, los contrastes, las confrontaciones en las que la danza desenvaina los claroscuros, el lado cenagoso más allá de lo fútil.

Alberti escribió la Carta a Antonio Gades donde lo interpela pues el aire baja a sus pies y el corazón se le sube a la garganta.

Miguel Ángel Rojas

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