Existen películas que por sus insulsos contenidos y por su estandarización artística olvidamos con la palabra fin. Son la mayoría en la industria capitalista del celuloide donde el dinero es la clave de todo. Otras, sin embargo, nos clavan en la butaca y salimos de la sala transformados. Unas veces por la impactante historia contada, otras por la rica gama sicológica de los personajes cinematográficos inventados, y algunas, porque un “realizador comprometido” quiere saltarse las normas impuestas, quebrar el pensamiento único y hacer un cine que sea reflejo de la realidad política y social del momento. Esas son las menos abundantes. La excepción que confirma la regla, como dicen. Una regla, precisamente, que un cineasta español, comunista para más señas y de nombre Juan Antonio Bardem, rompió, en el caso del cine español, con otros directores e intelectuales en 1955, durante las controvertidas Conversaciones de Salamanca. Por varias razones decían: porque el cine hecho desde la Guerra Civil hasta aquella fecha era “intelectualmente ínfimo, socialmente falso, estéticamente nulo e industrialmente raquítico”. De ese hombre de cine, como gusta llamarse Bardem en sus memorias, que aseguraba que “el cine o será testimonio o no será nada”, me gustaría recomendar para este largo y cálido verano sus cuatro mejores cintas: “Cómicos” (1954), “Muerte de un ciclista” (1955), “Calle Mayor” (1956) y “Nunca pasa nada” (1963). Todas ellas testigos desgarradores de su época. Es decir, de la vida cotidiana de las “gentes sencillas” - y no tan sencillas - en el franquismo. Un tiempo reaccionario, anacrónico e irrespirable desconocido de la mayoría de la juventud española de nuestros días, que, aunque no sea consciente de ello, es heredera de aquellas miserias físicas, morales, sicológicas y culturales que generaba el nacionalcatolicismo. Basta saber mirar hoy estas pelis para comprobarlo.

Así, en “Cómicos”, a partir de apuntes autobiográficos, J. A. Barden homenajea al mundo del teatro, y en particular a los artistas olvidados y huérfanos de gloria. De la misma manera, en “Muerte de un ciclista”, el atropello accidental de un obrero metalúrgico yendo a trabajar al amanecer en bicicleta es el catalizador de la cobardía y los remordimientos de una pareja burguesa que ha cometido lo irreparable. O las dos mujeres provincianas protagonistas de “Calle Mayor” y “Nunca pasa nada”. Marchitas y dominadas. Una, por la abrumadora beatería inhibidora que imponen las rancias tradiciones, y la otra a causa de un marido machista que la anquilosa y menosprecia. Y ambas, envueltas por un ambiente opresivo mezcla de angustia, soledad, resignación y ocasiones perdidas. Por tanto, cine para recordar de dónde venimos y hacia donde nunca deberíamos volver. Obras maestras imperecederas del cine español que bien merecen dedicarles algunas noches de este caluroso estío.

Rosebud

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