CONTRADICCIONES DEL MODELO ENERGÉTICO CAPITALISTA

El reciente apagón que paralizó la actividad en la península ibérica evidenció algunas de las mayores debilidades que arrastra el sistema. Desde que en 1989 se publicase Blueprint for a Green Economy (David Pearce), introduciendo el factor medioambiental como elemento transversal en la economía capitalista, comenzó a forjarse el denominado capitalismo verde, concepto que en 2008 obtuvo su mayor impulso de la mano del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y que, hoy en día, concentra las bases del modelo energético que dicta el capital, basado en la mercantilización del medio natural dotándolo de valor económico y procurando con ello la explotación sostenible de sus recursos, de la mano de los gobiernos y entidades que los gestionan. Falso, otra quimera del sistema: ponerle precio a la naturaleza mientras se confía en que el capital será más respetuoso con el medio es tan improbable como pensar que la paz social será el camino para la emancipación del pueblo trabajador.
La deriva del modelo energético capitalista en su afán por aumentar la tasa de ganancia arrasa con todo y, por supuesto, también con los recursos naturales. El mal denominado capitalismo verde (capitalismo no hay más que uno) plantea un paradigma de transición energética que pretende superar la dependencia en la energía fósil para, apoyado en recursos tecnológicos, cubrir la demanda con alternativas sostenibles. Ejemplo de esta apuesta tecnológica son los fondos europeos Next Generation, concebidos con esa finalidad y sobre los que podríamos situar innumerables contracciones.
Pues bien, este modelo es inviable, aboga por la generación de electricidad y no por la reducción de su consumo, eludiendo que la demanda está actualmente sobrepasada y que atenta contra la capacidad objetiva de generación energética del planeta. La reducción drástica del consumo como primer paso es una necesidad incuestionable. En lo concreto, hoy España recurre aproximadamente en un 70 % a las contaminantes y finitas energías fósiles y, como alternativa a esta realidad, se apuesta por la sustitución progresiva de las fósiles por renovables, punto y final.
Este planteamiento, cargado de intereses para las empresas vinculadas, además de simplista es absolutamente descabellado, por más que se insista en aumentar la injerencia humana sobre el medio y teniendo en cuenta la inexistencia de recursos y de espacio para desarrollarlo. Véase la destrucción de nuestros campos, paisajes y ecosistemas a favor de parques eólicos o de extensiones de placas fotovoltaicas, entre otras agresiones.
Por cierto, este sector de la energía solar está siendo impulsado de manera indiscriminada, sin soportes y obviando que uno de los componentes principales de sus placas, la plata, es un recurso escaso que no podrá cubrir a medio plazo la incipiente demanda. Al hilo de ello, es imposible dejar de mencionar el cobalto o el coltán, entre otros minerales en alza para los sectores del transporte o de las telecomunicaciones (baterías para vehículos, ordenadores, teléfonos, etc) y que, en la práctica y bajo su condición de recursos extraordinariamente rentables, comportan un método de explotación que resume por sí mismo el pútrido espectro de destrucción que conlleva el capitalismo.
Y no, en este escenario la energía nuclear no es la alternativa. La imposibilidad de gestionar sus residuos a largo plazo, sus niveles de peligrosidad y los desorbitados costes de construcción, puesta en marcha y mantenimiento de las centrales, entre otros factores, impiden plantearlo como una posibilidad de futuro.
El capitalismo no deja cabos sueltos. Otro de los pilares esenciales es el desmantelamiento del sector energético, con el objetivo de abandonarlo a merced de la mercantilización y la especulación. Las infraestructuras que fueron o debieron ser públicas se encuentran en manos privadas, como ocurre con Red Eléctrica Española, evidenciada tras el apagón, así como las compañías suministradoras de energía, entre otras. Los sucesivos gobiernos (el actual también), tan solo se han preocupado por garantizar unos mínimos básicos con estas corporaciones, abandonando cualquier control o supervisión efectiva sobre la producción y distribución de la energía que, al menos, pudiera otorgar al Estado capacidad de reacción ante una situación singular o de crisis.
En este escenario, gritar “socialismo o barbarie” cobra más sentido que nunca. La solución no pasa por mercantilizar el medio ambiente, ni por privatizar las infraestructuras, ni por insistir en modelos energéticos atendiendo solo a los intereses económicos de unos pocos. Será cuando la planificación y el desarrollo de los sectores estratégicos esté en manos públicas, cuando se conciban los recursos como algo de, por y para el pueblo trabajador, cuando el planeta sea considerado un elemento vivo y, a su vez, como una parte inherente a la vida colectiva. Solo entonces será cuando podremos decir que gozamos de un verdadero modelo energético verde, sostenible y popular.
Javier Martorell











