La realidad es que la mayoría de las startups, obviamente, fracasan. Hay muy pocos casos de éxito y cuando triunfan estas startups se convierten en grandes y viejas empresas extremadamente agresivas.

Se plantea entonces la pregunta ¿es posible pensar innovación y planificación de forma no excluyente? El concepto de planificación es demasiado difuso, pues no sólo existió planificación en la antigua URSS o en China, sino por ejemplo también en Corea del Sur, Japón o la Francia de la posguerra. Entonces, ¿de qué estamos hablando exactamente? En esencia hablamos de la socialización de la inversión y eso es lo que resulta decisivo, y esto existe incluso dentro del capitalismo en grados más o menos variados: se trata de establecer los sectores de prioridad en el desarrollo, pero quedando librada a la iniciativa de los productores la manera en que se realizan las inversiones en esos sectores. La innovación requiere efectivamente de una forma de indeterminación y es necesario permitir espacio para esa flexibilidad, pero esa indeterminación no es en absoluto incompatible con formas de socialización que definan la dirección hacia dónde avanzar. Si tomamos el caso de EEUU toda la investigación fundamental detrás de los productos tecnológicos de Silicon Valley fue financiada por el Departamento de Defensa.

Es cierto que la innovación necesita flexibilidad e innovación, pero la idea de que el mercado es el motor exclusivo de dicha innovación es mayormente falsa. Sólo lo es en la fase final de comercialización pero todo esto se apoya en estructuras burocráticas que sostienen la innovación, incluso en los EEUU. Hoy en día todos los países, con excepción de EEUU y en menor medida China, dependen hoy en día del sistema digital, así que todos deberían tener interés en hacer emerger una estructura pública mínima a escala mundial en el ámbito digital.

Las grandes cosas que están estandarizadas deberían ser gestionadas bajo control público. Podemos imaginar, por ejemplo, que en las negociaciones entre las 'big tech' y su autorización para operar en diferentes países se establezcan condiciones al respecto, es decir, que básicamente en las licencias otorgadas a Google, Amazon, etc, los Estados se reserven ciertos derechos de supervisión sobre algunas cuestiones. No se trataría de una nacionalización pero hay maneras de contener el poder de estas empresas -expandidas mundialmente pero con sede en un país- de manera bastante significativa.

El tipo de inversiones que se realizan actualmente son importantes pero no tienen como lógica principal aumentar la productividad sino, más bien, con una lógica orientada en gran medida hacia la generación de renta, es decir, una lógica de depredación. Cuando hablo de una crisis asociada al feudalismo me refiero a que esta lógica de depredación puede generar nuevos antagonismos que incluso pueden ir más allá de los clásicos conflictos de clase.

En esencia el sector digital se apropia del valor: la producción de valor está vinculada al trabajo y al trabajador, como señala el clásico punto de vista marxista. Ahora bien, cómo se distribuye la plusvalía es un juego entre los capitalistas en el que los gigantes tecnológicos obtienen gran parte del beneficio y es esta lógica de depredación la que lleva a una lógica de estancamiento, un juego de suma cero que exacerba las tensiones políticas. Además hay una especie de banalidad en la idea de que las 'big tech' asuman el liderazgo político de la humanidad: querrían hacerlo pero encuentran resistencia, incluso por parte de los Estados, que todavía tienen la capacidad de decidir: todavía tienen los medios para retomar el control.

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