Las cuatro patas son: Mariano Rajoy, el católico neo franquista del corrupto Partido imPopular; Pedro Sánchez, el guaperas del Partido que no es ni Socialista ni Obrero, pero muy Español, eso sí; Pablo Iglesias, l’enfant terrible de la retozona y veleidosa pequeña – pequeñita - burguesía y, por último, Albert Rivera, el noi de La Barceloneta que renegó de sus orígenes proletarios. Y el banco a sostener -a apuntalar - ya lo habrán adivinado ustedes: claro, el sistema de producción capitalista. El mismo que viste y calza. El que en cada crisis que engendra el jodido invento, sólo le preocupa salir de ella vivito y coleando. Sobre todo, coleando y haciendo mucho daño. Es decir, manteniendo al menos su tasa de ganancia cueste lo que cueste.

La clase obrera francesa contra la socialdemocracia

En la escuela de periodismo solían decir que el título de un artículo surge cuando está terminado. Como el fruto maduro que cae de un árbol. Sin embargo, a mí, casi siempre, es el titular el que me inspira el texto que escribo. Su sustancia aparece poco a poco, como cuando tiramos del hilo de una madeja. Todo esto para decir que así construyo este a contracorriente sobre Francia y España.

“¡Ramón! hay que acabar con tanto bribón”, clamaba Carlos Cano –que este año cumpliría 70 abriles– en “La murga de los currelantes”, una inolvidable canción concebida y escrita por el cantautor granadino poco después de la muerte del dictador. A lo que el susodicho Ramón respondía con salero y malaleche que “le vamos a dar con el tran, traca, tran, pico pala, chimpún y a currelar, para pa para pa para pa pa pa”. Han pasado cuatro décadas –que no es moco de pavo– desde que el malogrado cantante nos regalara aquella comprometida canción, y no solo no ha perdido vigencia la cantinela, sino que, hoy más que nunca, los bribones, por emplear la misma expresión que utilizó Carlos Cano en aquel entonces, nos contaminan y apestan por doquier.

Cuando la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) era lo que nunca debió dejar de ser: un país socialista venerado y respetado por la clase obrera mundial. Cuando los países del Este europeo se reclamaban del socialismo que calificaron “real”, y el Tercer Mundo rompía, un día sí y otro también, las cadenas insoportables del colonialismo ancestral, Occidente, es decir el capitalismo internacional, que temía esas alternativas a su modo de producción más que a una vara verde, propuso, sin demasiada convicción pero con machacona insistencia, un mundo que sus exegetas llamaron “libre”.

Tengo el sentimiento (y perdonen el eufemismo) que buena parte de la ciudadanía (y perdonen también esta cursilada) piensa que ser comunista hoy es un anacronismo o un deseo nostálgico de un tiempo revolucionario que quiso ser pero que no pudo. Que finalmente todo aquello pasó a la historia, y que actualmente se imponen “aires nuevos”: los de quienes sin reivindicarlo, son,  aseguran algunos popes de la política actual. Hasta tal punto se empecinan en esta idea que yo, comunista de longue date, me siento como un bicho raro, como una especie de  Pitecantropus Erectus.

Los PP, PSOE, CIUDADANOS y PODEMOS, por citar solo los partidos políticos que obtuvieron mayor número de diputados en las elecciones generales del 20D, son, salvo manifestación de lo contrario – cosa que hasta ahora no han hecho -, gestores del capital. Es decir, ninguno cuestiona el sistema de dominación capitalista cuya razón de ser reside básicamente en la privacidad de los medios de producción y en la explotación sin límites de los trabajadores. Y da igual que estos señores y señoras vayan al Congreso luciendo espléndidas vestimentas o arrastrando rorros en mangas de camisa.

 

Las y los franceses no olvidarán fácilmente lo ocurrido en la noche del viernes 13 de noviembre de 2015. Nosotros y nosotras tampoco. Varios atentados cometidos en París y en Saint-Denis por el autoproclamado Estado Islámico en lugares públicos (bares, restaurantes, sala de fiesta Bataclan y Stade de France) ocasionaron, en esa noche aciaga, 130 muertos y 352 heridos de diversa gravedad.

Los/as franceses/as no olvidarán fácilmente lo ocurrido en la noche del viernes 13 de noviembre de 2015. Nosotros/as tampoco. Varios atentados cometidos en París y en Saint-Denis por el autoproclamado Estado Islámico en lugares públicos (bares, restaurantes, sala de fiesta Bataclan y Stade de France) ocasionaron en esa noche aciaga, y hasta el momento en que se redactaba esta crónica, 129 muertos y 352 heridos de diversa gravedad.

Mientras miles y miles de refugiados llegan como pueden a El Dorado europeo, dejando en el camino a muchos seres queridos muertos o desaparecidos, los “señores de la guerra”, es decir, la alianza terrorista OTAN dirigida por EEUU, en la que también está integrada España, ha perpetrado estas últimas semanas una insolente demostración de fuerza imperialista en nuestros propios morros. Treinta y seis mil soldados pertenecientes a más de 30 países han participado en unas maniobras que, bajo el nombre de “Trident Juncture 2015”, se han desarrollado por tierra, mar y aire en España, Portugal, Italia, el Atlántico y el Mediterráneo.