Cuando vi por televisión a la bella, y para mi entonces desconocida Natalia de Molina, reivindicar con emoción el papel de la mujer en el cine español y el contenido social del filme “Techo y comida” por el que había recibido el premio a la mejor interpretación femenina en la última edición de los Premios Goya, pensé que quizás me hallaba de nuevo ante de una de esas películas - tan de moda en nuestros días - en las que, como casi siempre, el “tema social” se ahoga en una intriga argumental más o menos rocambolesca.

Hace unos días, husmeando en mi videoteca con el fin de hallar un tema que evocara de alguna manera la lucha que en la actualidad libran algunos pueblos contra sus invasores imperialistas, me topé con una pequeña joya del cine soviético: “Alejandro Nevski”, de S.M. (Su Majestad, decíamos sus incondicionales, en vez de Serguei Mijailovich) Eisenstein.

El pasado 13 de diciembre la película El club, del cineasta chileno Pablo Larraín (Post mortem, No), se alzó con el Gran Premio Coral en medio de la sala Karl Marx de La Habana rebosante de público. Para la presidenta del Jurado, la frágil y delicada actriz británica Geraldine Chaplin, que en la inauguración del Festival recibió el premio de interpretación femenina del año pasado por su impresionante trabajo en el filme Dólares de arena, se trata de un merecido galardón a un duro relato sobre el retiro de cuatro curas acusados de pedofilia.

Hay películas que de no existir deberían llevarse a cabo por decreto-ley. La que voy a comentar creo que es una de ellas. Que ¿por qué?, pues por la dignidad en la que reposa la historia y por su aleccionador contenido político. ¿Que exagero para que la vean? Pasen entonces, lean y juzguen ustedes mismos.

El otro día, durante una larga noche de insomnio, me dio por ver esta película de J. C. Chandor (Nueva Jersey, 1973) que hacía tiempo algunos amigos me habían recomendado. Un thriller que creía me ayudaría a reencontrar la somnolencia pero que a medida que trascurría su metraje despertaba más interés en mí, hasta el punto de hacerme abandonar la postura supina, erguirme en el funcional sofá, y poner mis cinco sentidos a su disposición.