En primer lugar, a lo largo de toda la onda larga expansiva hubo un continuo incremento de la composición orgánica del capital. Este concepto se refiere a relaciones de valor (vinculadas a relaciones técnicamente predeterminadas), no a cantidades físicas. Además no se refiere al valor del equipo en comparación con la partida de los salarios industriales (capital variable), sino al precio del equipo utilizado más los costes de las materias primas y la energía, dividido por los salarios.

En segundo lugar las condiciones específicas propias del comienzo de una revolución tecnológica, de la puesta en marcha de nuevas ramas industriales que garantizan enormes rentas (superganancias) tecnológicas a las empresas más importantes, desaparecen paulatinamente a medida que la revolución tecnológica comienza a generalizarse. Generalmente el paso de una onda larga expansiva a una onda larga de estancamiento va asociado, en la historia del capitalismo, a tales cambios desde la introducción revolucionaria hasta la generalización de las nuevas técnicas.

Para que la innovación siga a las invenciones es necesario que las importantes reducciones en los costes (avances en la productividad) vayan acompañadas de la posibilidad de una producción masiva (es decir, de una rápida difusión de los productos innovadores). Por esta razón el progreso técnico parece desacelerarse cuando el paso de la invención a la innovación se hace más difícil (es decir menos rentable) y cuando la difusión de técnicas y productos radicalmente nuevos se hace más arriesgada, como resultado del desaceleramiento general del crecimiento económico. No se pueden disociar de esta situación la estrategia y la función de los monopolios. La necesidad de asegurar en primer lugar una amortización total de la gigantesca inversión de capital realizada durante la onda anterior hace que sea extremadamente improbable que se puedan introducir rápidamente desembolsos de capital similares en sectores competitivos ( por ejemplo para pasar de la energía nuclear y los equipamientos nucleares a la energía solar).

La producción capitalista de mercancías tiende, por su misma naturaleza, a ser una producción para el mercado mundial, mientras que los capitales que organizan esa producción de mercancías de forma competitiva están estructurados en naciones-Estado burguesas. La producción generalizada de mercancías presupone la existencia de un valor de cambio independiente (dinero) separado y aparte de las mercancías producidas. Pero el dinero está estructurado en monedas nacionales. El impulso a expandir constantemente la acumulación de capital, a incrementar permanentemente la realización de plusvalor, junto con la necesidad de economizar el uso de la mercancía especial que sirve de equivalente universal, han conducido a una situación donde el oro por sí solo no puede cumplir su función de moneda mundial. Sólo es “moneda mundial en última instancia”.  

Marx define claramente qué  significó el interés de la clase burguesa. Así, en “La Sagrada Familia” (1845) señala: “La potencia de este interés fue tal que venció la pluma de un Marat, la guillotina de los hombres del “terror”, la espada de Napoleón, así como el crucifijo y la sangre azul de los Borbones”.

En la Gaceta Renana en 1848 escribe que las revoluciones de 1848 y 1789 eran “el triunfo de la burguesía, pero el triunfo de la burguesía era entonces el triunfo de un nuevo sistema social, la victoria de la propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, del sentimiento nacional sobre el provincialismo, de la competencia sobre el corporativismo, del reparto sobre el mayorazgo, de las luces sobre la superstición, de la familia sobre el nombre, de la industria sobre la pereza heroica, del derecho burgués sobre los privilegios medievales”.

Debemos librarnos de los siguientes defectos:

a) Espíritu de capilla.

Nos preocupamos sólo por los intereses de la localidad sin tomar en consideración el conjunto del país.

b) Sectarismo.

Se escucha de buena gana a los amigos del grupo aun cuando estén equivocados, se los emplea lo mismo aunque se confiesen incapaces. Por el contrario, cualquiera que no tenga la suerte de gustar es sistemáticamente rebajado, no importa su valor. Sus observaciones, por justas que sean, jamás se toman en cuenta.

Este es un defecto muy grave. Hace perder cuadros a nuestra organización, debilita su unidad de miras y de acción. A menudo es causa de fracasos.