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El movimiento obrero lleva décadas bombardeado por todo tipo de teorías que niegan el papel histórico de la clase obrera. Siguiendo la senda abierta en su día por H. Marcurse, A. Gorz y otros, la nueva socialdemocracia ha lanzado un nuevo ataque dirigido a cuestionar el papel revolucionario del proletariado, el papel del Partido Comunista y la Revolución Social.  

Una historia que viene de lejos…

Lenin, allá por 1913, destacó que “lo principal de la doctrina de Marx es el haber puesto en claro el papel histórico universal del proletariado como creador de la sociedad socialista”. Desde entonces, y muy especialmente desde el triunfo de la Revolución Socialista en la Rusia de 1917, se han repetido los ataques teóricos, por parte de la sociología burguesa y pequeñoburguesa, dirigidos a cuestionar el papel de la clase obrera, bajo diferentes pretextos, y a proponer su sustitución por otros “sujetos”. 

Marcuse y Gorz, desde finales de los años 60 del pasado siglo, bajo el pretexto de un pretendido envejecimiento del marxismo, y considerando exclusivamente las condiciones de vida de los trabajadores en los países capitalistas desarrollados, pretendieron atribuir el rol de vanguardia al estudiantado o a los movimientos de liberación afroasiáticos. Sobre la base de la negación de todo análisis materialista histórico, durante los años 70 y 80 se desarrolló la teoría del papel de los “nuevos” movimientos sociales, nacidos de las reivindiciaciones parciales de ciertos sectores sociales, enfrentándola al papel central de la clase obrera en el conflicto y desarrollo social defendido por el marxismo. Los movimientos sociales (feminista, pacifista, ecologista, etc.) pasaron a representar una “nueva izquierda”, contrapuesta a la “izquierda tradicional” asentada en el movimiento obrero. 

Los oportunistas de ayer y la transición.

El triunfo del revisionismo eurocomunista en la mayor parte del movimiento comunista europeo, en ese mismo periodo, dejó desarmado al movimiento obrero revolucionario. Numerosos grupos de ascendencia trotskista, maoísta, etc., de base pequeñoburguesa (estudiantado universitario, intelectualidad, profesionales…), protagonizaron una fuerte ofensiva ideológica que, haciendo pinza con el desarme teórico que siempre trajo consigo el revisionismo, sentó las bases para un retroceso generalizado del movimiento obrero revolucionario. 

En nuestro país, el papel jugado por el PCE eurocomunista durante la transición de la dictadura fascista a la actual dictadura del capital (que adoptó la forma de monarquía parlamentaria), alcanzado un compromiso con los sectores oligárquicos que protagonizaron el cambio, redujo al movimiento obrero y sindical a una posición meramente defensiva, meramente reformista, alejando la lucha económica de la lucha política. Por su parte, la mayor parte de los grupos pequeñoburgueses de fuerte componente izquierdista, nacidos en los últimos días del Franquismo, demostraron una vez más la volatilidad de todo movimiento pequeñoburgués y, en su mayor parte, se fueron sin dejar más huella que sus teorías oportunistas.  

Así, con un país en pleno desarrollo capitalista e insertado en las uniones imperialistas (OTAN y CEE, posterior UE), nace Izquierda Unida, como intento de conciliar “lo viejo” –léase el movimiento obrero– con “lo nuevo”, o sea, los pretendidamente nuevos movimientos sociales. Eso sí, un movimiento obrero alejado de las posiciones revolucionarias dada la hegemonía alcanzada por el oportunismo y unos movimientos sociales basados en reivindicaciones parciales que, en su mayor parte, eran y son plenamente integrables por el sistema. De tal forma que el bloque oligárquico–burgués fue capaz de cubrir el flanco izquierdo del sistema, sometiendo al proletariado a las posiciones de la aristocracia obrera y de la pequeña burguesía.

Llegados los 90, con el triunfo de la contrarrevolución capitalista en la URSS y en otros países socialistas, las teorías que pretendieron sepultar el papel revolucionario de la clase obrera cantaron victoria: había llegado el “fin de la historia” y el “fin de la lucha de clases”. Pero la realidad se empeñaba un día tras otro en seguir mostrando, cada vez con más crudeza, las contradicciones entre explotadores y explotados. Entonces, esos sectores “de izquierda” actualizaron sus posiciones en busca de los “nuevos sujetos emergentes” que vendrían a sustituir al proletariado como sepulturero del capitalismo: multitudes, indigenismo, proyectos roji–verde–violeta combinados con el blanco del “pacifismo activo”, altermundistas de diverso pelaje y Foros Sociales, etc.  

El impacto del 15M y la entrada en escena de PODEMOS.

Y, así, llegó el año 2007. Y con él la mayor crisis de sobreproducción y sobreacumulación que haya conocido el capitalismo hasta nuestros días. Comenzó un nuevo ciclo en el que la tozuda realidad se empeñaba en mostrar, con más claridad que nunca, el antagonismo existente entre quienes todo lo producen y quienes se enriquecen apropiándose del resultado del trabajo ajeno. 

Pero no sólo la clase obrera pasó a la acción protagonizando miles de huelgas, tres de ellas generales. Millones de pequeñoburgueses y de miembros de la aristocracia obrera vieron amenazada su posición social por los monopolios y también entraron en escena, justo en el momento en que la dominación capitalista necesitaba aliviar presión de la olla social.  Con un inusual apoyo de los monopolios de la comunicación llegó el 15-M, el movimiento de la pequeña burguesía indignada y de sectores populares que se convirtieron en la “multitud” esperada por algunos, en la “ciudadanía indignada” y, finalmente, en “la gente”. Todo un frente interclasista en el cual se manifestaron los primeros síntomas de rechazo a las formas de lucha y organización propias de la clase obrera: el Partido y el sindicato. 

Y, pasados los meses, ese frente tomó forma política con el nacimiento del partido político PODEMOS, que vino a proponer a la clase obrera la sustitución de las “viejas banderas” –rojas– y los “viejos símbolos” (estrellas de cinco puntas, hoces, martillos, etc.) por un rostro con coleta en una papeleta electoral, un programa difuso y el color violeta (una mezcla de azul y rojo, al estilo ambivalente de la pequeña burguesía). Así se cierra “el círculo”, y con él un nuevo episodio de intento de desorientación de la clase obrera y de aislamiento de su vanguardia.  

Ante la modas, defender con firmeza el socialismo científico.  

Pero la realidad, de nuevo, volverá con su tozudez habitual a situar a los obreros y obreras de nuestro país en el lugar que la historia les ha reservado. Las modas pasan, pero la explotación permanece. Y con ella, las teorías que obstaculizan la toma de conciencia del papel de la clase social ascendente. Por eso es necesario fortalecer el frente de lucha ideológica contra los nuevos intentos de sustituir al proletariado, de sustituir sus formas de lucha y de terminar con sus formas de organización.

El éxito electoral de PODEMOS ha traído consigo una “revolución” en las organizaciones “de izquierda”. Un partido político organizado por una auténtica casta, que pivota exclusivamente sobre la figura del “líder”, con formas de aparente democracia o, más bien, de democracia interna difusa, y unas primarias al más puro estilo yanqui, ha contagiado y fortalecido a todo el frente oportunista. Eso sí, de nuevo con el importante respaldo de los monopolios mediáticos, sea para practicar el más burdo “culto a la personalidad” o sea para “atacar” el no tan nuevo fenómeno de forma no menos burda. 

El temple y la firmeza siempre han sido una virtud revolucionaria cuya importancia se pone de manifiesto siempre que llega una nueva moda, o sea, una nueva agresión ideológica contra quien sufre a diario la explotación capitalista. Durante el 15M hubo quien vió nacer los soviets en forma de acampadas y hace unas semanas hubo quien, a través de un referéndum, pretendía implantar en dos días la República Española –eso sí, capitalista–. Necesitan seguir soltando presión social de forma calculada y, sobre todo, paralizar la acción de la clase obrera, arrojar arena a sus ojos y tratar de aislar a su vanguardia. 

De nuevo chocarán con la realidad. Repetimos: las modas pasan, la explotación permanece. Y lo hará hasta que la clase obrera tome el poder en sus manos, implante su dominación y construya el socialismo – comunismo con su Partido Comunista al frente. Ese día muchos se habrán cortado ya la coleta, es lo que tiene la democracia pequeñoburguesa. 

RMT