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Chocan cada vez con más virulencia las fuerzas del pueblo trabajador brasileño con la del gobierno, el cuadro de movilizaciones y los movimientos económicos desnudan la realidad de un país como Brasil justo cuando acapara la atención de todos los focos internacionales por la copa del mundo de fútbol 2014. Una dicotomía que obliga a posicionarse en favor de unos u otros intereses. 

 

Brasil es un país de los catalogados "emergentes", organizado en distintas plataformas con otros países que se sitúan en una posición similar a nivel internacional, esencialmente en el grupo de los BRICS, o con intereses muy similares dentro de los márgenes del continente americano, como Mercosur. Estos países reciben halagos  y se sitúan como ejemplo de "progresismo" para muchas fuerzas políticas del oportunismo, en primer lugar por las estadísticas que muestran la reducción de pobreza o por su "vinculación" con los movimientos populares de oposición a los EE.UU. No obstante, a pesar de lo que esta apreciación básica y primitiva de Brasil pudiera hacer pensar a los trabajadores y trabajadoras del estado español, lo cierto es que para poder establecer un verdadero diagnóstico, debemos abrir en canal la realidad y ver al país en su desarrollo y contexto. 

No debemos tomar en términos absolutos las cifras de reducción de la pobreza, pues resultan engañosas, si analizamos el desarrollo de Brasil durante los últimos años veremos que su crecimiento económico discurre paralelamente a un aumento de la propiedad privada de los grandes empresarios. Entre el 2000 y el 2009, cerca de un 45% PIB en recursos paso de manos del Estado a manos privadas, hoy en día el capital financiero brasileño posee cerca del 56% del PIB frente a 53 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza y 23 millones en condiciones de indigencia extrema. De esta forma, lo que se está viviendo en Brasil no son políticas populares llevadas a cabo por el gobierno, sino un proceso de crecimiento de la propia burguesía nacional que aumenta su índice de riquezas permitiendo a su vez aumentar el numero de migajas entre la población de su país, y cuya "enemistad" con los EE.UU. no es sino una rivalidad de los distintos monopolios por el control internacional de los mercados. Todos los cambios en Brasil se dan desarrollando el marco capitalista, reforzando las propiedad privada y el índice de explotación sobre los trabajadores. A diferencia de lo que se pudiera pensar la brecha y la desigualdad entre trabajadores y empresarios es en Brasil de las más grandes del mundo y continua en aumento (En EE.UU. por ejemplo, la diferencia es de 14 a 1, frente al 50 a 1 de Brasil). Los canales de comunicación y coordinación en los que se encuentra Brasil, especialmente los BRICS, solo buscan competir con la hegemonía de la UE y de los EEUU reproduciendo el mismo panorama de desigualdad y explotación, el único panorama posible dentro del capitalismo. A los oportunistas organizados en el Partido de la Izquierda Europea (Entre los que se encuentra IU y en su órbita PODEMOS) que continúan poniendo a Brasil como ejemplo, solo se les puede recordar la frase de Baltasar Gracián: "Cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene."

Y dentro de estas complejas relaciones de interdependencia e intereses económicos  en las que se sitúa Brasil, el Mundial de Futbol tiene un papel importantísimo, pues permite a la alta oligarquía reforzar la imagen de un Brasil en pleno despegue económico, capaz de invertir cerca de 10.000 millones de euros en obras, una verdadera joya para los monopolios de construcción como Odebrecht. Monopolios promotores a través de su propio "lobby" de la "ley general de la Copa" aprobada en el congreso y causantes de los desfases y sobrecostes en la construcción de estadios como Mané Garrincha de Brasilia. No es sin embargo esta practica una muestra de corrupción excepcional, sino el mecanismo habitual de funcionamiento de la política parlamentaria en Brasil y en el resto del mundo, son las propias constructoras las que financian las campañas electorales de los principales partidos brasileños para asegurar las políticas particularizadas en su beneficio, ejemplo de ello es el Mundial de este verano. Se calcula que de todo lo invertido, no solo por el gobierno sino por la propia FIFA, alrededor de 800 millones han ido a parar a empresas brasileñas, directamente a los bolsillos de los grandes empresarios brasileños. 

No obstante, Dilma Rousef no dudó en salir estos días y asegurar que su gobierno no ha dejado de invertir en salud y educación, algo con lo que no están de acuerdo los trabajadores de la medicina que denuncian que Brasil es uno de los países con mayor déficit de médicos.  En los países capitalistas que se encuentran en periodo de crecimiento pronto empiezan a estallar con toda su virulencia las contradicciones estructurales, a la poca inversión  educativa y a la reforma agraria absolutamente paralizada se le contraponen los ríos de dinero que circulan por las oficinas de Brasil para sacar adelante un mundial con las infraestructuras aún a medias y sin todas las garantías de seguridad. 

La crispación popular va en aumento y bajo el paraguas del rechazo al mundial se engloban reivindicaciones económicas de todo tipo, como la huelga de los trabajadores del metro de Sao Paulo, considerada ilegal y que ya ha costado cerca de 60 despidos; o la lucha de los indígenas que incluso con las armas en la mano responden contra un gobierno que solo ha frenado la demarcación de sus tierras y ha favorecido a los grandes agricultores. El espectáculo del fútbol se transforma en la desnuda imagen de la caducidad de este sistema socioeconómico, las llamadas a la Paz social del gobierno, los empresarios y los aristócratas obreros, solo consiguen aumentar la llama. Si los diálogos de paz social a través de los eslabones más directos con las masas no funcionan, el gobierno lo tiene claro, se quita la cerca popular y le pone la camiseta canarinha a los cerca de 20.000 agentes que patrullan de forma diaria Sao Paulo y que ayer mismo no dudaron en reprimir con gases lacrimógenos las protestas en San Paulo, dejando siete heridos en el mismo día que comenzaba la competición. Los políticos de la oligarquía también se han asegurado buena parte de calma a través de sus otros tantos tejidos represivos y de control social, ocupando militarmente las favelas o entablando diálogos con el narcotráfico. 

No podía dejar pasar esta oportunidad, por supuesto, el socio mayor de Brasil, China, siendo la mayoría de empresas autorizadas para fabricar los productos oficiales de la Copa del Mundo de este país. China no ha conseguido clasificarse para el mundial, pero poco le importa eso a los monopolios chinos: Yayork Plastics Products, empresa encargada  de la fabricación del balón oficial de Adidas, o Dongguan Wagon Enterprise, que ha recibido autorización para fabricar productos oficiales relacionados con la copa del mundo. 

Los oportunistas patrios e internacionales apoyan a un gobierno que demuestra ahora toda su naturaleza, toda la naturaleza de la dictadura de la burguesía en sus diversas formas. "Cada uno muestra lo que es en los amigos que tiene." El nuestro, el de los comunistas, desde luego es el pueblo trabajador brasileño. 

J. A. A.