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Los acontecimientos que se han producido en Turquía en las últimas semanas han de ser analizados y valorados como una importante enseñanza para el conjunto del movimiento comunista.

 

Como internacionalistas, no sólo observamos las luchas que la clase obrera y los sectores populares de otros países llevan a cabo, para expresar nuestra solidaridad, sino que también hemos de estudiarlas con el objetivo de extraer de ellas todos aquellos elementos que nos puedan resultar útiles, que se puedan aplicar a nuestra realidad concreta para situarnos más cerca de nuestro objetivo estratégico. 

A la vez que hacemos esto, debemos ser muy cuidadosos a la hora de comparar realidades, porque el punto de partida de las luchas no coincide de unos países a otros. Por esa razón, además de ser escrupulosamente respetuosos con la autonomía de los partidos hermanos, tenemos que analizar los fenómenos con tranquilidad y no al calor de las informaciones que los medios de comunicación burgueses nos puedan proporcionar. 

Ante las movilizaciones en Turquía ha habido ciertos elementos que se han lanzado inmediatamente a buscar comparaciones entre los sucesos de Taksim-Gezi y lo que aquí conocemos como 15-M o “indignados”. Es evidente que, profundizando muy poco, existen similitudes: grandes movilizaciones de gente, plazas abarrotadas, impacto internacional... Pero nuestro análisis jamás puede quedarse en la superficialidad y en las apariencias y, si rascamos un poco, nos vamos encontrando con sustanciales diferencias que hacen que las comparaciones entre Taksim y Sol sean poco menos que ridículas.  

La plaza Taksim ha sido y es un símbolo histórico de la lucha de clases en Turquía. Durante mucho tiempo, las organizaciones políticas y sindicales hicieron de esta plaza un símbolo de resistencia obrera en una fecha tan señalada como el Primero de Mayo. Convocatoria tras convocatoria, año tras año, los trabajadores y trabajadoras turcos desafiaban a la policía que impedía el acceso de las manifestaciones obreras a Taksim, y año tras año se producían fuertes enfrentamientos muy similares a los que hemos visto recientemente. Es conveniente resaltar este elemento porque ya nos indica la importancia que para el movimiento obrero turco tiene esta localización. Y es conveniente tener memoria para recordar las informaciones que, entonces, enviaba el hermano TKP y que nosotros difundíamos al respecto. 

El hecho de que hubiera que pelear muy duramente (y en ocasiones infructuosamente) el derecho a finalizar en Taksim las manifestaciones del Día Internacional de la Clase Obrera ya da pistas sobre el carácter del gobierno turco encabezado por Erdogan. Sus ínfulas autoritarias son de sobra conocidas por quien siga mínimamente la realidad turca, así como la voluntad de su partido, el AKP, por ir sustituyendo los elementos laicos de la República de Turquía en una progresiva islamización que se entrelaza con el cada vez mayor papel del país como potencia regional con claras aspiraciones imperialistas, lo que se ha dado en llamar el “nuevo otomanismo”. 

En estas circunstancias, la decisión de destruir el Parque Gezi para la construcción de un centro comercial no fue más que la chispa que hizo explotar el malestar de la población turca ante elementos también muy fácilmente identificables, como la alianza del gobierno turco con los mercenarios contrarios al gobierno sirio y los constantes ataques contra los derechos sociales y laborales de una gran mayoría social.

Por tanto, los componentes antiimperialistas y de clase están muy presentes en esta lucha y, si buscásemos similitudes con España, deberíamos quizás mirar más hacia las movilizaciones contra la guerra de Irak que hacia otros episodios más recientes.

En Taksim no se ha negado la palabra a las organizaciones obreras, no se les ha obligado a esconder sus banderas o sus símbolos, no se ha rechazado la necesidad de organización. Tampoco se ha producido una especie de amnesia colectiva que rechazase, o pretendiese ignorar, toda la experiencia acumulada en luchas anteriores.

Las masas turcas, con todas las dificultades, no han rechazado el papel de las organizaciones sindicales y políticas de la clase obrera. Quizás porque aunque la chispa inicial del movimiento no fuese una reivindicación puramente obrera, sí lo era de claro carácter antimonopolista. He ahí el quid de la cuestión, la diferencia esencial entre este movimiento y el de los “indignados”. De una lucha concreta y parcial se pasa a un cuestionamiento general de la situación política y económica turca, no se realizan proclamas vacías sobre reformas del capitalismo, no se pierden horas y más horas en discutir programas mínimos que tratan de conciliar, sino que se han establecido una serie de objetivos muy concretos. Por eso nuestros camaradas turcos no se han dejado influir por lo que podríamos llamar la “mística de las masas” (que se acerca peligrosamente al seguidismo ante cualquier movilización amplia) y jamás han hablado de “revolución”, sino más bien de “movimiento espontáneo”, ocasionado por un hecho muy concreto pero que no tendrá mayor recorrido si no se apuesta por la organización como elemento esencial en toda lucha obrera y popular.

En resumen, los comunistas turcos no se han puesto detrás de las aspiraciones pequeño-burguesas de embellecimiento del capitalismo, sino que han hecho resaltar el componente netamente obrero de la lucha, algo a lo que también ha ayudado, por qué no decirlo, la claridad con la que han actuado las organizaciones sindicales, que han respondido con la convocatoria de huelgas, acertando al trasladar el epicentro de la lucha de las plazas y las calles a los centros de trabajo, a los lugares donde se manifiesta la contradicción principal en las sociedades capitalistas. 

No conviene olvidar tampoco el distinto papel que los medios de comunicación burgueses han adoptado en un caso y en otro. Mientras, en mayo de 2011, diarios como El País alentaban las movilizaciones y llegaban a publicar el orden del día de las reuniones de Sol, los principales diarios turcos se han posicionado inmediatamente en contra de las movilizaciones, vertiendo todo tipo de acusaciones contra los manifestantes y cerrando filas con el gobierno que los reprimía violentamente.

Sin duda, la durísima represión ejercida contra el movimiento es un elemento importante y diferenciador, clave además para entender la orientación de las manifestaciones. En Turquía no se ha hecho el imbécil repartiendo flores a la policía mientras fuerzas estatales y militantes del AKP asaltaban las sedes de organizaciones obreras. Aunque fuera de forma intuitiva, los manifestantes turcos no han olvidado el carácter de clase de los aparatos del Estado, y esto ha de ser tenido en cuenta, máxime cuando tenemos que lamentar el fallecimiento de varios manifestantes en los choques contra la policía, así como las amenazas de secuestro y muerte contra dirigentes políticos.

Todos éstos no son sino unos cuantos elementos para tratar de realizar un análisis mínimamente serio, y no interesado, de los acontecimientos de Turquía. Sin duda habrá que seguir profundizando al calor de la experiencia de nuestros camaradas de allí.

 Ástor García